Los coleccionistas [The Collectors - es]
- Автор: Балдаччи Дэвид
- Серия: Camel Club (es) #2
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los coleccionistas [The Collectors - es]». Краткое содержание книги:
– Sólo si estás presente hasta que recupere el dinero -repuso Bagger.
Ella hizo una mueca.
– Es parte del trato, Jerry. Soy toda tuya.
– Eso dices. Por cierto, ¿adonde fue el dinero?
– Ya te lo he dicho, a El Banco del Caribe.
– No, me refiero a qué operación extranjera financió.
– Ella podría decírtelo, pero entonces os tendría que matar a los dos -intervino Leo. Se produjo un incómodo silencio hasta que Annabelle soltó una carcajada. Luego, Leo y Bagger hicieron lo propio; aunque, el último, de mala gana.
Al cabo de dos días, la transferencia de cinco millones de dólares regresó con medio millón de dólares más.
– ¡Joder! -dijo Bagger-, esto es mejor que emitir dinero. -Estaba otra vez en el despacho, con Annabelle y Leo-. Sé que el Tío Sam tiene mucho dinero, pero ¿cómo puede el Gobierno permitirse algo así?
Annabelle se encogió de hombros.
– No puede; por eso tenemos un déficit que supera el billón de dólares. Si necesitamos más dinero, vendemos más letras del Tesoro a los saudíes y a los chinos. No funcionará toda la vida; sin embargo, de momento, nos vale. -Miró a Bagger y le tocó el brazo con la mano-. Pero si el Tío Sam te da pena, Jerry, podrías dejarnos tu dinero sin cobrar intereses.
Bagger se rio.
– Mi lema no ha cambiado en cuarenta años: cada gilipollas mira por sus intereses.
«Y ese lema te viene como anillo al dedo», pensó Annabelle mientras le sonreía con una admiración teñida de burla.
Bagger se inclinó hacia delante, mirando a Leo:
– ¿Alguna vez das esquinazo a tu sombra? -le preguntó en voz baja.
– Depende -respondió Annabelle.
– ¿De qué?
– De lo amigos que acabemos siendo.
– Sé cómo podemos ser excelentes amigos.
– Cuéntame.
– Hacemos una transferencia de diez millones y me llevo un millón por las molestias. ¿Puede permitírselo el Tío Sam?
– Transfiere el dinero, Jerry, así de fácil.
– ¿Y te quedarás aquí hasta que me lo devuelvan?
– Nos quedaremos los dos -respondió Leo.
Bagger hizo una mueca y bajó aún más la voz para que Leo no lo oyera.
– Supongo que, si me lo cargo, tendré un problema gordo, ¿no?
– ¿Recuerdas la escoria de la escoria de la que te hablé? Si le haces daño, te harían una visita. No te lo recomiendo.
– ¡Joder! -se quejó Bagger.
– No hay para tanto, Jerry. En dos días ganarás un millón de pavos por no hacer nada, salvo comer y beber conmigo.
– Pero quiero algo más que eso, y tú lo sabes, ¿no?
– Jerry, lo supe desde que intentaste meterme mano la primera vez.
Bagger soltó una carcajada.
– Me gustas, jovencita. Eres demasiado buena para el Gobierno. Deberías trabajar para mí. Cambiaríamos la ciudad.
– Siempre estoy abierta a nuevas propuestas. Pero, de momento, ¿por qué no nos limitamos a que ganes ese millón de dólares? Quiero que puedas permitirte el lujo de costear el tren de vida al que estoy acostumbrada. -Le dio una palmadita en la mano y le hundió ligeramente una uña en la palma. Sintió que Bagger se estremecía.
– Vas a acabar conmigo, nena -gimoteó de forma patética.
«Oh, eso vendrá luego.»
Capítulo 24
Al cabo de dos días, Bagger había ganado 1,6 millones de dólares desde que había conocido a Annabelle y a Leo sin saber, por supuesto, que el dinero procedía de los tres millones de dólares que habían acumulado gracias a las dos estafas anteriores. Tony había autorizado la transferencia de esos «intereses» de su cuenta a la de Bagger. El concepto era parecido al método de Ponzi, que casi siempre se autodestruía. Esta vez, Annabelle no iba a permitir que eso ocurriera.
