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La Leyenda De La Séptima Virgen

Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:

El peligroso viaje de una virgen, hasta convertirse en mujer…
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
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La señora Holt solía contar sus horripilantes relatos sobre su vida con "aquel". Los Polore y los Trelance nos contaban cómo se estaba instalando el nuevo vicario, y que la señora Hemphill era una verdadera entremetida, sin duda alguna… andaba fisgoneando de un lado a otro. Tenía la nariz metida en la cocina antes de que se hubiese tenido tiempo de quitarle el polvo a una silla para que ella se sentara. Fue esa primera noche misma, en torno a la mesa de los criados, cuando me enteré de que Johnny estaba en la Universidad y no vendría al Abbas por unas semanas. Me sentí complacida. Su ausencia me daría la oportunidad de establecer mi situación en la casa.

* * *

Me había adaptado al ritmo de los días. Mi ama no era falta de bondad, ni mucho menos; a decir verdad, era generosa; durante esos primeros días me dio un vestido verde del cual se había cansado; mis obligaciones no eran arduas. Yo hallaba placer en peinarle el cabello, cuya textura era mucho más fina que la del mío; me interesaban sus ropas. Tenía largos períodos de libertad, en los cuales solía ir a la biblioteca, tomar un libro y pasarme horas en mi cuarto leyendo mientras esperaba a que ella hiciese sonar la campana llamándome.

La vida de Mellyora no era tan fácil. Lady Saint Larston había decidido hacer pleno uso de sus servicios. Debía leer para ella durante varias horas por día; debía masajearle la cabeza cuando ella sufría una jaqueca, lo cual era frecuente; debía ocuparse de la correspondencia de Lady Saint Larston, llevar mensajes en su nombre, acompañarla cuando iba de visita en su carruaje; a decir verdad, casi nunca estaba libre. Antes de terminar la primera semana, Lady Saint Larston decidió que Mellyora, que había cuidado a su padre enfermo, podía ser útil con Sir Justin. Por eso, cuando Mellyora no estaba a disposición de Lady Saint Larston, estaba en el cuarto del enfermo.

¡Pobre Mellyora! Pese a que comía en su habitación y ser tratada como si fuese casi una dama, su suerte era mucho más dura que la mía.

Era yo quien la visitaba en su cuarto. Tan pronto como mi ama salía —pues tenía la costumbre de ir a dar largos paseos a caballo, con frecuencia sola—, yo iba al cuarto de Mellyora, con la esperanza de encontrarla allí. Pocas veces podíamos estar mucho tiempo juntas antes de que sonara la campana y ella tuviera que dejarme. Entonces yo solía leer hasta que ella volvía.

—Mellyora, ¿cómo puedes soportar esto? —le dije un día.

—Y tú, ¿cómo puedes? —me preguntó ella a su vez.

—Para mí es diferente, nunca estuve habituada a tener mucho. Además, no tengo que trabajar tan duro como tú.

—Es inevitable —respondió ella filosóficamente.

La miré; sí, era satisfacción lo que yo veía en su rostro. Me extrañaba que ella, la hija del rectorado, que siempre se había salido con la suya, que había sido mimada y adorada, se introdujera fácilmente en esa vida de servidumbre. "Mellyora es una santa", pensé.

Me gustaba tenderme en su cama, mirándola mientras ella, sentada en una silla, esperaba lista para levantarse de un salto al primer tintineo de la campana.

Un atardecer le dije:

—¿Qué opinas de este lugar, Mellyora?

—¿Del Abbas? ¡Vaya, es una casa antigua maravillosa!

—¿No puedes evitar el que ella te entusiasme? —insistí.

—No. Tú tampoco, ¿verdad?

—¿Qué piensas cuando esa vieja trata de intimidarte?

—Procuro poner en blanco mi mente, y que no me importe.

—No creo que pudiera ocultar mis sentimientos como lo haces tú. Tengo suerte. Judith no es tan mala.

—Judith… —repitió lentamente Mellyora.

—Está bien: la esposa de Justin Saint Larston. Es una mujer extraña. Siempre parece sobreexcitada, como si la vida fuese terriblemente trágica… como si tuviese miedo… ¡Fíjate!, estoy hablando de esa manera jadeante, como lo hace ella.

—Justin no es feliz con ella —dijo Mellyora con lentitud.

