Viaje a la luz del Cham
- Автор: Reg Rosa
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Viaje a la luz del Cham». Краткое содержание книги:
– ¿Esperarme a mí? Fuiste tú el que perdiste…
Me eché hacia atrás para no verme obligada a descifrar los misterios de la convivencia, volví la cabeza hacia la ventanilla y dejé que el viento se llevara sus palabras. Habíamos salido de la ciudad y corríamos por una carretera muy estrecha y concurrida que en dirección norte corría paralela al río y bordeaba el ancho valle en su parte oriental. La fertilidad de las tierras bajo el sol hería los ojos, los chopos despeinados por el viento se levantaban en larguísimas barreras junto a los canales escondidos bajo los lirios y los junquillos. Tras ellos, grandes extensiones de campos amarillos del sol de junio habían quedado desiertos por la fiesta y el trigo, en buena parte segado ya, yacía amontonado sobre los rastrojos. Más allá extensiones de girasoles levantaban como un ejército sus tallos duros y ufanos y sus corolas abiertas porque éste había sido un año de lluvias. En las aldeas algunas casas tenían pintada la ‘kaaba’ como señal de bienvenida a los que habían ido a La Meca y habían de volver esta semana. La carretera y los caminos estaban llenos de coches, de carros, de motos, camiones y camionetas y del trotecillo de las mulas: las familias iban a visitarse y se obsequiaban unos a otros con bebidas a la sombra de las higueras, junto a la ropa tendida y las pieles de cordero que seguían ondeando al sol y secándose en las azoteas. Al campo no habían llegado los fundamentalistas: las mujeres no iban veladas sino muy pintadas, todas vestidas con trajes largos de satén o damasco de colores vivos y tocados en la cabeza, y los hombres llevaban chilabas impolutas con la chaqueta encima y se cubrían con grandes turbantes de colores, o con el pañuelo a cuadros, el ‘kufie’.
En Damasco no había visto una sola moto. Al parecer estaban prohibidas debido a que alguien consideró que eran peligrosas. Aquí en cambio las había de todas las épocas y de todos los modelos. Nos seguían las motos adornadas como caballos enjaezados y las madres montadas en ellas nos mostraban orgullosas a los bebés que llevaban en brazos. Algunas motos llevaban familias enteras, padre, madre y cuatro hijos. Vi a un tipo conduciendo con una sola mano porque en la otra llevaba una niña en brazos.
Los que montaban las más grandes, las carenadas, zigzagueaban apabullando al tráfico con la cara envuelta en lienzos como los tuaregs del desierto, o los antiguos beduinos cabalgando en sus camellos.
Afamia.
Se dice que en los tiempos antiguos el faraón Tutmosis II venía a este valle y a estas tierras a cazar elefantes y que fue aquí donde mil años más tarde Aníbal enseñó a los sirios a utilizarlos con fines bélicos. Fue también aquí, en el extremo este del valle y sobre una pequeña cordillera, donde Seleucos I, lugarteniente de Alejandro Magno, fundó hacia el año 300 a.C. la ciudad de Afamia, que en la época romana llegó a tener más de 120.000 habitantes. Entre sus grandes glorias que conocen todos los vecinos figura la visita de Marco Antonio y Cleopatra a su vuelta de una campaña contra los armenios en el Éufrates. No quedan sino ruinas de aquella ciudad que incluso ha perdido su nombre glorioso. Hoy día Afamia se llama Qalat al Mudiq.
Las ruinas son en su mayor parte de la época griega y romana porque, poco antes de la invasión árabe, en el 636, la ciudad fue arrasada por los persas. En un monte cercano se mantienen aún en pie las fortificaciones de la época de los cruzados que dominan todo el valle, el río y los canales que desecaron los holandeses, los altos montes tras los cuales se extiende el llano y más allá el mar, y al frente sobre la cumbre de la montaña, los dos kilómetros de la columnata de Afamia del siglo II se destacan en la línea del horizonte como un desfile de hormigas.
