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Los coleccionistas [The Collectors - es]

Электронная книга - «Los coleccionistas [The Collectors - es]». Краткое содержание книги:

l Camel Club entra de nuevo en acción. Son cuatro ciudadanos peculiares con una misma meta: buscar la verdad, algo difícil en Washington. Esta vez el asesinato del presidente de la Cámara de Representantes sacude Estados Unidos. Y el Camel Club encuentra una sorprendente conexión con otra muerte: la del director del departamento de Libros Raros y Especiales de la Biblioteca del Congreso. Los miembros del club se precipitarán en un mundo de espionaje, códigos cifrados y coleccionistas.
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Enmudeció al ver que Stone le hacía señas para que dejara de hablar.

– Muy propio de Jonathan -dijo ella-. Supongo que sus padres están muertos, ¿no?

– Oh, sí, su padre murió hace mucho, y su madre, hace dos años. Jonathan heredó su casa.

Stone tuvo la impresión de que la mujer se esforzaba por no sonreír al oír aquellas palabras. «¿Qué le había dicho el abogado a Caleb? ¿Que el matrimonio se había anulado? ¿Y no por la mujer, sino por el marido, a instancia de los padres?»-Me gustaría ver la casa y su colección -le dijo ella a Caleb-. Estoy segura de que ahora es impresionante.

– ¿Conocía su colección? -le preguntó Caleb.

– Jonathan y yo compartimos muchas cosas. No me quedaré mucho tiempo en la ciudad, así que ¿le va bien esta noche?

– Pues resulta que pensábamos ir allí esta misma tarde -respondió Stone-. Si se aloja en algún hotel, podríamos pasar a recogerla.

La mujer meneó la cabeza.

– Nos reuniremos en Good Fellow Street. -Se marchó rápidamente hacia un taxi que la esperaba.

– ¿Te parece sensato llevarla a la casa de Jonathan? -preguntó Milton-. No la conocemos de nada.

Stone sacó la fotografía del bolsillo y la sostuvo en alto.

– Creo que sí la conocemos o, al menos, la conoceremos en breve. En Good Fellow Street -, añadió, pensativo.

Capítulo 29

Después de que finalizara el testimonio a puerta cerrada ante el Comité de Inteligencia de la Cámara, Seagraves y Trent se tomaron un café en el bar y luego salieron para pasear por los jardines del Capitolio.

Dado que por sus obligaciones laborales debían pasar mucho tiempo juntos, aquello no despertaría sospecha alguna.

Seagraves se detuvo para desenvolver un chicle cuando Trent se agachaba para atarse el zapato.

– Entonces ¿crees que ese tipo ha trabajado en la Agencia? -le preguntó Trent.

Seagraves asintió:

– Triple Seis, te suena de algo, ¿Albert?

– Vagamente. Mi información era limitada. Me contrataron por mis dotes analíticas, no por mi talento para el trabajo de campo. Y, después de diez años de gilipolleces, me harté.

Seagraves sonrió.

– ¿Pasarse a la política ha sido mejor?

– Lo ha sido para nosotros.

Seagraves vio que su compañero se peinaba la docena de pequeños mechones y los recolocaba alineados el uno junto al otro sin ayuda de espejo alguno.

– ¿Por qué no te lo rapas bien cortito? -preguntó Seagraves-. A muchas mujeres les va esa pinta de machito. Y aprovecha para ponerte en forma.

– Cuando dejemos de trabajar, tendré tanto dinero que, vaya al país que vaya, las mujeres me aceptarán tal y como soy.

– Tú mismo.

– Ese tipo, el Triple Seis, podría darnos problemas. Tal vez se avecine una tormenta.

Seagraves meneó la cabeza.

– Si le hacemos algo, las cosas podrían ponerse feas. Creo que todavía tiene contactos. Y, si me lo cargo, también tendría que cargarme a sus amigos. Podríamos cometer un error y despertar sospechas innecesarias. De momento, cree que Behan es el responsable de todo. Si eso cambia, el pronóstico meteorológico podría ser distinto.

– ¿Estás seguro de que es una buena estrategia?

Seagraves adoptó una expresión más seria.

– Veamos cuál es la verdad, Trent. Mientras tú estabas cómodamente sentado a tu escritorio, en Washington, yo pringaba en lugares que ni siquiera te atreverías a mirar en la tele. Tú sigue con lo tuyo, y deja que me ocupe de la planificación estratégica… Salvo que creas que puedes hacerlo mejor que yo, claro.

Trent trató de sonreír, pero el miedo se lo impidió.

– No te cuestionaba.

