Viaje a la luz del Cham
- Автор: Reg Rosa
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Viaje a la luz del Cham». Краткое содержание книги:
– ¿Habla usted alemán? -me preguntó el monje-. Si quiere después se lo repito en francés.
– Sé alemán -respondí, aunque mi conocimiento se limita a unas pocas palabras, porque detesto las visitas guiadas en grupo.
– Nosotros somos griegos porque somos orientales -repitió entonces en francés contra toda lógica-, somos católicos porque creemos en el papa y somos merquitas porque celebramos la misa en árabe.
Dejé de escuchar porque había vuelto al alemán y me concentré en los iconos y los arcaicos altares de la iglesia que conservan la losa vaciada de las antiguas mesas paganas para el sacrificio de los animales. Recorrimos naves excavadas en la roca y aposentos de la comunidad y llegamos al último espacio de la visita, la tienda donde se venden cintas con una oración en la lengua de Jesús, reproducciones de los iconos, estampas, platos y hasta cucharillas con la efigie de san Sergio. Dejé a los alemanes comprando sus recuerdos, salí del monasterio y me fui en busca del camino que, según una antigua tradición, abrió el Altísimo entre las rocas para que santa Tecla pudiera escapar de sus paganos padres que al parecer la perseguían con saña, modificando, igual que la cantera, el perfil de la cordillera y del paisaje. El pueblo está formado por casas colgadas en la montaña, con sus callejas sobre las azoteas de las inferiores, y los caminos que corren entre ellas se deshacen en escaleras que a su vez se encaraman en otras azoteas, pintadas todas de azules pálidos, azules de añil, el mismo azul de las ventanas de tantas casas del Mediterráneo, el azul que ahuyenta a los malos espíritus y a los mosquitos. Pero también aquí ha llegado la fiebre de la modernización y de los apartamentos con terraza, y las casas remodeladas ya no están pintadas sino encaladas. Me detuve a media ladera y entre las rendijas de las altísimas rocas que el Altísimo separó, vi la inmensidad del horizonte cruzada por las carreteras del llano donde rompen el silencio las pequeñas motos sin silenciador de los nuevos beduinos que las recorren con la cabeza envuelta en el ‘kufie’ a cuadros y las rodillas a la altura de las manos. El paisaje grandioso tiene el aire desordenado que dan las piedras y pedruscos esparcidos por doquier y los plásticos que ya invaden el país, igual que las playas del cabo de Creus y del resto del Mediterráneo, planean indestructibles por el llano, como alas de aves siniestras, hasta que los detienen alambradas o cercas donde seguirán debatiéndose para siempre prisioneros bajo el sol de este Levante que en menos de veinticinco años se habrá cubierto de una capa de plástico.
¿Qué habría ocurrido si los cascos de soldado de las legiones romanas, y de los ejércitos cartagineses, godos, árabes, mongoles, napoleónicos, y sus indumentarias y sus carros, no hubieran sido de materias capaces de refundirse y deshacerse para formar parte del mundo que nos encontramos al nacer?
¿En cuántos se habrían convertido los pocos que la historia ha preservado para que las generaciones futuras los admirasen en los museos locales? ¿Dónde se guardarán las toneladas de desechos fabricados con sustancias indestructibles?
¿Dónde se vierten ahora?
El convento de Santa Tecla, al que llegué después de atravesar todo el pueblo de arriba abajo, es una copia de chalet suizo con sus techos de pizarra y sus infinitas riquezas, y parece reproducir la misma historia de devoción y fanatismo que envuelve a la sobrina del profeta pero sin apenas fieles y mucho más comercio. De todo había para que vendieran esas monjas vestidas con hábito negro y toca blanca, más cubiertas aún que las mujeres integristas, mientras me contaban que santa Tecla fue una protomártir y tiene por tanto categoría de apóstol.
Setrak me esperaba junto al convento y continuamos el viaje.
El ejército.
En Siria el ejército y sus instalaciones están siempre presentes, aunque sea desde lejos, porque no está permitido acercarse ni detenerse cerca de los cuarteles y campamentos que lindan con los poblados, o con el páramo del que apenas se distinguirían -ocres como la tierra las construcciones y las tiendas, y verdes los camiones como el verde sombrío de los cipreses de no ser por el gran arco de la entrada en cuyo cenit sonríe la efigie del presidente Al Assad.
