Viaje a la luz del Cham
- Автор: Reg Rosa
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Viaje a la luz del Cham». Краткое содержание книги:
De tal modo que nunca se sabe si una vivienda está a medio hacer o a medio deshacer.
Cuando nos cruzamos con un cartel torcido por el viento que anunciaba en dirección norte “80 kilómetros a Damascus”, pensé: Setrak lleva 80 kilómetros comiendo pipas. Yo había dejado de hacerlo hacía rato en un esfuerzo de voluntad del que me sentía orgullosa.
Al salir de Maalula, Setrak había puesto entre los dos asientos una bolsa de papel llena de pistachos, garbanzos secos, pipas, almendras y cacahuetes, tan sabrosos y crujientes que era casi imposible resistírseles. Al verme comer durante los primeros kilómetros le había cambiado la cara; luego, cuando me detuve, insistió varias veces para que continuara, y al comprender que yo ya no iba a tomar más, recuperó la expresión huraña.
En Siria, y me parece que en todas partes, a los hombres les gusta ser protectores y amables con las mujeres pero se irritan si no les hacen caso. Y eso no quiere decir que todos tengan mujeres sumisas. Ni siquiera en Siria: hay mujeres casadas que son jefas de empresa, directoras de departamento y hasta investigadoras y ministras.
Pero comienza a ocurrir que algunos sirios se sienten tal vez un poco incómodos al ver que ellas van más deprisa en el camino de su propia autonomía que ellos en perder el lastre paternalista de los siglos.
Homs.
Llegamos a Homs, una ciudad industrial situada en un valle tan fértil que de pronto el suelo se había cubierto de verde intenso, pequeños riachuelos descendían por las laderas, y junto a la carretera corría repleto un canal. Antes de llegar a la ciudad se sucedieron en los populosos suburbios las casas con patios cubiertos de hiedra o pámpanos, los eternos primeros pisos sin acabar con sus hierros mirando al cielo que se utilizan para sostener la parra. En una plaza y sobre un elevado parterre lleno de caléndulas nos recibió un presidente en bronce de tamaño natural que levantaba las manos en un gesto de bienvenida.
Homs es una hermosa ciudad con amplias avenidas de plátanos bajo cuya sombra deambula la multitud.
Empujados sus habitantes, o su alcalde, por el ansia de modernización, han condenado a muerte la gran plaza del zoco: se van a derribar los edificios antiguos, se va a cruzar de avenidas y se van a construir rascacielos de hormigón para albergar a la población que no cesa de llegar del campo. En pocos años se convertirá en un barrio anodino, mugriento y descascarillado, como todos los que forman los cinturones de las ciudades populosas del mundo.
Desde Homs, Setrak tomó la autopista para ir a Crac de los Caballeros, un castillo de los cruzados reconstruido y que visitan los turistas. Me apetecía poco, pero nos cogía de camino y pensé que allí podríamos comer. Cuando le pedí que tomara la carretera, Setrak me miró mal.
– No hay carretera -dijo.
– ¿Cómo que no hay carretera?
– le dije mostrándole el mapa. Pero Setrak miró el mapa con displicencia. Conocía el país como la palma de la mano, dijo, porque llevaba más de treinta años recorriéndolo, no sólo desde que compró ese coche de color crema, sino mucho antes, con las primeras prospecciones de petróleo, luego con los ingenieros rusos que construyeron la presa del Éufrates y ahora con los representantes de todas las multinacionales. Para demostrármelo sacó de la guantera un álbum enfundado en plástico que contenía las tarjetas de las personas a las que había acompañado. Insistí en lo de la carretera pero no se dejó convencer. Dijo:
– ¿No querías comer en Crac?
Pues vamos a comer a Crac.
Para hacerme obedecer habría tenido que violentarme, así que como la autopista corría un poco alta por un valle tapizado de verde, con toda probabilidad uno de esos valles bíblicos donde mana leche y miel, no insistí y él sonrió satisfecho, no sé si por haberse salido con la suya o por haber logrado engañarme.