Saltaba a la vista que Bagger estaba contento, sobre todo porque creía que su temido enemigo, el Gobierno, corría con los gastos. Sentada en la lujosa habitación del hotel que Bagger había transformado en la suite presidencial tras el último cobro, rodeada de las flores que le había enviado el rey de los casinos, Annabelle hojeaba los periódicos en busca de la noticia que necesitaba y al final encontró. Leo y ella no podían hablar entre sí en el casino. Debían tener presente que todo lo que dijeran podría ser escuchado mediante dispositivos electrónicos o por uno de los espías de Bagger. Su único método para comunicarse eran gestos y miradas sutiles que los dos habían perfeccionado con el paso de los años y que nadie más comprendería.
Al cruzarse en el pasillo, Annabelle le había dado los buenos días y luego se había ajustado el anillo que llevaba en el dedo índice de la mano derecha. Leo le había devuelto el saludo y luego se había tocado el nudo de la corbata y sonado la nariz, dando a entender que había entendido el mensaje y que actuaría en consecuencia.
Antes de entrar en el ascensor que la llevaría al despacho de Bagger, Annabelle respiró hondo. Pese a lo que Leo había dicho, estaba nerviosa. El último paso que estaba a punto de dar era la clave de todo. Si no lo hacía a la perfección, el trabajo realizado durante las últimas semanas no habría servido de nada. No sólo perdería el dinero que le había dado a Bagger, sino que no sobreviviría para disfrutar de la parte que le correspondía de los 1,4 millones de dólares restantes.
Llegó a la oficina y la hicieron pasar de inmediato; los tipos cachas que custodiaban la entrada ya se habían acostumbrado a verla. Bagger la saludó con un abrazo que ella permitió que descendiese más de lo debido. Bagger bajó la mano hasta el trasero y se lo apretó con suavidad, antes de que ella se la apartase. Annabelle dejaba que se propasara cada vez un poco más, puesto que sabía que era lo único que Bagger quería de momento. Bagger sonrió y retrocedió.
– ¿En qué puedo ayudar a mi duendecilla de oro?
Ella frunció el ceño.
– Malas noticias. Acaban de llamarme de la sede de campo, Jerry.
– ¿Qué? ¿Qué cono quiere decir eso?
– Significa que me han reasignado.
– ¿Adónde? -La miró de hito en hito-. Lo sé, no puedes decírmelo.
Annabelle sostuvo en alto el periódico que había traído consigo.
– Esto podría darte una idea.
Bagger comenzó a leer el artículo que Annabelle había señalado. Era una noticia sobre un escándalo de corrupción gubernamental en el que estaba implicado un contratista extranjero en Rusia.
Bagger la miró, estupefacto.
– ¿Pasas de los casinos a los contratistas corruptos en Moscú?
Annabelle cogió el periódico.
– No se trata de cualquier contratista extranjero.
– ¿Lo conoces?
– Lo único que puedo decirte es que a Estados Unidos no le interesa que el caso llegue a los tribunales, y ahí es donde entro yo.
– ¿Cuánto tiempo te marcharás?
– Nunca se sabe, y después de Rusia me enviarán a otro destino. -Se frotó la sien-. ¿Tienes un Advil?
Bagger abrió un cajón del escritorio y le dio un frasco. Annabelle se tomó tres pastillas con un vaso de agua que Bagger le había servido.
Bagger se sentó.
– No tienes buen aspecto.
Annabelle se sentó en el borde del escritorio.
– Jerry, he estado en tantos sitios durante el último año que he perdido la cuenta -dijo con aire de cansancio-. Si usara un pasaporte auténtico, ya habría pasado por más de veinte. A veces es agotador. No te preocupes, me recuperaré.
– ¿Y por qué no lo dejas? -le sugirió.
Ella rio con amargura.
– ¿Dejarlo? ¿Y a la mierda la pensión? He invertido demasiados años. Los funcionarios también comemos.
– Ven a trabajar para mí. En un año ganarás más de lo que ganarías en veinte con esos payasos.
– Sí, claro.
– Lo digo en serio. Me gustas. Eres buena.
– Te gusta el que te haya hecho ganar más de un millón y medio de pavos.