Los coleccionistas [The Collectors - es]
- Автор: Балдаччи Дэвид
- Серия: Camel Club (es) #2
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los coleccionistas [The Collectors - es]». Краткое содержание книги:
Stone abrió otro diario y leyó una noticia sobre Cornelius Behan en la que se contaba que había llegado al país sin dinero y que había construido un conglomerado internacional con su sudor y esfuerzo personales. Los contratistas del Ministerio de Defensa tenían fama, normalmente merecida, de saltarse a la torera las normas éticas. Sobornar a los congresistas a cambio de favores políticos era uno de los juegos más viejos de Washington, y los constructores de aviones y tanques eran los mejores jugadores.
Stone acabó de leer la noticia sobre Behan, en la que se detallaban dos recientes e importantes adjudicaciones para su empresa. Una era del Pentágono, para crear un sistema convencional de misiles de nueva generación; y la otra, para construir un nuevo bunker gigantesco para el Congreso fuera de Washington, que se utilizaría en caso de producirse un ataque catastrófico. Si bien algunos cínicos argüirían que lo mejor que le podría pasar al país, si esa catástrofe se materializaba, era que eliminaría ese augusto organismo, Stone supuso que el país necesitaba la existencia de un Gobierno.
Cada contrato valía miles de millones de dólares, y Behan se había ganado ambos. Tal y como explicaba el artículo, había superado a sus oponentes en todos los aspectos cruciales. «Era como si pudiera leerles el pensamiento», había escrito el periodista. Stone no creía en los adivinos; pero, como había sido espía en su juventud, sabía que los secretos se robaban.
Stone se recostó en el asiento y sorbió el café. Si Behan se había metido en el bolsillo al predecesor de Bradley y Bradley había prometido medidas severas contra la corrupción, tal vez valdría la pena eliminar al nuevo paladín de la justicia. No existía garantía alguna de que el sucesor de Bradley fuera a mostrarse más cooperativo con personas como Behan, pero no había que olvidar la intimidación. ¿Se atrevería un nuevo presidente a cumplir la promesa de Bradley de recuperar el sentido de la ética, a pesar de que esa misma promesa era la que podía haber causado la muerte de su antecesor en el cargo? La banda terrorista podría ser una mera, e indemostrable, cortina de humo.
Stone había comenzado a pensar en la muerte de Bradley porque sólo veía un vínculo entre su asesinato y el de DeHaven, y ese vínculo era Cornelius Behan, un hombre que había ganado miles de millones de dólares vendiendo infinidad de cosas que mataban a mucha gente; y todo ello en nombre de la paz.
¿Acaso estaban los hombres de Behan en la furgoneta de Obras Públicas de Washington? ¿Eran quienes habían hecho que los agentes del Servicio Secreto pusieran pies en polvorosa? ¿O se trataba de otra agencia, colaboradora de Behan, que había asumido el papel de realizar las injerencias oportunas? Durante décadas se había debatido la existencia del complejo militar-industrial. Stone nunca se lo había planteado. Había trabajado en el complejo durante años. Si se parecía a lo que había sido hacía treinta años, era una fuerza de lo más poderosa; una fuerza que no dudaría en eliminar a quien se interpusiera en su camino. Stone lo sabía por experiencia propia. Al fin y al cabo, había sido uno de los «eliminadores».
Le pediría a Milton que averiguase cuanto pudiese sobre Bradley y Behan. Milton accedía a bases de datos a las que, en teoría, no se le permitía el acceso; sin embargo, siempre eran las más interesantes. Stone iría a la casa derribada de Bradley para ver si encontraba algo. También tendría que volver a la casa de Jonathan DeHaven para mirar de nuevo por el telescopio, y no porque tuviese ganas de excitarse viendo otro espectáculo sexual de Behan. No, se trataba de algo tan obvio que lo había pasado por alto.
