Los coleccionistas [The Collectors - es]
- Автор: Балдаччи Дэвид
- Серия: Camel Club (es) #2
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los coleccionistas [The Collectors - es]». Краткое содержание книги:
– Vale, no lo negaré; pero quiero conocerte. Y me gusta lo que veo, Pam.
– Ni siquiera me llamo Pam, así de bien me conoces.
– Más divertido aún. Piénsatelo, ¿vale?
Annabelle titubeó.
– Últimamente, he estado pensando en mi futuro -dijo-. No estoy casada; mi vida es mi trabajo y viceversa. Y ya no soy una jovencita.
Bagger se levantó y le rodeó los hombros con el brazo.
– ¿Bromeas? Eres preciosa. Cualquier hombre se sentiría afortunado de estar contigo.
Ella le dio una palmadita en el brazo.
– No me has visto por la mañana antes de tomarme el café y maquillarme.
– Oh, nena, no tienes más que pedírmelo. -Bajó la mano hasta la zona lumbar y se la acarició con suavidad. Alargó la mano, oprimió un botón de la consola del escritorio y las persianas automáticas comenzaron a cerrarse.
– ¿Y eso? -preguntó Annabelle con el ceño fruncido.
– Me gusta la intimidad. -Bajó la mano un poco más.
Sonó el móvil de Annabelle, justo a tiempo. Ella miró el número.
– ¡Vaya, joder! -Se levantó y se apartó de Bagger, sin dejar de mirar la pantalla del móvil.
– ¿Quién es? -preguntó Bagger.
– El jefe de sección. Su número es todo ceros. -Se recompuso y respondió-. ¿Sí, señor?
No dijo nada durante varios minutos y luego colgó.
– ¡Maldito hijo de puta! -chilló.
– ¿Qué pasa, nena?
Ella caminó en círculos y luego se detuvo, todavía furiosa.
– A mi querido jefe de sección le ha parecido oportuno cambiar las órdenes de campo. En lugar de ir a Rusia, me enviarán a, no te lo pierdas, Portland, Oregón.
– ¿Oregón? ¿En Oregón necesitan espías?
– Es mi tumba, Jerry. Es adonde te envían cuando no les caes bien a los de arriba.
– ¿Cómo se puede pasar de Rusia a Oregón en la misma mañana?
– Lo de Rusia era cosa de mi supervisor de campo; lo de Oregón, de mi jefe de sección, que es el siguiente nivel. Su destino tiene prioridad.
– ¿Qué tiene contra ti el jefe de sección?
– No lo sé. Quizás hago el trabajo demasiado bien. -Iba a decir algo, pero se interrumpió.
Bagger se percató de ello.
– Lárgalo. Venga, quizá pueda ayudarte.
Ella suspiró.
– Bueno, lo creas o no, el tipo quiere acostarse conmigo. Pero está casado y le dije que se olvidara del tema.
Bagger asintió.
– ¡Qué cabrón! Siempre la misma mierda. A las mujeres que dicen que no, se las quitan de encima.
Annabelle se miraba las manos.
– Es el final de mi carrera, Jerry. ¡Portland! ¡Joder! -Arrojó el móvil contra la pared y se partió por la mitad. Luego, Annabelle se desplomó en una silla-. Tal vez debería haberme acostado con él.
Bagger comenzó a masajearle los hombros.
– ¡Ni hablar! Con tipos así, si lo haces una vez luego quieren más. Después se cansan de ti o encuentran otra amante. Al final, te acabaría enviando a Portland de todas maneras.
– Ojalá pudiese pillar al muy hijo de puta.
Bagger parecía pensativo.
– Bueno, tal vez sea posible.
Annabelle lo miró con expresión cauta.
– Jerry, no puedes cargártelo, ¿vale?
– No estaba pensando en eso, nena. Has dicho que tal vez estaba cabreado porque haces tu trabajo demasiado bien. ¿Y eso?
– Consigo mucho dinero y, de repente, los demás me ven ascender. Empiezo a ascender y, de repente, soy una amenaza para su trabajo. Lo creas o no, Jerry, pocas mujeres hacen lo que yo hago. A más de uno le gustaría que alguna mujer ocupara el cargo de jefa de sección. Si sigo tratando con gente como tú e inundo las operaciones extranjeras de dinero «con artificios», me beneficia y lo perjudica.
– ¡Joder!, estas cosas sólo pasan en el Gobierno. -Pensó durante unos instantes-. Vale, ya sé cómo volverle las tornas a ese tarugo.
