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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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Transcurrida una media hora Zedd les indicó que se detuvieran. Entonces buscó algo entre sus ropas y sacó un puñado de polvo, que arrojó a la senda hacia atrás, por donde habían venido. De la mano del mago brotaron destellos plateados que se desperdigaron por la senda y se perdieron en la oscuridad de sus espaldas. Al doblar un recodo, los destellos tintinearon y después desaparecieron de la vista.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Richard, poniéndose de nuevo en marcha.

—Sólo un poco de polvo mágico. Cubrirá nuestro rastro y Rahl no podrá seguirnos.

—Todavía le queda la nube.

—Sí, pero eso sólo le indica un área general. Si seguimos andando no le servirá de mucho. Únicamente podrá localizarte si nos detenemos, como en mi casa.

La senda que conducía al sur atravesaba una zona que ascendía hacia las colinas, con pinos que desprendían un aroma dulzón. En lo alto de una elevación todos se volvieron sobresaltados al percibir un estruendo. Allí en la distancia, más allá del oscuro bosque, vieron una inmensa columna de fuego. Las llamas amarillas y rojas salían disparadas hacia el cielo.

—Mi casa. Rahl el Oscuro está allí. —Zedd sonrió—. Y parece que está enojado.

—Lo siento, Zedd. —Kahlan intentó consolarlo poniéndole una mano en el hombro.

—No pasa nada, querida. No era más que una vieja casa. Podríamos haber sido nosotros.

—¿Sabes adónde nos dirigimos? —preguntó Kahlan a Richard al reemprender la marcha.

Súbitamente el joven se dio cuenta de que sí lo sabía. Y así lo hizo saber, sonriendo para sí mismo y satisfecho de decir la verdad.

Las tres figuras se internaron en las oscuras sombras de la senda, avanzando a través de la noche.

Sobre ellos dos enormes bestias aladas los vigilaban con ojos verdes hambrientos y brillantes. Luego se lanzaron desde gran altura en un picado silencioso. Con las alas pegadas a la espalda para adquirir más velocidad se precipitaron sobre sus presas.

11

El gato los salvó. Asustado, maulló y saltó sobre la cabeza de Richard, haciendo que se agachara. No fue suficiente para que esquivara al gar, pero al menos no le dio de lleno. No obstante, las garras de la bestia le arañaron la espalda, y cayó de cara al suelo. Se quedó sin aliento y, sin darle oportunidad de recuperarse, el gar se abalanzó sobre él y con su peso le impidió respirar o asir la espada. Antes de caer había vislumbrado que otro gar lanzaba a Zedd hacia los árboles y se precipitaba sobre él.

El joven se preparó para soportar el dolor que sabía que llegaría. Pero antes de que el gar empezara a desgarrarlo, Kahlan comenzó a arrojarle piedras. Las piedras rebotaban en la cabeza del gar sin hacerle daño, pero lograron distraerlo momentáneamente. La bestia abrió mucho la boca y su rugido hendió el aire de la noche. Todavía mantenía a Richard inmovilizado, como un ratón atrapado bajo la zarpa de un gato. El joven se debatía con todas sus fuerzas para levantarse, y los pulmones estaban a punto de estallarle por falta de aire. Las moscas de sangre se cebaban en su cuello. Richard alargó un brazo hacia atrás y arrancó puñados de pelo mientras trataba de apartar el poderoso brazo de su espalda. Por el tamaño supuso que debía de tratarse de un gar de cola corta; era mucho mayor que el de cola larga que había visto con Kahlan. Tenía la espada debajo del cuerpo y se le clavaba dolorosamente en el abdomen, pero no la alcanzaba. El joven tenía la sensación de que las venas del cuello le iban a explotar.

Poco a poco empezaba a perder la conciencia. Continuaba debatiéndose, pero los gritos y los rugidos del gar eran cada vez más débiles. Una de las piedras que arrojó Kahlan estuvo a punto de darle a él. El gar alargó un brazo con una rapidez aterradora y atrapó a la mujer por el pelo. Al hacerlo desplazó un poco el peso, y Richard pudo dar unas boqueadas, aunque seguía sin poder moverse. Kahlan chilló.

El gato, todo dientes y uñas, salió de la nada y se lanzó contra la cara del gar. Maullaba furiosamente y trataba de arrancarle los ojos a zarpazos. Sosteniendo con un brazo a Kahlan, el gar alzó el otro, listo para destrozar al felino.

