Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]
- Автор: Андерсон Пол Уильям
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: EDAF
- ISBN: 84-7640-448-4
- Переводчик: Rafael Lassaletta Cano
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]». Краткое содержание книги:
—Temo no tener espacio para daros alojamiento —añadió Martinus—. Pero hay una taberna donde podréis pasar la noche. Decid al propietario que yo os envío y… bueno, no, que me olvido de esa cuenta suya. Bien, regresad mañana… Ah, sí. ¿No os gustaría un disfraz contra el sarraceno? Tengo algunos disfraces buenos y a precios muy razonables.
—¿El sarraceno? —exclamó Holger.
—¿Cómo, no os lo dije? Bendita sea mi alma, no. Qué olvido. Siempre tengo la mente ausente. He de recordar hacer un hechizo que fortalezca la memoria. Claro, el sarraceno que oísteis que os buscaba. También está en la ciudad.
16
La búsqueda entre sus libros confirmó a Martinus en la creencia de que no poseía hechizos lo bastante poderosos como para levantar el velo de la mente de Holger. Pero con algunos pases y algunos humos malolientes, proporcionó al danés un rostro nuevo. Un espejo mostró a Holger que su semblante se había vuelto oscuro y de aspecto rudo; el cabello y la barba amarillenta corta se habían convertido ahora en negros, y los ojos en marrones. Alianora suspiró.
—Me gustabas más tal como eras —dijo.
—Cuando deseéis recuperar vuestra apariencia natural, llamad a Belgor Melanchos y este hechizo desaparecerá —dijo Martinus—. Pero procurad no acercaros demasiado a objeto sagrado alguno. La espada Cortana, por ejemplo, también disolvería el hechizo. El pecado implicado por esta taumaturgia particular apenas si es más que venial, pero contiene elementos paganos, y la influencia sagrada… Sea como sea, manteneos a distancia de las cosas benditas. La ley del cuadrado inverso, ya sabéis.
—Será mejor que cambie a mi caballo —añadió Holger—. También tiene una forma bastante característica.
—¡Mi querido amigo! —exclamó Martinus. —Por favor —ronroneó Alianora, moviendo las pestañas en su honor.
—Bueno, muy bien, muy bien. Traedlo. Pero espero que sepa comportarse.
Papillon casi llena él solo la tienda. Al salir de allí era un caballo de guerra grande y color castaño. Ya que estaba en ello, Martinus transformó también el escudo de Holger. Preguntado por qué nuevo dispositivo quería, el danés sólo pudo pensar en Ivanhoe, por lo que apareció en el escudo un árbol desenraizado. El mismo, por estar implicado en la ilusión, sólo podía ver tales cosas en un espejo.
—Volved mañana y os diré lo que he podido averiguar —añadió el mago—. Pero no antes del mediodía, os lo ruego. Estos patanes de por aquí vienen a horas inverosímiles.
Al dirigirse a la posada, pasaron junto a la iglesia. Holger detuvo el caballo. Quería entrar a rezar. Pero no, no se atrevía con ese disfraz. ¿Más rasgos del caballero desconocido? Debía haber sido de maneras piadosas. Era difícil volver a la oscuridad sin haber recibido la hostia… Holger espoleó a Papillon poniéndolo al trote.
Para entonces, la noche había caído y recorrieron las calles sin iluminar hasta llegar a la taberna. Un hombre rollizo y de aspecto alegre les recibió en el patio.
—¿Alojamiento para vuestras mercedes? Claro, sir, tengo una hermosa habitación que ha acomodado incluso cabezas coronadas.
Espero que no durmieran con inquietud por causa de las chinches, pensó Holger.
—Dos habitaciones —dijo.
—Bueno, yo dormiré en el establo con los caballos —intervino Hugi.
—Seguimos necesitando dos habitaciones —dijo Holger.
Al desmontar, Alianora se apoyó en él. Holger captó el débil olor soleado de sus cabellos.
—¿Pero por qué, querido señor? —preguntó ella con un susurro—. Hemos pernoctado en las cañadas uno al lado del otro.
—Sí —murmuró él a modo de respuesta—. Pero ya no puedo confiar más en mí.
Ella unió las manos y exclamó:
—¡Oh, estupendo!
—Yo… yo… ¡Diablos! ¡He dicho que dos habitaciones!