– Pues lo parecía, ¡joder! -De repente, sonrió y le rodeó los hombros con el brazo-. Ahora no es momento de enfrentarse, Albert. Todo va sobre ruedas, ¿no es así? -Lo apretó con fuerza y sólo aflojó la presión cuando sintió el dolor en el cuerpo de Trent. Resultaba agradable sentir tan de cerca el sufrimiento de otra persona-. He dicho: ¿no es así?

– Sin duda. -Trent se frotó los hombros y parecía a punto de echarse a llorar.

«Debieron de darte de hostias todos los días en el patio de recreo», pensó Seagraves.

Seagraves cambió de tema:

– Cuatro enlaces del Departamento de Estado muertos. Eso sí que fue original. -Había conocido a uno de los hombres asesinados; de hecho, había trabajado con él. Un buen agente, pero los millones de dólares siempre habían puesto fin a todas sus amistades.

– ¿Esperas que el Gobierno sea creativo? Entonces, ¿qué es lo siguiente?

Seagraves tiró el cigarrillo y miró a su compañero.

– Lo sabrás cuando llegue el momento, Albert. -Comenzaba a hartarse de su subalterno. Pero, en parte, ése era el objetivo de aquel encuentro, dejarle bien claro a Trent que era y sería un subordinado. Si las cosas se pusieran feas y pareciera que todo se iba al traste, al primero que tendría que matar sería a Trent por un motivo bien sencillo: los cobardes siempre se venían abajo si se los presionaba.

Se despidió del miembro del gabinete y se dirigió hacia su coche, aparcado en la zona de acceso restringido. Saludó al guardia de seguridad, que lo conocía de vista.

– ¿Has vigilado bien las ruedas? -le preguntó, sonriendo.

– Las tuyas y las de los demás -respondió el guardia mientras mordía un palillo de dientes-. ¿Has vigilado bien el país?

– Se hace lo que se puede. -De hecho, lo siguiente que Seagra-ves le comunicaría a Trent serían los elementos clave del nuevo plan estratégico de vigilancia de la ASN contra los terroristas extranjeros. Los medios siempre suponían que la ASN hacía cosas ilegales; pero no sabían de la misa la mitad, al igual que los miopes del Capitolio. Sin embargo, algunos acaudalados enemigos de América que vivían a diez mil kilómetros de distancia y, al menos ocho siglos atrasados, estaban dispuestos a pagar millones de dólares para saberlo todo. El dinero era lo que mandaba; a la mierda el patriotismo. Según Seagraves, lo único que los patriotas conseguían por su ayuda era una bandera doblada en tres; y la cuestión era que tenías que estar muerto para que te dieran una.

Seagraves condujo de vuelta a la oficina, trabajó un rato y regresó a su casa, un edificio de treinta años y dos plantas con tres dormitorios y dos baños ubicado en un terreno de unos mil metros cuadrados con mal drenaje, que le costaba casi la mitad del salario en concepto de hipoteca e impuestos sobre la propiedad. Hizo una breve pero intensa sesión de ejercicios y luego abrió la puerta de un pequeño armario situado en el sótano, cerrado con llave y dotado de alarma.

En el interior, había recuerdos de su trabajo pasado colgados de las paredes u ordenados en los estantes. Entre los objetos había un guante marrón ribeteado con piel en una vitrina de cristal, el botón de un abrigo en una pequeña funda circular, un par de gafas en un recipiente de plástico, un zapato colgando de una percha de la pared, un reloj de pulsera, dos brazaletes de mujer, una libreta con el monograma AFW, un turbante en un estante, un desgastado ejemplar del Corán, una gorra de piel y un babero. Se arrepentía un poco del babero. Sin embargo, cuando uno mataba a los padres, el hijo también solía sacrificarse. Una bomba colocada en un coche no tenía ningún miramiento con los ocupantes. Todos los objetos estaban numerados del uno al cincuenta y formaban parte de una historia que sólo él y otros agentes de la CÍA conocían.

Seagraves se había esforzado mucho, y corrido un gran riesgo, para coleccionar esos objetos; porque aquello era ni más ni menos que su colección. Sean conscientes de ello o no, todas las personas coleccionan algo. Muchas acaban teniendo objetos normales, ya sean sellos, monedas o libros. Otras acumulan corazones rotos o conquistas sexuales. También las hay a quienes satisface acumular almas perdidas. Roger Seagraves, por el contrario, coleccionaba objetos personales de aquellos a quienes había matado o, más bien, asesinado, ya que lo había hecho como servicio al país. Tampoco es que a las víctimas les importase esa distinción; al fin y al cabo, seguían estando muertas.

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