Ésa era la oportunidad que esperaba Richard; rodó a un lado y se puso en pie de un brinco, al tiempo que desenvainaba la espada. Kahlan volvió a chillar. El joven blandió el acero con furia y cercenó el brazo que la sujetaba. Kahlan cayó hacia atrás, libre. Aullando, el gar propinó a Richard un golpe de revés antes de que pudiera alzar de nuevo la espada. La fuerza del golpe lo lanzó despedido, y aterrizó de espaldas.

El joven se sentó. El mundo giraba a su alrededor. Ya no empuñaba la espada; había caído entre la maleza. El gar aullaba de dolor y de rabia en medio de la senda, y la sangre le manaba a borbotones del muñón. Sus relucientes ojos verdes buscaban frenéticamente el objeto de su odio, Richard, y se posaron en él. Éste no vio a Kahlan por ninguna parte.

A su derecha, entre los árboles, hubo un súbito y deslumbrador destello, que lo iluminó todo con una intensa luz blanca. El violento sonido de una explosión retumbó dolorosamente en sus oídos, al tiempo que la onda expansiva lo arrojaba a él contra un árbol y lanzaba al gar al suelo. Furiosas llamas se arremolinaban entre los huecos que dejaban los árboles. Gigantescas astillas y otros restos pasaban volando y dejaban tras ellos estelas de humo.

El gar se puso en pie con un aullido, y Richard empezó a buscar desesperadamente la espada. Medio cegado por la explosión, palpó el suelo con impaciencia. No obstante, veía lo suficiente para darse cuenta de que el gar se acercaba. Su cólera se inflamó, y asimismo percibió la cólera del arma. La magia de la espada llegó hasta él, invocada por su amo. El joven la fomentó, la llamó, la anheló. Allí estaba, al otro lado de la trocha. La percibía tan claramente como si pudiera verla. Sabía exactamente dónde se encontraba, como si la estuviera tocando. El joven cruzó la senda gateando.

A medio camino el gar le dio una patada, el joven empezó a ver cosas que pasaban ante él, aunque no entendía qué eran. Lo único que sabía con certeza era que cada respiración le causaba un intenso dolor en el costado izquierdo. No sabía dónde estaba la trocha. Las moscas de sangre se lanzaban contra su rostro. Estaba completamente desorientado, pero todavía sabía dónde estaba laEspada de la Verdad.

Se lanzó hacia ella.

Durante un instante sus dedos la tocaron. Durante un instante le pareció ver a Zedd. Pero entonces el gar lo atrapó. Lo cogió del brazo derecho y lo envolvió con sus repulsivas y cálidas alas, lo atrajo hacia sí y lo sostuvo en vilo. El joven gritó por el dolor que sentía en las costillas del lado izquierdo. Los ardientes ojos verdes de la bestia taladraron los suyos, y su gigantesca boca se cerró con un chasquido, anunciando su destino. Las inmensas fauces se abrieron para devorarlo, lanzándole a la cara su fétido aliento, y su oscura garganta esperó. A la luz de la luna los colmillos del gar relucían.

Haciendo acopio de todas sus fuerzas, Richard golpeó el muñón del gar con la bota. La bestia echó la cabeza hacia atrás, aulló de dolor y lo dejó caer.

Zedd apareció al borde de los árboles, a unos diez metros por detrás del gar. Richard, de rodillas, cogió la espada. Zedd extendió los brazos y los dedos. De las yemas brotó fuego, fuego mágico que avanzó por el aire crepitando. El fuego crecía y se agitaba, iluminándolo todo y convirtiéndose en una bola de fuego líquido azul y amarillo, que ululaba y se expandía a medida que se acercaba; estaba viva. La bola se estrelló contra la espalda del gar con un ruido sordo, y la gigantesca bestia se perfiló contra la luz. En un abrir y cerrar de ojos las llamas azules y amarillas envolvían al gar y se alimentaban de él. Las moscas de sangre ardieron y desaparecieron. El fuego chisporroteaba y prendía en todas las partes de la bestia, consumiéndola. Finalmente el gar desapareció en el calor azul. El fuego se arremolinó un momento más e inmediatamente después se extinguió. En el aire quedó flotando el olor de pelo quemado y una humareda neblinosa. La noche recuperó súbitamente la calma.

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