El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino». Краткое содержание книги:
—¿Y llevas ese vestido cuando viajas?
—Sí. —La mujer vaciló—. La gente me reconoce por él. Además, no me quedo en el bosque. Vaya donde vaya la gente me ofrece comida, un lugar donde dormir y todo lo que pueda necesitar.
Richard se preguntó por qué. No insistió, pero sabía que ese vestido era algo más que una prenda.
—Bueno, dado que nos persiguen, no creo que sea una buena idea que la gente te reconozca. Tendremos que mantenernos alejados de la gente lo más posible y dormir en el bosque siempre que podamos. —Kahlan y Zedd asintieron—. Tendremos que buscarte ropa más adecuada para andar por el bosque, pero aquí no hay nada que pueda irte bien. Ya buscaremos algo por el camino. Lo que sí tengo es una capa con capucha; de momento te ayudará a no coger frío.
—Perfecto —dijo Kahlan risueña—. Estoy harta de pasar frío, y puedes estar seguro de que este vestido no está hecho para pasearse por el bosque.
Kahlan acabó antes que los hombres y puso su cuenco, aún medio lleno, en el suelo, para el gato. Éste parecía tener el mismo apetito que Zedd, pues empezó a devorar el guiso antes incluso de que el cuenco tocara el suelo.
Los tres discutieron qué llevaría cada uno y planearon cómo se las arreglarían sin las cosas que no podían llevar. Era imposible saber cuánto tiempo estarían fuera, la Tierra Occidental era vasta y la Tierra Central más aún. Richard deseó poder regresar a su casa, pues a menudo emprendía largas caminatas y allí guardaba justo lo que se necesitaba para ello, pero sería un riesgo demasiado grande. Prefería buscar en otro sitio las cosas que necesitaran, o pasarse sin ellas, antes que volver y enfrentarse a lo que lo esperaba. Todavía no sabía cómo iban a pasar al otro lado del Límite pero tampoco le preocupaba, pues sabía que había un modo y, además, tenía hasta la mañana siguiente para pensar en ello.
El gato alzó la cabeza, recorrió medio camino hasta la puerta y se detuvo. Tenía el lomo enarcado y el pelaje de punta. Los tres lo notaron y callaron. En la ventana delantera había luz de fuego, pero no provenía de la chimenea. Venía de fuera.
—Huelo a brea quemada —dijo Kahlan.
Los tres se levantaron de un salto. Richard agarró la espada, que colgaba de la silla, y ya la empuñaba casi antes de acabar de ponerse en pie. Entonces fue a la ventana a mirar, pero Zedd no perdió el tiempo y atravesó la puerta precipitadamente con Kahlan a la zaga. Richard apenas tuvo tiempo de vislumbrar una antorcha antes de correr tras sus dos amigos.
Delante de la casa había una turba de unos cincuenta hombres, desplegados en la alta hierba. Algunos llevaban antorchas, pero la mayoría empuñaba armas rudimentarias: hachas, horquetas, guadañas o hachas de mano. Todos llevaban ropas de trabajo. Richard reconoció muchas de las caras. Eran buenos hombres, honrados y trabajadores padres de familia. Pero esa noche era distinto; parecían estar muy enfadados y sus rostros mostraban una expresión sombría y severa. Zedd se quedó quieto en medio del porche, con las manos sobre sus estrechas caderas y sonriendo. A la luz de las antorchas su pelo blanco parecía rosa.
—¿Qué os trae por aquí, muchachos? —preguntó.
Los hombres cuchichearon entre sí y varios de los que estaban al frente avanzaron uno o dos pasos. Richard conocía al que habló por todos, un hombre llamado John.
—Hemos tenido problemas. ¡Problemas causados por la magia! ¡Y tú estás detrás de todo esto, anciano! ¡Eres una bruja!
—¿Una bruja? —repitió Zedd perplejo—. ¿Una bruja?
—Esto es lo que he dicho. ¡Una bruja! —Los oscuros ojos de John se posaron en Richard y Kahlan—. Esto no va con vosotros. Sólo queremos al anciano. Marchaos u os daremos la misma medicina que a él.
Richard no podía creer que aquellos hombres a los que conocía dijeran algo así.
Kahlan se adelantó y se colocó delante de Zedd. Los pliegues de su vestido se arremolinaron alrededor de sus piernas cuando se detuvo. Apretaba los puños a los lados.
—Marchaos antes de que lamentéis haber venido —les advirtió con voz amenazadora.