El paisaje cambiaba. Habíamos dejado la carretera que se dirige al norte para tomar la ortogonal hacia el oeste, hacia el mar, por un valle frondoso y exuberante: teníamos a la izquierda las estribaciones longitudinales de los montes del Líbano y de la cordillera del Antilíbano con sus picos de dos mil y hasta tres mil metros, que mantenían algunos ventisqueros blancos en las cumbres entre las que se abría un valle estrecho y profundo donde el Orontes se deslizaba hacia el norte; a la derecha las primeras colinas de la cordillera As Sahiliye, que se levanta a poco más de mil cuatrocientos metros a lo largo de la costa hasta llegar a Turquía, y al frente, no visible aún pero a menos de cuarenta kilómetros, el Mediterráneo que no había visto aún desde mi llegada. La hierba cubría las lomas casi hasta la cumbre, masas de abetos daban al paisaje la calma y la seguridad de los espacios fértiles y sin embargo seguía teniendo ese aspecto de desorden tan caro a los árabes, con las construcciones a medio hacer, las calles de los pueblos y aldeas sin acabar, descampados mezclados con vergeles, piedras y pedruscos tapizando los prados, monumentos en todo lugar y por cualquier motivo con sus banderas como nuestros cámpings, y plásticos, plásticos por todas partes volando sobre los campos, tapizando los caminos, encharcando los arroyos, temblando prendidos en las cercas y las alambradas que les habían detenido.
El Crac de los Caballeros.
Cerca ya de Tel Kalay se divisa en lo alto de la cordillera la silueta de una fortaleza impresionante. Nos internamos entonces en un valle que asciende serpenteando entre pueblos más prósperos, aunque el paisaje urbano y rural no cambia. La gente seguía en la calle, los niños se jugaban la vida ante el coche y a veces teníamos que detenernos porque una vaca se negaba a moverse. Chopos, nogales, frutales en flor, las alfombras en el balcón en una eterna limpieza a la que no importan las basuras desperdigadas en la calle fangosa.
Cantaban los pájaros en las frondosidades verdes de los montes mientras seguíamos ascendiendo, atravesando pueblos y riachuelos y molinos de viento con aspas de metal, como los que todavía se encuentran descascarillados en España, apenas una ruina que aparece de pronto en el paisaje. Y me preguntaba si un día nosotros volveríamos también a ellos para ahorrar energía, como los sirios van haciendo, porque pasamos a continuación por una fábrica de herramientas que produce energía solar para sí misma y para suministrar la necesaria a los pueblos adyacentes. Más casas a medio hacer en espera del hijo o el hermano o el marido que ha de volver con el ansiado dinero para el segundo piso, casas entre viñas, naranjos, olivos, cerezos, adelfas, granados, higueras y ropa tendida y gallinas por los prados y más calles sin asfaltar. Iglesias, pocas mezquitas ahora, con cúpulas sobre columnas y campanarios que dejaban ver las campanas al trasluz. Y como en todo el mundo las mujeres, dobladas sobre la tierra trabajando en el campo, mientras los hombres tomaban té y hablaban con los amigos en la puerta de la casa. Setrak dijo que los hombres han de descansar para poder hacerles hijos a las mujeres, no menos de diez o doce, añadió, y sonrió mirándome por el rabillo del ojo con tal picardía que se le cambió por completo la expresión de la cara.
– ¿Para qué tantos? -pregunté para desviar la intención.
– En la ciudad no hace falta tener hijos -respondió-, pero en el campo los hijos son manos para trabajar.
– ¿Los hijos o las hijas?
Setrak devolvió su rostro al entrecejo habitual consciente de que había resbalado y estaba hablando por boca de sus abuelos. Yo miraba a los muchachos que ya desde jóvenes, desde niños casi, aprenden a sacar el taburete y la mesa a la puerta de la casa, bajo la parra, para charlar y comer pipas y pistachos y tomar el té con los amigos, como sus padres. Las chicas, en grupos, iban y venían del campo con bultos y cestas en la cadera o en la cabeza, o se doblaban sobre las lechugas que luego colocarían en cestas y cargarían en el carro para que fueran ellos los que las llevasen al mercado, las vendiesen y guardasen y administrasen a su conveniencia el dinero ganado.