El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino». Краткое содержание книги:
Zedd levantó una mano.
—Bueno, a mí no me importaría... —Kahlan y Richard lo fulminaron con la mirada, y el mago se encogió en la silla—. No, gracias. No queremos nada.
Emma se colocó de pie detrás de Chase y le fue peinando el cabello cariñosamente con los dedos. Era evidente que el guardián estaba pasando un mal rato, pues apenas podía tolerar la exhibición pública de sentimientos de su mujer. Finalmente se inclinó hacia adelante y usó la excusa de servir el té para ponerle fin. Con el entrecejo fruncido empujó el tarro de miel al otro lado de la mesa.
—Richard, durante todo el tiempo que te conozco has mostrado poseer un talento especial para no meterte en líos —comentó—. Pero últimamente parece que lo estás perdiendo.
Antes de que el joven pudiera replicar, Lee, una de las hijas de Chase, apareció en el umbral frotándose soñolienta los ojos con los puños. Chase puso mala cara, y la pequeña hizo un mohín.
—Debes de ser la niña más fea que he visto en mi vida —dijo Chase con un suspiro.
El mohín se convirtió en una sonrisa radiante. Lee corrió hacia su padre, le rodeó una pierna con los brazos, apoyó la cabeza en su rodilla y se abrazó con fuerza. Chase le alborotó el pelo.
—Vamos, pequeña, vuélvete a la cama.
—Espera —intervino Zedd—. Lee, ven aquí. —La niña dio la vuelta a la mesa—. Mi viejo gato se queja de que no tiene niños con quien jugar. —Lee miró a hurtadillas el regazo de Kahlan—. ¿Conoces algún niño con el que pueda jugar?
—¡Podría quedarse aquí y jugar con nosotros! —exclamó la niña con los ojos muy abiertos.
—¿De veras? Bueno, en ese caso creo que se quedará un tiempo.
—Muy bien, Lee, ahora a la cama —ordenó su madre.
Richard miró a Emma y preguntó:
—¿Emma, podrías hacerme un favor? ¿Tienes alguna ropa de viaje que puedas prestar a Kahlan?
La aludida observó a Kahlan.
—Bueno, tiene los hombros más anchos que yo y las piernas más largas, pero supongo que le quedaría bien algo de mis hijas mayores. —Dirigió a Kahlan una cálida sonrisa y le tendió una mano—. Ven, querida, veamos qué podemos encontrar.
Kahlan entregó el gato a Lee y le cogió la otra mano.
—Espero que Gato no sea ninguna molestia. Insistirá en dormir en tu cama, contigo.
—Oh, no —contestó Lee muy seria—, no me molestará.
Cuando salieron de la habitación Emma, muy sabiamente, cerró la puerta.
—¿Y bien? —inquirió Chase tras beber un sorbo de té.
—Bueno, ¿sabes la conspiración de la que hablaba mi hermano? Pues es peor de lo que se imagina.
—¿Ah, sí? —Chase no quería comprometerse.
Richard sacó laEspada de la Verdadde la vaina y la colocó sobre la mesa, entre ellos. La bruñida hoja relucía. Chase se inclinó hacia adelante, apoyó los codos en el tablero y levantó la espada con las yemas de los dedos. A continuación le dio vueltas sobre las palmas al tiempo que la examinaba atentamente, pasaba los dedos por encima de la palabraVerdadgrabada en la empuñadura y reseguía la ranura, a ambos lados de la hoja. El hombre tan sólo mostró una curiosidad moderada.
—No es fuera de lo común poner nombre a una espada, pero normalmente el nombre se graba en la hoja. Es la primera vez que lo veo en la empuñadura. —Chase esperaba que alguien dijera algo trascendental.
—Chase, no es la primera vez que ves esta espada —le reprendió Richard—. Ya sabes qué es.
—Sí, la había visto antes, pero nunca tan de cerca. —El guardián posó en Richard sus ojos de mirada oscura e intensa—. La cuestión es qué estás haciendo tú con ella.
—Me la dio un mago noble y poderoso —contestó Richard, devolviéndole la mirada.
Chase frunció el entrecejo con gesto grave, y miró a Zedd.
—¿Qué tienes tú que ver en esto, Zedd?
El mago se inclinó hacia él con una leve sonrisa en los labios.
—Yo soy quien se la dio.