—Colijo que es tan feliz como se puede ser con cualquiera.

—¿Qué sabes tú de eso?

—Sé que él es tan frío como… como un pez, y ella tan ardiente como un horno encendido.

—Dices disparates, Kerensa.

—¿Ah, sí? Los veo más que tú. No olvides que mi cuarto está junto al de ellos.

—¿Disputan?

—Él nunca disputaría, es demasiado frío. No le importa nada y a ella le importa… demasiado. Ella no me desagrada. Después de todo, si ella no le gustaba, ¿por qué se casó con ella?

—Calla. No sabes lo que dices. No comprendes.

—Sé, por supuesto, que él es un caballero antiguo, luminoso y resplandeciente. Siempre sentiste eso por él.

—Justin es un buen hombre. Tú no lo comprendes. He conocido a Justin toda mi vida…

De pronto se abrió la puerta del cuarto de Mellyora, y en el vano apareció Judith, con los ojos desencajados, las fosas nasales ensanchadas. Nos miró, a mí tendida en la cama y a Mellyora que se había levantado a medias de su silla.

—Oh… no pensaba… —dijo.

Me levanté de la cama y dije:

—¿Me necesitaba usted, señora?

La pasión se había extinguido en su rostro, donde vi entonces un inmenso alivio.

—¿Me buscaba usted? —insistí servicialmente. Ahora hubo un destello de gratitud.

—Oh, sí, Carlee. Yo… pues… pensé que estarías aquí. Me acerqué a la puerta; ella vaciló. —Quiero… quiero que esta noche vengas un poco antes. Cinco o diez minutos antes de las siete.

—Sí, señora —repuse.

Judith inclinó la cabeza y salió. Mellyora me miró con asombro.

—¿Qué quiso decir eso? —susurró.

—Creo saberlo —respondí—. Quedó sorprendida, ¿verdad? ¿Sabes por qué? Fue porque me encontró aquí cuando esperaba encontrar…

—¿A quién?

—A Justin.

—Debes de estar loca.

—Bueno, es una Derrise. ¿Recuerdas aquel día en que estuvimos en los páramos y me contaste la historia de ellos?

—Sí, lo recuerdo.

—Dijiste que había locura en la familia. Y bien, Judith está loca… loca por su marido. Por eso irrumpió aquí de esa manera. ¿No viste cuan complacida quedó al comprobar que estabas conmigo, no con él?

—Es una locura.

—En cierto modo.

—¡Quieres decir que ella tiene celos de mí y de Justin! —Tiene celos de cualquier mujer atractiva que entra en la visión de él.

Miré a Mellyora. No podía ocultarme la verdad. Estaba enamorada de Justin Saint Larston; siempre lo había estado.

Me sentí muy inquieta.

* * *

Ya no había cestas con comida para llevar a abuelita.

Bien podía imaginarme a la señora Rolt o a la señora Salt elevando sus voces escandalizadas si yo hubiese sugerido hacerlo. Pero todavía encontraba tiempo para visitarla de vez en cuando; y fue en una de esas ocasiones cuando me preguntó si, en el camino de regreso al Abbas, entregaría unas hierbas a Hetty Pengaster. Hetty las estaba esperando, y como yo sabía que era una de las mejores dientas de abuelita, accedí a ir.

Fue así como, una tarde calurosa, me encontré yendo desde la cabaña de abuelita hacia Larnston Barton, la finca de los Pengaster.

Viendo a Tom Pengaster que trabajaba en el campo, me pregunté si sería cierto— que estaba cortejando a Doll, como ésta había sugerido a Daisy. Sería un buen matrimonio para Doll. La Barton era una finca próspera, y algún día la heredaría Tom, no su hermano Reuben, que estaba "enredado por los duendes" y hacía tareas varias.

Pasé bajo los altos árboles donde anidaban las cornejas. Cada mayo, la matanza de cornejas en Larnston Barton era una verdadera ceremonia; y los pasteles de corneja, preparados por la señora Pengallon, que era cocinera en la finca Barton, eran considerados como un manjar. Siempre se enviaba al Abbas un pastel, que era benévolamente aceptado. La señora Salt lo había mencionado hacía poco: cómo ella lo había servido con crema cuajada, y cómo la señora Rolt había comido demasiado y sufrido en consecuencia.

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