Poco recuerdo de este primer viaje a Afamia. Adnán y Teresa, con una prisa de ningún modo justificada, me hicieron entrar en primer lugar en el edificio del museo, un antiguo y monumental ‘jan’, la posada árabe para hombres y animales, y casi a paso de marcha recorrer sus cuatro naves abovedadas.
Apenas tuve tiempo de sorprenderme por el aspecto escorado y asimétrico de la arquería, ni por las losas bizantinas del patio donde crecían las flores amarillas de la manzanilla olorosa. Ni menos enterarme de la historia del acueducto y de la princesa de Afamia que un guía estaba contando a una pareja de búlgaros.
– ¿Cómo sabes que son búlgaros?
– me preguntó Teresa.
– Son búlgaros que trabajan en una presa nueva del Éufrates, he oído que se lo contaban al guía -replicó Adnán-. Pero no nos entretengamos, vamos a llegar tarde.
– Sí, vamos a llegar tarde -repetía ella.
– Pero, ¿a dónde hemos de ir?
– preguntaba yo-. Dejadme que oiga la historia de la princesa de Afamia.
– No es más que un cuento -dijo Adnán-, el cuento de siempre. El cuento de la princesa que ofreció su mano a quien llevara agua a su palacio y a su ciudad.
– Y ¿quién se la llevó?
– El príncipe de Salamiye hizo construir el acueducto, llegó el agua a palacio y se casó con la princesa.
– En aquel momento, y más tarde también, para ser príncipe bastaba con tener varias docenas de ovejas -añadió Teresa que no tenía el día romántico.
Nos habíamos metido en el coche y estábamos subiendo la cuesta hacia las ruinas. Fue un paseo rápido por la columnata donde vuelan los vencejos y anidan las águilas bajo los capiteles, plagado el suelo de tiernas amapolas rojas y piedras milenarias que fueron una vez el templo de Baco. Tuve un instante para abandonarme a esa sensación de plenitud que provocan los grandes espacios abiertos, las cordilleras y el eco de los cantos en los valles profundos, cuando son escenario y continente de unas ruinas que mantienen incólume la armonía a través de los siglos y la destrucción.
Pero había que seguir, no podíamos detenernos, ni visitar la acrópolis, ni el gran teatro, ni el triclinios. Yo intentaba rezagarme pero no lo logré. Adnán, que iba más adelante discutiendo con Teresa, volvió sobre sus pasos y me tomó de la mano con ternura casi, como si yo estuviera demasiado cansada para continuar sola.
Soplaba un viento furibundo cuando nos metimos en el coche y lo último que vi de Afamia fue la columnata perdiéndose en el horizonte azul recortado en la última luz de la tarde.
Requisitos de viaje.
Para viajar de una ciudad a otra los sirios utilizan en su mayoría los autobuses regulares, y los taxis con destino y ruta fijos y los ‘hophops’ que no tienen horarios y salen cuando están llenos y son los más populares. Son pequeños autobuses que cruzan el país en todas direcciones y a todas horas, decorados con infinidad de cenefas, franjas, orlas y ribetes de todos los colores imaginables, salpicados de ramilletes, encajes, guirnaldas y florones en toda la superficie de la carrocería sin que se salven ni los parabrisas, ni los guardabarros, ni los parachoques, y a veces dejando una impronta dorada en el espejo retrovisor y en los faros de las luces. En el cristal delantero exhiben grandes colgajos que limitan hasta extremos increíbles la visibilidad del conductor y el interior está tan lleno de adornos como la tienda de un beduino.
Los hay a miles. En Siria apenas se utiliza el tren porque hay muchas líneas abandonadas o en reparación que, al eternizarse las obras, caen en el olvido como en el caso de la línea de Damasco a Beirut, y porque los trenes son en general lentísimos e incómodos.
Las grandes líneas que hasta mediados de este siglo cruzaban el país desde Turquía para dirigirse a La Meca tampoco funcionan, tal vez porque los peregrinos prefieren ahora viajar en avión, que ofrece precios módicos sobre todo en las grandes ocasiones.