El mismo arco, aunque más sobrio y menos festivo que el que se levanta a la entrada de todos los pueblos y ciudades.
Habíamos llegado a un punto donde el viento que se filtraba por una rendija entre las montañas del Antilíbano había dejado los árboles escorados.
De pronto aparecieron por el norte cinco helicópteros militares volando tan a ras de tierra que se podía ver la cara de los pilotos.
Al coger la máquina para hacerles una fotografía, Setrak me detuvo con mano firme mientras chillaba:
– ¡No! ¡No!, es el ‘muyabarat’, ‘c.est le deuxiéme bureau [1]‘ -y estaba asustado.
Entendí que me estaba hablando de la policía secreta. Aunque no parece tan secreta, le dije.
– Podríamos tener problemas -respondió en el tono del que no quiere hablar de todo lo que sabe.
Y cuando insistí para que me contara más, miró a lo lejos como si no me oyera y no respondió.
No sé si los helicópteros eran o no de la policía secreta, lo que sí supe más tarde por informaciones y cifras de Amnistía Internacional es que hay en Siria tres clases de ‘muyabarat’: el general, el militar y el de las fuerzas aéreas; hay además ‘Al Amn al Siyasi’, las fuerzas de seguridad política, y la oficina de seguridad nacional que depende del Consejo Presidencial, sin contar con las Brigadas para la defensa de la Revolución compuestas de unos veinte mil hombres y las unidades especiales de información de paracaidistas y comandos.
Y seguimos. Yo tenía sueño, hacía calor y la noche anterior había dormido poco preparando el viaje con Teresa y Adnán y creo que había abusado de ese vino tinto espeso, sabroso y peleón que debían de haberse traído de las profundidades de Aragón. Y pensé que quizá encontraría un lugar donde echarme una siesta, pero fue imposible. Apenas hay carreteras transversales y cuando las hay no son más que desviaciones que mueren en las aldeas o los pueblos próximos, sin un árbol, sin una sombra.
En esa zona todas las casas tienen jardín o huerto, pero fuera de la propiedad no hay más que sembrado o desierto, nunca árboles a no ser las plantaciones o las zonas de repoblación forestal que el gobierno mantiene cercadas. Los habitantes son en su mayoría cristianos, y las casas ya no tienen azotea como las árabes sino cubiertas a dos aguas de teja roja, como el monasterio de Santa Tecla, que les da el aspecto de chalecitos sin acabar a los que se han incorporado los altos arcos de la arquitectura monumental árabe.
Es característico de este país, que está sumido en una profunda transformación como la de España en los años sesenta, la proliferación de obras. Por todas partes se construyen nuevas casas en un alarde de entusiasmo por el progreso que llega, aunque no pueda hablarse cabalmente de ‘boom’. Muchas de ellas están inacabadas -ojos vacíos de los huecos de las ventanas-, y la mayoría desiertas. Sus propietarios están trabajando en Arabia Saudí o Kuwait o cualquier país del Golfo, o en Argentina y el Brasil. Vienen cuando tienen el dinero suficiente para continuar la casa, y vuelven a irse. Son construcciones baratas que se levantan con hiladas de grandes ladrillos, o a veces bloques de hormigón, y los larguísimos hierros de los pilares mirando al cielo, que dejan al aire por si llega el día de levantar un segundo piso, crean un paisaje inusitado, un bosque de hierros mezclados con las antenas de televisión, que se extiende sobre las casas en los arrabales de los pueblos y de las ciudades. E igual que los indianos en nuestras latitudes, las viviendas de los más ricos son rocambolescas, espectaculares, de altísimos arcos adornados con floreadas cornisas y cenefas de yeso y cúpulas y alminares, o imitando el estilo europeo, dicen, con grandes ventanales enrejados, lo que no impide que la dejen también por acabar. Y la construcción es de tan escasa calidad y se hace con tanto empeño y tan poco conocimiento, que cuando vuelven del Golfo los que fueron en busca de dinero, ya está deteriorada la mampostería, el encofrado o las cornisas que dejaron acabados el año anterior.
[1] La policía secreta