Sintió un escalofrío y se levantó para encender el fuego, pero luego se detuvo y se frotó la piel. Estaba helado. ¿Qué le había dicho la mujer? Trató de recordar las palabras exactas: «Te ha subido la temperatura a un valor casi normal.» Sí, eso era lo que le había dicho la enfermera. Le había parecido extraño, porque en un hospital lo normal es que te digan que te estás recuperando cuando te baja la fiebre. Pero estaba seguro de que la enfermera le había dicho que le había subido la temperatura.
Comenzó a entusiasmarse. Aquello empezaba a cobrar sentido. Se dispuso a llamar a los demás por el móvil, pero se detuvo al mirar por la ventana. Desde allí veía perfectamente la calle que bordeaba el cementerio. Una furgoneta blanca de Obras Públicas estaba allí aparcada. La veía con claridad bajo la farola.
Se apartó de la ventana de inmediato. Llamó a Reuben, pero no había señal. Miró el móvil. Parecía no tener cobertura, aunque siempre la había tenido en esa zona. Miró por la ventana. Le habían interceptado la señal. Probó con el fijo. Tampoco tenía línea.
Cogió el abrigo y corrió hacia la puerta trasera. Treparía por la valla de atrás y se abriría camino por un laberinto de callejuelas conducente a una vivienda abandonada que, en ocasiones, utilizaba de piso franco. Abrió la puerta con cautela y salió. Vio la valla.
El disparo en el pecho lo detuvo en seco y cayó de rodillas. Medio inconsciente, miró al hombre que estaba allí, con una capucha negra y empuñando la pistola a dos manos. Tuvo la impresión de que su verdugo sonreía mientras se desplomaba y se quedaba inmóvil.
Capítulo 26
Era la oscuridad propia de los interrogatorios. Stone lo advirtió en cuanto se despertó. Estaba tan oscuro que no sólo no se veía el cuerpo, sino que parecía como si no lo tuviera. Estaba descalzo, dolorosamente de puntillas, y tenía las manos atadas encima de la cabeza. En aquel lugar hacía mucho frío. En esos sitios siempre hacía frío, porque el frío desgastaba más rápido que el calor. Se percató de que lo habían desnudado de pies a cabeza.
– ¿Despierto? -oyó que le preguntaba una voz desde la oscuridad.
Stone asintió.
– Dilo -ordenó la voz.
– Despierto -repuso Stone. Les daría lo imprescindible, nada más. Ya había pasado por eso en una ocasión, aunque hacía tres décadas, cuando una misión había salido mal y había acabado prisionero en un lugar en el que ningún norteamericano habría querido serlo.
– ¿Nombre?
Eso era exactamente lo que había estado temiendo.
– Oliver Stone.
Recibió un fuerte golpe en la nuca que lo dejó aturdido durante unos instantes.
– ¿Nombre?
– Oliver Stone -respondió lentamente, mientras se preguntaba si el golpe le habría destrozado el cráneo.
– Lo dejaremos así por el momento, Oliver. ¿DeHaven? -preguntó la voz.
– ¿Quién?
Stone sintió algo en la pierna. Trató de apartarlo de una patada, pero se dio cuenta de que tenía las piernas inmovilizadas. Aquella cosa se le deslizaba como una serpiente por la pierna derecha. Respiró hondo y trató de no sucumbir al pánico. No podía ser una serpiente; se trataba de una simulación, pensó. Entonces, fuera lo que fuera aquello, comenzó a presionarle la carne, no a morder, pero la presión iba en aumento. «Joder, parece una puta serpiente. ¿Tal vez una boa?» En aquella oscuridad, incluso alguien tan curtido como Stone comenzó a flaquear.
– ¿DeHaven? -preguntó la voz de nuevo.
– ¿Qué quieres saber?
La presión disminuyó un poco, pero seguía estando presente a modo de intimidación nada sutil.
– ¿Cómo murió?
– No lo sé.
La presión se intensificó de inmediato. Le había rodeado el estómago. Le costaba respirar hondo. Le dolían los brazos y las piernas y parecía que el tendón de Aquiles le estallaría por llevar tanto rato de puntillas.
– Creo que lo asesinaron -jadeó Stone.
La presión disminuyó de nuevo. Aprovechó para respirar hondo y los pulmones se le expandieron, no sin dolor.