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Los coleccionistas [The Collectors - es]

Электронная книга - «Los coleccionistas [The Collectors - es]». Краткое содержание книги:

l Camel Club entra de nuevo en acción. Son cuatro ciudadanos peculiares con una misma meta: buscar la verdad, algo difícil en Washington. Esta vez el asesinato del presidente de la Cámara de Representantes sacude Estados Unidos. Y el Camel Club encuentra una sorprendente conexión con otra muerte: la del director del departamento de Libros Raros y Especiales de la Biblioteca del Congreso. Los miembros del club se precipitarán en un mundo de espionaje, códigos cifrados y coleccionistas.
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Le hizo una seña a Reuben para que entrara y se pasó los siguientes diez minutos explicándole lo ocurrido.

– ¡Joder! ¿Y no tienes ni idea de quiénes eran?

– Fueran quienes fueran, conocen bien las técnicas de tortura -respondió Stone lacónicamente, mientras se frotaba el chichón de la cabeza-. No creo que vuelva a beber agua.

– Entonces, ¿saben lo de Behan?

Stone asintió.

– Aunque no sé si eso les sorprendió, pero creo que lo que les conté sobre Bradley y DeHaven era información nueva.

– Hablando de DeHaven, hoy es el funeral. Por eso te llamábamos. Caleb irá, junto con la mayor parte del personal de la Biblioteca del Congreso. Milton también irá y yo he cambiado el turno en el muelle para poder asistir. Nos parecía importante.

Stone se levantó, pero se tambaleó enseguida.

Reuben le sujetó del brazo.

– Oliver, tal vez deberías quedarte sentado. -Otra sesión de tortura e iréis a mi funeral. Pero el de hoy puede ser importante, aunque sólo sea por la gente que acuda.

Al oficio celebrado en la iglesia de St. John, junto al parque La-fayette, asistieron muchas personalidades del Gobierno y de la biblioteca. También estaban presentes Cornelius Behan y su esposa, una mujer muy atractiva, alta y esbelta, de unos cincuenta años con el pelo teñido de rubio. El aire altanero contrastaba con su porte frágil y precavido. Cornelius Behan era muy conocido en Washington, por lo que muchas personas se le acercaban para estrecharle la mano y rendir homenaje. Behan lo aceptaba todo con buenos modales, pero Stone se percató de que se apoyaba constantemente en el brazo de su mujer, como si fuera a caerse sin ese soporte.

A instancias de Stone, los miembros del Camel Club se habían dispersado por la iglesia para observar a los distintos grupos de personas. Aunque resultaba obvio que quienquiera que lo hubiera secuestrado sabía de su relación con los demás, Stone no quería recordarle -si es que había venido-que tenía tres amigos que serían unos blancos excelentes.

Stone se sentó al fondo e inspeccionó esa zona con la mirada hasta fijarse en una mujer que estaba sentada a un lado. La mujer se volvió y se apartó el pelo de la cara, y Stone la observó con atención. La formación que había recibido en el pasado hacía que fuera muy buen fisonomista, y había visto ese perfil con anterioridad; aunque la mujer a la que miraba ahora era mayor.

Una vez acabado el oficio, los miembros del Camel Club salieron juntos de la iglesia, detrás de Behan y su esposa. Behan le susurró algo a su mujer antes de volverse para dirigirse a Caleb.

– Un día triste -le dijo.

– Sí, lo es -repuso Caleb forzadamente. Miró a la señora Behan.

– Oh. -dijo Behan-. Mi esposa Marilyn. Te presento a…

– Caleb Shaw. Trabajaba en la biblioteca con Jonathan.

Behan le presentó a los otros miembros del Camel Club y luego miró hacia la iglesia, donde los portadores llevaban el féretro hacia el exterior.

– ¿Quién lo habría dicho? Se le veía tan bien…

– Les pasa a muchas personas antes de morir -repuso Stone con aire distraído. Miraba a la mujer que había visto antes. Se había puesto un sombrero negro y gafas de sol y llevaba una falda negra larga y botas. Alta y esbelta, destacaba entre tanto dolor.

Behan lanzó una mirada escrutadora a Stone y trató de seguirle la mirada, pero Stone la apartó antes de que lo hiciera.

– Supongo que están seguros de cuál fue la causa de la muerte -dijo Behan y se apresuró a añadir-: Ya se sabe que a veces se equivocan.

– Si se han equivocado, acabaremos sabiéndolo -intervino Stone-. Los medios suelen averiguarlo todo.

– Sí, a los periodistas eso se les da bien -comentó Behan con evidente desagrado.