– ¿A qué te refieres?
– A la siguiente operación en El Banco.
– Jerry, me cambian de destino. Mi socio y yo tomaremos el avión esta noche.
– Vale, vale, pero se me ha ocurrido algo. Puedes hacer una última operación antes de marcharte, ¿no?
Annabelle pareció cavilar al respecto.
– Bueno, sí, tengo autorización para ello. Pero a ese tipo no me lo ganaré ni con un millón de dólares en intereses.
– No me refiero a un milloncete de nada. -La miró-. ¿Cuál es la mayor cantidad que has conseguido con tus «artificios»?
Annabelle pensó durante unos instantes.
– La mayoría de las transferencias van de uno a cinco millones, pero una vez transferimos quince millones en Las Vegas. Y veinte millones desde Nueva York, pero hace ya dos años.
– Gallina.
– ¿Gallina? ¡Lo que tú digas!
– Dime, ¿qué le dolería de verdad a ese tipo?
– Ni idea, Jerry. Treinta millones.
– Pues que sean cuarenta, y que los tengan cuatro días en lugar de dos. -Hizo unos cálculos mentales-. Eso nos da un interés del veinte por ciento en lugar del diez por ciento. Y, con eso, ganaríamos ocho millones. Un buen artificio.
– ¿Tienes cuarenta millones en metálico?
– ¡Eh!, ¿con quién crees que estás hablando? La semana pasada tuvimos dos peleas aquí de campeonato. El dinero me sale por las orejas.
– Pero ¿por qué quieres hacerlo?
– Ganar ocho millones de dólares en cuatro días no es moco de pavo, ni siquiera para alguien como yo. -Le masajeó la nuca-. Además, como ya te he dicho, me gustas.
– Pero yo tengo que irme a Oregón, no puedo desobedecer las órdenes.
– Bien, vete a Oregón; luego podrías plantearte dejarlo y venir aquí. Te daré un diez por ciento de los ocho millones para que empieces con buen pie.
– No quiero vivir a tu costa, Jerry. Tengo cerebro.
– Me consta, y le daremos uso. Junto con todo lo demás. -Le deslizó la mano por la espalda-. Llamaré a los chicos.
– Pero esta noche me iré a Oregón en un avión privado.
– Lo entiendo.
– Lo que quiero decirte, Jerry, es que es imposible que recuperes el dinero antes de que me marche.
Bagger rio.
– ¡Oh!, ¿lo de los rehenes? Creo que ya lo hemos superado, cariño. Me has hecho ganar un millón seiscientos mil dólares; y suma y sigue, así que ya has demostrado tu valía.
– Sólo si estás seguro. Cuarenta millones es mucho dinero.
– ¡Eh!, ha sido idea mía, no tuya. Déjalo en mis manos.
Annabelle se levantó.
– Me he encargado de muchas operaciones, Jerry, y para mí sólo es un trabajo. -Se calló-. Todos los demás sólo querían saber cuánto ganarían. Panda de cabrones avariciosos. -Volvió a callarse, como buscando las palabras adecuadas; aunque sabía perfectamente qué diría-. Eres el primero que hace algo por mí. Te lo agradezco, mucho más de lo que te imaginas. -Seguramente, era la primera verdad que pronunciaba en presencia de Bagger.
Se miraron, y luego Annabelle extendió los brazos y se preparó para lo peor. Bagger se abalanzó sobre ella. Annabelle estuvo a punto de vomitar al oler su intensa colonia. Sus manos poderosas se deslizaron rápidamente por debajo de la falda y dejó que le metiera mano en silencio. Se moría de ganas de hundirle la rodilla en la entrepierna. «Aguanta, Annabelle, puedes hacerlo. Tienes que hacerlo», se dijo.
– ¡Oh, nena! -le gimió Bagger al oído-. Venga, hagámoslo una vez antes de que te marches. Aquí mismo, en el sofá. Me muero de ganas. Me muero.
– Créeme, lo noto en mi pierna, Jerry -dijo, mientras se zafaba de él. Annabelle se recolocó la ropa interior y se bajó la falda-. Vale, semental, ya veo que no podré contenerte mucho tiempo. ¿Has estado en Roma?
Bagger parecía desconcertado.
– No. ¿Por qué?
– El poco tiempo que tengo de vacaciones lo paso en un chalé que alquilo allí. Te llamaré para darte todos los detalles. Dentro de dos semanas nos reuniremos allí.