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Los coleccionistas [The Collectors - es]

Электронная книга - «Los coleccionistas [The Collectors - es]». Краткое содержание книги:

l Camel Club entra de nuevo en acción. Son cuatro ciudadanos peculiares con una misma meta: buscar la verdad, algo difícil en Washington. Esta vez el asesinato del presidente de la Cámara de Representantes sacude Estados Unidos. Y el Camel Club encuentra una sorprendente conexión con otra muerte: la del director del departamento de Libros Raros y Especiales de la Biblioteca del Congreso. Los miembros del club se precipitarán en un mundo de espionaje, códigos cifrados y coleccionistas.
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– ¿Cómo?

Stone trató de pensar qué debía decir. No tenía ni idea de quiénes eran esas personas y no quería hablar más de la cuenta. No respondió, y la presión desapareció por completo. Perplejo, se relajó. Debería haber sido más cauto.

Cayó al suelo en cuanto soltaron las ligaduras. Sintió que le levantaban unas manos fuertes y enguantadas. Extendió el brazo de forma instintiva y lo golpeó contra algo duro; era metálico y de cristal, cerca de donde estaría la cara de su captor. «Llevan un equipo de visión nocturna», pensó.

Lo trasladaron a otro lugar. Al cabo de unos instantes, lo colocaron sobre un objeto duro, una especie de tablón largo, y lo ataron. Luego le inclinaron la cabeza hacia atrás y se la cubrieron de celofán. El agua le golpeó con fuerza y le hundió el celofán en ojos, boca y nariz. Le entraron arcadas. Se trataba de una técnica de tortura muy eficaz. Había pocas cosas más terribles que morir ahogado; sobre todo boca abajo atado a un tablón en la más completa oscuridad.

De repente, el chorro paró y le arrancaron el celofán. En cuanto hubo respirado, le hundieron la cabeza en el agua fría. Tuvo arcadas de nuevo y trató de soltarse. El corazón le palpitaba de tal manera que sabía que moriría de un ataque al corazón antes de ahogarse.

Le sacaron la cabeza del agua. Vomitó, y el vómito le cubrió la cara.

– ¿Cómo? -preguntó la voz en tono sereno.

«Claro, el tipo que hace las preguntas siempre está tranquilo -pensó Stone mientras intentaba sacudirse el vómito de los ojos-. Seguramente está en un sala cómoda y cálida con una taza de café mientras me sacan la mierda a hostias.»-Asfixiado -espetó-, ¡igual que acabaré yo, gilipollas!

Eso le costó otro chapuzón. Lo había hecho a propósito, para que el agua le quitase el vómito de la cara. Stone había respirado hondo antes de que le hundieran la cabeza, por lo que cuando se la sacaron se había recuperado un poco.

– ¿Cómo? -preguntó la voz.

– No con halón 1301, con otra sustancia.

– ¿Cuál?

– Todavía no lo sé. -Stone sintió que le iban a sumergir la cabeza de nuevo-. Pero puedo averiguarlo -gritó desesperado.

La voz no replicó de inmediato. Stone lo interpretó como una buena señal. Los interrogadores detestaban titubear.

– Hemos leído tus diarios -dijo la voz-. Estabas informándote sobre Bradley. ¿Por qué?

– Parecía demasiado casual, su muerte y luego la de DeHaven.

– No tienen nada en común.

– ¿Eso crees?

Stone respiró hondo, pero le mantuvieron la cabeza sumergida tanto tiempo que estuvo a punto de ahogarse. Cuando le levantaron la cabeza, parecía que el cerebro le iba a estallar por falta de oxígeno, y las extremidades le temblaban; el cuerpo comenzaba a no responderle.

– ¿Qué crees que tienen en común? -preguntó la voz.

– Te falta un chapuzón para matarme; así que, si ése es tu plan, ¿por qué no acabas de una vez? -dijo con voz débil. Se preparó para lo peor, pero no ocurrió nada.

– ¿Qué crees que tienen en común? -repitió la voz.

Stone respiró a duras penas y se planteó si debía responder ono. Si no era lo que querían oír, era hombre muerto. Pero ya estaba casi muerto.

Se armó de valor.

– Cornelius Behan -respondió.

Se preparó para el chapuzón final, pero la voz le preguntó:

– ¿Por qué Behan?

– Bradley era de anticorrupción. Behan había ganado dos contratos importantes durante el viejo régimen. Tal vez Bradley averiguó algo que Behan no quería que se supiera. Así que lo mató, quemó su casa y culpó a una banda terrorista ficticia.