El tabernero se encogió de hombros. Cuando pensó que nadie miraba, se palmeó la frente.
Las cámaras eran pequeñas y no tenían más amuebla—miento que un jergón, pero parecían bastante limpias. Holger se preguntó por cómo podría pagarlas. Tenía demasiadas cosas en la mente para recordar que estaba en bancarrota. Y Alianora, como hija de los bosques, bien podría haberse olvidado de ese aspecto. Además, las murmuraciones acerca de su entrada original se habrían extendido por la ciudad; cualquiera podría deducir que el caballero de tez oscura había obtenido ese rostro en Martinus, y quizá aquello llegar a oídos del sarraceno. Bueno, ya cruzaría esos puentes cuando llegara a ellos.
Se despojó de la armadura y se puso la mejor túnica con capucha, guardando la espada a su lado. Al salir se encontró con Alianora. Le alegró bastante que el corredor fuera lo bastante oscuro para impedir que ella viera su expresión.
—¿Comemos? —preguntó Holger sin convicción.
—Claro —dijo ella, con unas palabras que quedaron un tanto ahogadas. De pronto, ella le cogió las manos—. Holger, ¿es que no te gusto?
—Nada de eso —contestó él—. Me gustas mucho.
—¿Entonces es porque soy una doncella—cisne, salvaje y sin cristianar? Puedo cambiar eso. Puedo aprender a ser una dama.
—Yo… Alianora… Ya sabes que tengo que llegar a mi mundo. A pesar de lo que ellos dicen, no tengo un sitio auténtico en éste. Por eso, alguna vez tendré que abandonarte. Para siempre. Y sería duro para ambos si… si me llevo conmigo tu corazón, y tú conservas aquí el mío.
—¿Pero y si no puedes regresar? —susurró— ¿Y si tienes que permanecer aquí?
Eso… sería otra historia.
—¿Cómo deseo que fracases? Y sin embargo, me esforzaré con toda mi voluntad para ayudarte a llegar a tu mundo, puesto que ése es tu deseo —añadió, apartándose de él, y apenas pudo ver cómo dejaba caer la cabeza—. Ay, la vida es algo incomprensible.
El la tomó de la mano y descendieron por las escaleras.
El bodegón, largo y bajo, estaba iluminado por velas y por una auténtica chimenea. En aquellos tiempos turbulentos el tabernero sólo ponía platos en la mesa para un huésped, además de Holger y Alianora. Cuando entraron éstos, el hombre saltó del banco dando un grito. Pero se interrumpió al ver que era el danés el que aparecía.
—Me equivoqué, señor —dijo haciendo una inclinación—. Pensé que erais aquel a quien busco. Os ruego me perdonéis, mi dama y mi señor.
Holger lo estudió. Debía ser el sarraceno. Era de altura media, delgado y ágil, iba muy elegante con una camisa blanca suelta, pantalones y zapatos rojos. De su cinto pendía una cimitarra. Bajo el turbante, adornado con broche de esmeraldas y plumas de avestruz, su rostro era oscuro y estrecho, de nariz aguileña, dejaba entrever una barba negra puntiaguda y unos anillos de oro en las orejas. Se movía con suavidad de felino y su tono era bajo y culto, pero Holger comprendió que sería un adversario difícil en una lucha.
—La paz sea con vos —le dijo el danés, tratando de ser cortés—. ¿Puedo presentaros a la dama Alianora de la Forét. Yo soy… sir Rupert de Graustark.
—Me temo que nunca he oído hablar de vuestras solariegas, buen señor, pero yo soy de muy al sur, e ignorante de estos lugares. Sir Carahue, en otro tiempo rey de Mauritania, y humildemente a vuestro servicio —exclamó el sarraceno haciendo una inclinación que le llevó casi hasta el suelo—¿Querréis cenar conmigo? Eso me complacería.
—Os lo agradezco, gracioso caballero —replicó Holger enseguida. Era un alivio que otro se encargara de la cuenta de la cena. Alianora y él se sentaron. Carahue quedó un poco asombrado ante la vestimenta tan poco convencional de la joven, pero apartó la vista delicadamente.
Insistió en que le llevaran muestras de los vinos del tabernero, dio un sorbo de cada uno de ellos, hacía una mueca acompañándola de las mejores explicaciones que podía para cada vino. Holger no pudo evitar el decirle: