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Los coleccionistas [The Collectors - es]

Электронная книга - «Los coleccionistas [The Collectors - es]». Краткое содержание книги:

l Camel Club entra de nuevo en acción. Son cuatro ciudadanos peculiares con una misma meta: buscar la verdad, algo difícil en Washington. Esta vez el asesinato del presidente de la Cámara de Representantes sacude Estados Unidos. Y el Camel Club encuentra una sorprendente conexión con otra muerte: la del director del departamento de Libros Raros y Especiales de la Biblioteca del Congreso. Los miembros del club se precipitarán en un mundo de espionaje, códigos cifrados y coleccionistas.
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– Vale, no lo negaré; pero quiero conocerte. Y me gusta lo que veo, Pam.

– Ni siquiera me llamo Pam, así de bien me conoces.

– Más divertido aún. Piénsatelo, ¿vale?

Annabelle titubeó.

– Últimamente, he estado pensando en mi futuro -dijo-. No estoy casada; mi vida es mi trabajo y viceversa. Y ya no soy una jovencita.

Bagger se levantó y le rodeó los hombros con el brazo.

– ¿Bromeas? Eres preciosa. Cualquier hombre se sentiría afortunado de estar contigo.

Ella le dio una palmadita en el brazo.

– No me has visto por la mañana antes de tomarme el café y maquillarme.

– Oh, nena, no tienes más que pedírmelo. -Bajó la mano hasta la zona lumbar y se la acarició con suavidad. Alargó la mano, oprimió un botón de la consola del escritorio y las persianas automáticas comenzaron a cerrarse.

– ¿Y eso? -preguntó Annabelle con el ceño fruncido.

– Me gusta la intimidad. -Bajó la mano un poco más.

Sonó el móvil de Annabelle, justo a tiempo. Ella miró el número.

– ¡Vaya, joder! -Se levantó y se apartó de Bagger, sin dejar de mirar la pantalla del móvil.

– ¿Quién es? -preguntó Bagger.

– El jefe de sección. Su número es todo ceros. -Se recompuso y respondió-. ¿Sí, señor?

No dijo nada durante varios minutos y luego colgó.

– ¡Maldito hijo de puta! -chilló.

– ¿Qué pasa, nena?

Ella caminó en círculos y luego se detuvo, todavía furiosa.

– A mi querido jefe de sección le ha parecido oportuno cambiar las órdenes de campo. En lugar de ir a Rusia, me enviarán a, no te lo pierdas, Portland, Oregón.

– ¿Oregón? ¿En Oregón necesitan espías?

– Es mi tumba, Jerry. Es adonde te envían cuando no les caes bien a los de arriba.

– ¿Cómo se puede pasar de Rusia a Oregón en la misma mañana?

– Lo de Rusia era cosa de mi supervisor de campo; lo de Oregón, de mi jefe de sección, que es el siguiente nivel. Su destino tiene prioridad.

– ¿Qué tiene contra ti el jefe de sección?

– No lo sé. Quizás hago el trabajo demasiado bien. -Iba a decir algo, pero se interrumpió.

Bagger se percató de ello.

– Lárgalo. Venga, quizá pueda ayudarte.

Ella suspiró.

– Bueno, lo creas o no, el tipo quiere acostarse conmigo. Pero está casado y le dije que se olvidara del tema.

Bagger asintió.

– ¡Qué cabrón! Siempre la misma mierda. A las mujeres que dicen que no, se las quitan de encima.

Annabelle se miraba las manos.

– Es el final de mi carrera, Jerry. ¡Portland! ¡Joder! -Arrojó el móvil contra la pared y se partió por la mitad. Luego, Annabelle se desplomó en una silla-. Tal vez debería haberme acostado con él.

Bagger comenzó a masajearle los hombros.

– ¡Ni hablar! Con tipos así, si lo haces una vez luego quieren más. Después se cansan de ti o encuentran otra amante. Al final, te acabaría enviando a Portland de todas maneras.

– Ojalá pudiese pillar al muy hijo de puta.

Bagger parecía pensativo.

– Bueno, tal vez sea posible.

Annabelle lo miró con expresión cauta.

– Jerry, no puedes cargártelo, ¿vale?

– No estaba pensando en eso, nena. Has dicho que tal vez estaba cabreado porque haces tu trabajo demasiado bien. ¿Y eso?

– Consigo mucho dinero y, de repente, los demás me ven ascender. Empiezo a ascender y, de repente, soy una amenaza para su trabajo. Lo creas o no, Jerry, pocas mujeres hacen lo que yo hago. A más de uno le gustaría que alguna mujer ocupara el cargo de jefa de sección. Si sigo tratando con gente como tú e inundo las operaciones extranjeras de dinero «con artificios», me beneficia y lo perjudica.

– ¡Joder!, estas cosas sólo pasan en el Gobierno. -Pensó durante unos instantes-. Vale, ya sé cómo volverle las tornas a ese tarugo.

– ¿A qué te refieres?

– A la siguiente operación en El Banco.

– Jerry, me cambian de destino. Mi socio y yo tomaremos el avión esta noche.

– Vale, vale, pero se me ha ocurrido algo. Puedes hacer una última operación antes de marcharte, ¿no?

Annabelle pareció cavilar al respecto.

– Bueno, sí, tengo autorización para ello. Pero a ese tipo no me lo ganaré ni con un millón de dólares en intereses.

– No me refiero a un milloncete de nada. -La miró-. ¿Cuál es la mayor cantidad que has conseguido con tus «artificios»?

Annabelle pensó durante unos instantes.

– La mayoría de las transferencias van de uno a cinco millones, pero una vez transferimos quince millones en Las Vegas. Y veinte millones desde Nueva York, pero hace ya dos años.

– Gallina.

– ¿Gallina? ¡Lo que tú digas!

– Dime, ¿qué le dolería de verdad a ese tipo?

– Ni idea, Jerry. Treinta millones.

– Pues que sean cuarenta, y que los tengan cuatro días en lugar de dos. -Hizo unos cálculos mentales-. Eso nos da un interés del veinte por ciento en lugar del diez por ciento. Y, con eso, ganaríamos ocho millones. Un buen artificio.

– ¿Tienes cuarenta millones en metálico?

– ¡Eh!, ¿con quién crees que estás hablando? La semana pasada tuvimos dos peleas aquí de campeonato. El dinero me sale por las orejas.

– Pero ¿por qué quieres hacerlo?

– Ganar ocho millones de dólares en cuatro días no es moco de pavo, ni siquiera para alguien como yo. -Le masajeó la nuca-. Además, como ya te he dicho, me gustas.

– Pero yo tengo que irme a Oregón, no puedo desobedecer las órdenes.

– Bien, vete a Oregón; luego podrías plantearte dejarlo y venir aquí. Te daré un diez por ciento de los ocho millones para que empieces con buen pie.

– No quiero vivir a tu costa, Jerry. Tengo cerebro.

– Me consta, y le daremos uso. Junto con todo lo demás. -Le deslizó la mano por la espalda-. Llamaré a los chicos.

– Pero esta noche me iré a Oregón en un avión privado.

– Lo entiendo.

– Lo que quiero decirte, Jerry, es que es imposible que recuperes el dinero antes de que me marche.

Bagger rio.

– ¡Oh!, ¿lo de los rehenes? Creo que ya lo hemos superado, cariño. Me has hecho ganar un millón seiscientos mil dólares; y suma y sigue, así que ya has demostrado tu valía.

– Sólo si estás seguro. Cuarenta millones es mucho dinero.

– ¡Eh!, ha sido idea mía, no tuya. Déjalo en mis manos.

Annabelle se levantó.

– Me he encargado de muchas operaciones, Jerry, y para mí sólo es un trabajo. -Se calló-. Todos los demás sólo querían saber cuánto ganarían. Panda de cabrones avariciosos. -Volvió a callarse, como buscando las palabras adecuadas; aunque sabía perfectamente qué diría-. Eres el primero que hace algo por mí. Te lo agradezco, mucho más de lo que te imaginas. -Seguramente, era la primera verdad que pronunciaba en presencia de Bagger.

Se miraron, y luego Annabelle extendió los brazos y se preparó para lo peor. Bagger se abalanzó sobre ella. Annabelle estuvo a punto de vomitar al oler su intensa colonia. Sus manos poderosas se deslizaron rápidamente por debajo de la falda y dejó que le metiera mano en silencio. Se moría de ganas de hundirle la rodilla en la entrepierna. «Aguanta, Annabelle, puedes hacerlo. Tienes que hacerlo», se dijo.

– ¡Oh, nena! -le gimió Bagger al oído-. Venga, hagámoslo una vez antes de que te marches. Aquí mismo, en el sofá. Me muero de ganas. Me muero.

– Créeme, lo noto en mi pierna, Jerry -dijo, mientras se zafaba de él. Annabelle se recolocó la ropa interior y se bajó la falda-. Vale, semental, ya veo que no podré contenerte mucho tiempo. ¿Has estado en Roma?

Bagger parecía desconcertado.

– No. ¿Por qué?

– El poco tiempo que tengo de vacaciones lo paso en un chalé que alquilo allí. Te llamaré para darte todos los detalles. Dentro de dos semanas nos reuniremos allí.

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