– Mi marido sabe mucho sobre muertes súbitas -espetó Marilyn Behan. Al ver que todos la miraban de hito en hito, añadió-: Bueno, a eso se dedica su empresa.

Behan sonrió a Caleb y a los otros.

– Perdonadnos -dijo. Tomó a su esposa del brazo con firmeza y se alejaron. ¿Acaso había percibido Stone un atisbo de regodeo en la expresión de Marilyn?

Reuben los siguió con la mirada.

– No puedo dejar de imaginármelo con unas bragas ondeando a media asta en su pajarito. Tuve que llevarme el puño a la boca para no soltar una carcajada durante el oficio.

– Ha sido un detalle que viniera -dijo Stone-, sobre todo teniendo en cuenta que apenas eran conocidos.

– La mujer parece de armas tomar -comentó Caleb.

– Bueno, diría que es lo bastante astuta para estar al corriente de las indiscreciones de su marido -dijo Stone-. No creo que los una el amor.

– Sin embargo, siguen juntos -añadió Milton.

– Por amor al dinero, el poder y la popularidad -repuso Caleb con desagrado.

– ¡Eh!, no me habría importado tener alguna de esas cosas en mis matrimonios -dijo Reuben-. Amor sí hubo, al menos durante una época, pero nada de todo lo demás.

Stone miraba a la mujer de negro.

– ¿Os suena esa mujer de allí?

– ¿Cómo vamos a saberlo? -dijo Caleb-. Lleva sombrero y gafas.

Stone sacó la fotografía.

– Creo que es esta mujer.

Se apiñaron alrededor de la imagen y luego Caleb y Milton miraron a la mujer sin disimulo y la señalaron por turnos.

– ¿No podríais ser un poco más descarados? -farfulló Stone.

El cortejo fúnebre se dirigió hacia el cementerio. Una vez acabado el oficio junto a la tumba, los asistentes comenzaron a encaminarse hacia sus coches. La mujer de negro se quedó junto al féretro, mientras dos trabajadores con vaqueros y camisas azules esperaban en las inmediaciones. Stone miró en derredor y vio que Behan y su mujer ya habían regresado a la limusina. Observó con atención a las otras personas en busca de alguien cuya actividad diaria incluyera la aplicación de torturas acuáticas. Era fácil dar con esas personas si se sabía mirar, y Stone sabía mirar. Sin embargo, su búsqueda no dio frutos.

Hizo un gesto a los demás para que lo siguieran mientras se acercaba a la mujer de negro. Había colocado una mano sobre el féretro de palisandro y parecía mascullar algo, tal vez una plegaria.

Esperaron a que acabara. Cuando se volvió hacia ellos, Stone le dijo:

– Jonathan estaba en la flor de la vida. ¡Qué pena!

– ¿De qué lo conocía? -preguntó la mujer desde detrás de las gafas.

– Trabajaba con él en la biblioteca -intervino Caleb-. Era mi jefe. Lo echaremos de menos.

La mujer asintió:

– Sí.

– ¿Y de qué lo conocía usted? -preguntó Stone con naturalidad.

– Fue hace mucho tiempo -respondió, de forma imprecisa.

– Las amistades duraderas cada vez escasean más.

– Sí, es cierto. Perdón. -Se abrió paso entre ellos y comenzó a alejarse.

– Es raro que el forense no pudiera determinar la causa de la muerte -dijo Stone en voz alta para que lo oyera. El comentario tuvo el efecto deseado. La mujer se detuvo y se volvió.

– El periódico decía que murió de un ataque al corazón -dijo.

Caleb negó con la cabeza.

– Se murió porque el corazón se le paró, pero no de un ataque al corazón. Supongo que los periódicos dieron eso por sentado.

La mujer dio varios pasos hacia ellos.

– Me parece que no sé cómo se llaman.

– Caleb Shaw. Trabajo en la sala de lectura de Libros Raros de la Biblioteca del Congreso. Este es mi amigo…

Stone le tendió la mano.

– Sam Billings, encantado de conocerla. -Señaló a los otros dos miembros del Camel Club-. El tipo grande es Reuben y el otro Milton. ¿Y usted se llama…?

La mujer hizo caso omiso de la pregunta y se dirigió a Caleb:

– Si trabaja en la biblioteca, los libros le gustarán tanto como a Jonathan.

A Caleb se le iluminó el semblante al ver que la conversación versaba sobre su especialidad.

– Oh, desde luego. De hecho, Jonathan me nombró albacea literario en su testamento. Ahora mismo estoy haciendo un inventario de su colección; luego la tasarán y la venderé, y todo lo recaudado se destinará a obras benéficas.

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