Se produjo un largo silencio. Lo único que Stone oía era los angustiados latidos de su corazón cansado. Resultaba aterrador, pero al menos estaba vivo.

– ¿DeHaven?

– Es el vecino de Behan.

– ¿Eso es todo? -repuso la voz, claramente decepcionada.

Stone sintió que le inclinaban la cabeza de nuevo.

– ¡No, no es todo! Encontramos un telescopio en el desván de DeHaven que apuntaba hacia la casa de Behan. DeHaven tal vez vio algo que no debería. Así que también tenía que morir, pero no como Bradley.

– ¿Por qué no?

– Que alguien quisiera cargarse al presidente no sería extraño, pero DeHaven era bibliotecario, y Behan, su vecino. Tenía que parecer un accidente lejos de sus casas. De lo contrario, más de uno acusaría a Behan.

Stone esperó en silencio, preguntándose si la respuesta habría sido la correcta o no.

Dio un respingo al sentir un tirón en el brazo. Cerró los ojos, exhaló lentamente y permaneció inmóvil.

Desde un rincón de la sala, Roger Seagraves observó cómo sus hombres se llevaban a Stone. Era un tipo duro para su edad. Seagraves supuso que hace treinta años Stone habría sido tan bueno como lo era él. Al menos, ahora sabía que Stone sospechaba que Cornelius Behan era el culpable de todo. Precisamente por eso, Oliver Stone seguiría con vida.

Capítulo 27

La habitación del hotel de Annabelle tenía vistas a Central Park y, por puro impulso, decidió salir a pasear por el parque. Se había vuelto a cambiar el peinado y el color de pelo. Ahora era una morena con el pelo corto y la raya a un lado, imagen que concordaba con la fotografía que Freddy le había preparado para el pasaporte. Llevaba la típica ropa de Nueva York, negra y elegante. Vagó por los senderos del parque, oculta tras un sombrero y unas gafas de sol. Varias personas la miraron con descaro, tal vez creyendo que era una famosa. Irónicamente, a Annabelle nunca le había interesado la fama. Siempre se había aferrado a la reconfortante sombra del anonimato, donde un estafador con talento encontraría una excelente salida profesional.

Compró una pieza de bollería salada a un vendedor ambulante y se la llevó a la habitación del hotel, donde se sentó en la cama y repasó los documentos de viaje. Leo y ella se habían separado en el aeropuerto de Newark. Freddy ya había salido del país. No les había preguntado a dónde irían. No quería saberlo.

Tras llegar a Nueva York, se puso en contacto con Tony. Como le había prometido, lo dispuso todo para que volara a París. A partir de ese momento, estaría solo, pero con una documentación excelente, aunque falsa, documentos de viaje y millones de dólares a su disposición en una cuenta. Le había lanzado una advertencia finaclass="underline" «No te habrá visto, pero Bagger sabe que necesitaba a un estafador experto en informática, y tú tienes fama de eso. Pasa desapercibido durante un año o más fuera del país. Y no vayas por ahí alardeando de dinero. Busca un lugar sencillo, atrinchérate, aprende el idioma y déjate llevar.»Tony le prometió que seguiría sus consejos.

– Te llamaré para decirte dónde acabo.

– No, no me llames -lo había prevenido.

Todavía le quedaban tres días para devolver el dinero de Bagger y darse cuenta de que lo habían timado. Annabelle daría la mitad de su dinero sólo por ver su reacción. Seguramente, lo primero que haría sería matar a sus informáticos y contables. Luego recorrería el casino, pistola en mano, cargándose a las personas mayores que estuvieran jugando a las tragaperras. Quizás interviniera un equipo del SWAT de Nueva Jersey y le hiciera un gran favor al mundo matando a aquel cabrón. Probablemente, no pasaría nada de todo eso; pero soñar era gratis.

La ruta de huida pasaría por Europa del Este y luego Asia. Tardaría un año, más o menos. El siguiente destino sería el Pacífico Sur, una islita que había descubierto hacía años y a la que no había vuelto por temor a que no le pareciese tan perfecta como la primera vez. En esos momentos, se contentaría con algo que fuese casi perfecto.

Su parte del botín estaba en varias cuentas de paraísos fiscales. Viviría de los intereses e inversiones durante el resto de la vida, aunque seguramente recurriría a la cuenta principal en alguna que otra ocasión. Tal vez se comprase un barco pequeño y lo gobernara ella misma. No daría la vuelta al mundo; le bastarían unas breves salidas por las calas tropicales.

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