Los hombres se miraron. Algunos sonrieron con aire de suficiencia, y otros hacían comentarios groseros en voz baja, algunos riendo. Kahlan no se achicó y los obligó a bajar los ojos. Entonces las risas enmudecieron.
—Vaya, vaya —dijo John con sorna—, parece que nos las tenemos que ver con dos brujas. —Los hombres lo vitorearon y bramaron, al tiempo que enarbolaban las armas. En el rostro redondo y corpulento de John apareció una sonrisa desafiante.
Lenta y deliberadamente Richard se colocó delante de Kahlan, colocando una mano detrás y obligando así a Zedd a retirarse un paso. Su voz era serena y amistosa.
—John. ¿Cómo está Sara? Hace mucho que no os veo a ninguno de los dos. —John no contestó. Richard estudió las demás caras—. Os conozco a muchos de vosotros y sé que sois buenas personas. No creo que queráis hacer esto—. Volvió la vista hacia John y añadió—: Por favor, John, coge a todos tus hombres y regresad a casa con vuestras familias.
—¡El anciano es una bruja! —afirmó John, señalando a Zedd con un hacha—. Vamos a acabar con él. ¡Y también con ella! —exclamó señalando ahora a Kahlan—. ¡Aparta, Richard, a menos que quieras correr su misma suerte! —La turba expresó su conformidad a gritos. Las antorchas encendidas crepitaban, y el aire olía a brea quemada y a sudor. Al darse cuenta de que Richard no tenía intención de apartarse, la chusma empezó a empujar hacia adelante.
En un abrir y cerrar de ojos la espada estuvo fuera de su vaina. Los hombres dieron un paso atrás cuando el sonido metálico vibró en el aire de la noche. Al apagarse sólo se oyó el sonido de las antorchas. Brotaron murmullos de descontento que decían que Richard estaba aliado con las brujas.
John atacó al joven blandiendo el hacha. La espada brilló en el aire e hizo astillas el hacha de John con un fuerte crujido. El hombre se quedó sosteniendo unos pocos centímetros de mango con el borde desigual. La pieza de madera cortada salió despedida hacia la oscuridad y aterrizó con un ruido sordo y apagado.
John se quedó paralizado, con un pie en el suelo y el otro en el porche, y la punta de laEspada de la Verdadoprimiéndole la sotabarba. La hoja bruñida resplandecía a la luz de las antorchas. Richard se inclinó lentamente hacia adelante y con el extremo de la espada obligó a John a que alzara el rostro hacia él. El joven tenía que hacer verdaderos esfuerzos para reprimir la necesidad de usar la espada. Con una voz que era apenas un susurro, pero tan gélida que a John le cortó la respiración, dijo:
—Un paso más y tu cabeza seguirá al mango. —John no se movió, ni respiró—. Atrás —siseó.
El hombre hizo lo que le ordenaba, pero al reunirse con sus compañeros recuperó el coraje.
—No puedes detenernos, Richard, estamos aquí para salvar a nuestras familias.
—¿Salvarlas de qué? —gritó Richard. Con la espada señaló a otros de los hombres—. ¡Frank! ¿Cuando tu esposa estuvo enferma, no fue Zedd quien le llevó una poción que la curó? ¿Y tú Bill —Richard apuntó a otro hombre—, no viniste a preguntar a Zedd cuándo llegarían las lluvias, para poder cosechar vuestros campos? —En un rápido movimiento desplazó de nuevo la punta de la espada hacia quien lo había atacado—. ¿Y, John, cuando tu pequeña se perdió en el bosque, no fue Zedd quien leyó las nubes toda la noche y después salió a buscarla, la encontró y os la devolvió sana y salva a ti y a Sara? —John y otros pocos bajaron la cabeza. Enfadado, Richard introdujo de nuevo la espada en su funda—. Zedd ha ayudado a la mayoría de los que estáis aquí. Os ha ayudado a curar vuestras fiebres, a encontrar a vuestros seres queridos y ha compartido voluntariamente con vosotros todo lo que tenía.
—¡Sólo una bruja podría hacer todo eso! —chilló alguien desde atrás.
—¡Zedd no os ha hecho ningún daño, a ninguno de vosotros! —Richard se paseó de un lado al otro del porche, mirando a los hombres de abajo—. ¡Nunca os ha hecho daño! ¡A muchos os ha ayudado! ¿Por qué queréis hacer daño a un amigo?