—Alabados sean los espíritus —susurró Chase al tiempo que se apoyaba en el respaldo de la silla y sacudía lentamente la cabeza—. Un Buscador auténtico. Al fin.
—No tenemos mucho tiempo —dijo Richard—. Necesito información sobre el Límite.
El guardián lanzó un hondo suspiro mientras se levantaba y se dirigía al hogar. Apoyó un brazo en la repisa de la chimenea y clavó los ojos en las llamas. Richard y Zedd esperaron mientras el hombretón raspaba la basta madera de la repisa, como si estuviera eligiendo las palabras.
—¿Richard, sabes en qué consiste mi trabajo?
—En mantener a la gente alejada del Límite, por su propio bien —contestó el joven, encogiéndose de hombros.
Chase sacudió la cabeza.
—¿Sabes cómo nos desembarazamos de los lobos? —preguntó.
—Supongo que vais al bosque y los cazáis.
El guardián del Límite volvió a negar con la cabeza.
—Así acabaríamos con unos pocos pero nacerían más y, al final, tendríamos tantos como al principio. Para disminuir de verdad la población de lobos lo que hay que hacer es cazar su comida, por ejemplo conejos. Es más sencillo. Si hay menos comida, nacen menos lobeznos y, por tanto, hay menos lobos adultos. Eso es lo que hago: cazo conejos.
Richard se estremeció.
—La mayoría de la gente no entiende qué es el Límite ni lo que hacemos. Piensan que simplemente imponemos una ley estúpida. Otros le tienen miedo, sobre todo la gente mayor. Y muchos otros creen que son los más listos y suben hasta allí para practicar la caza furtiva. Como el Límite no los asusta, hacemos que nos teman a nosotros, a los guardianes. Nosotros les parecemos una amenaza real y procuramos que siga siendo así. Aunque no les guste se mantienen alejados porque nos temen. Unos pocos se lo toman como un juego; ver si pueden burlarnos. Sabemos que no podemos atraparlos a todos y tampoco nos importa. Lo que sí importa es asustar a un número suficiente de personas.
»Los guardianes no protegemos a la gente impidiendo que vayan al Límite. Quien sea tan estúpido para hacerlo ya se apañará. Nuestro trabajo es que la mayoría no se acerque e impedir que el Límite se haga más fuerte, ya que entonces las cosas que moran en él saldrían y atacarían a todo el mundo. Todos los guardianes hemos visto las cosas que han quedado sueltas. Nosotros entendemos; otros no. Últimamente cada vez más cosas andan sueltas. Es posible que el gobierno de tu hermano nos pague, pero tampoco nos entiende; nosotros no debemos lealtad a los gobernantes ni a ninguna norma ni ley. Nuestro único deber es proteger a la gente de las cosas que salen de la oscuridad. Los guardianes nos consideramos soberanos; aceptamos las órdenes cuando no entorpecen nuestro trabajo. Así nos ahorramos fricciones. Pero si llega el momento, bueno, serviremos a nuestra propia causa, acataremos nuestras propias órdenes.
El guardián volvió a sentarse a la mesa y se inclinó sobre los codos.
—En última instancia sólo estaríamos dispuestos a acatar las órdenes de una persona, porque nuestra causa es parte de la suya, que es más importante. Esa persona es el verdadero Buscador. —Chase cogió la espada con sus manazas y se la tendió a Richard, mirándolo a los ojos—. Juro lealtad al Buscador y dar la vida para defenderlo.
Richard se recostó, emocionado.
—Gracias, Chase. —Miró brevemente al mago y de inmediato volvió a posar los ojos en el guardián del Límite—. Ahora dinos qué está pasando, y luego yo te diré qué quiero de ti.
Richard y Zedd le pusieron al corriente. Richard quería que Chase lo supiera todo, que comprendiera que no podía haber medias tintas, que tenía que ser o victoria o muerte, no porque ellos lo quisieran así, sino porque Rahl el Oscuro no les dejaba otra opción. El guardián miró alternativamente a uno y a otro mientras hablaban, se hizo cargo de la gravedad de los hechos y arrugó el ceño al llegar a la parte de la magia del Destino. No fue necesario que lo convencieran de que era cierto; seguramente nunca sabrían todo lo que Chase había visto. El guardián hizo algunas preguntas y escuchó atentamente.