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Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:

En esta maravillosa novela escuchamos las confesiones de Sayuri, una de las más hermosas geishas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos occidentales. De la mano de Sayuri entraremos un mundo secreto dominando por las pasiones y sostenido por las apariencias, donde sensualidad y belleza no pueden separarse de la degradación y el sometimiento: un mundo en el que las jóvenes aspirantes a geishas son duramente adiestradas en el arte de la seducción, en el que su virginidad se venderá al mejor postor y donde tendrán que convencerse de que, para ellas, el amor no es más que un espejismo. Apasionante y sorprendente, Memorias de una geisha ha batido récords de permanencia en las listas de superventas de todo el mundo y conquistado a lectores en más de veintiséis idiomas. Su publicación en Suma coincide con el estreno en España de la superproducción basada en esta novela.
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El apartamento de Mameha no era grande, pero era extremadamente elegante, con hermosos tatamis, obviamente nuevos, pues conservaban todavía el precioso brillo amarillo verdoso y el olor de la paja fresca. Si alguna vez te has fijado en un tatami, habrás visto que el borde está rematado con una tira de tela, que por lo general suele ser algodón o lino oscuro; pero estos estaban rematados con una tira de seda estampada en verde y dorado. No muy lejos, en la alcoba, había colgado un pergamino escrito con una hermosa caligrafía, que resultó ser un regalo que el famoso calígrafo Matsudaira Koichi le había hecho a Mameha. Bajo éste, en el zócalo de madera de la alcoba, había unas ramas de cornejo en flor dispuestas sobre un plato de forma irregular de un negro brillante craquelado. Lo encontré muy original, pero en realidad se lo había regalado a Mameha ni más ni menos que el gran ceramista Yoshida Sakuhei, el maestro sin igual de la cerámica setoguro, que en los años que siguieron la II Guerra Mundial se convirtió en un Tesoro Nacional en Carne y Hueso.

Por fin Mameha salió del cuarto interior exquisitamente vestida con un kimono color crema estampado de aguas en el bajo. Me levanté, me volví hacia ella e hice una profunda reverencia sobre los tatamis, mientras ella se dirigía a la mesa. Cuando llegó, se puso de rodillas frente a mí, bebió un sorbo del té que la doncella le trajo y me dijo:

– A ver… Chiyo, ¿no? ¿Por qué no me cuentas cómo te las has apañado para salir de tu okiya esta tarde? Estoy segura de que a la Señora Nitta no le gusta que sus criadas anden por ahí dedicadas a sus asuntos en medio del día.

No había esperado que me hiciera una pregunta de este tipo. No se me ocurría qué decir, aunque sabía que sería grosero no responder. Mameha se limitó a dar unos sorbitos a su té y me miró con una expresión benévola en su perfecta cara oval. Por fin dijo:

– Crees que te he llamado para regañarte. Pero sólo me interesa saber si te has metido en algún lío por venir aquí -me sentí aliviada al oír estas palabras.

– No señora -contesté-. Se supone que he salido a buscar revistas de Kabuki y cuerdas de shamisen.

– ¡Oh, bien, bien! Tengo mucho de eso -dijo, y luego llamó a la doncella y le dijo que las trajera y las pusiera en la mesa delante de mí-. Cuando vuelvas a la okiya, llévatelas, y así nadie se preguntará dónde has estado. Ahora, dime. Cuando fui a dar el pésame a tu okiya, vi a otra chica de tu edad.

– Debía de ser Calabaza. ¿Con la cara muy regordeta?

Mameha me preguntó por qué la llamaba Calabaza, y cuando se lo expliqué soltó una carcajada.

– ¿Y cómo se llevan esa Calabaza y Hatsumono?

– Bien, señora -contesté yo-. Supongo que Hatsumono no le presta más atención de la que le prestaría a una hoja que revoloteara por el patio.

– ¡Qué poético… una hoja revoloteando por el patio! ¿Y a ti también te trata así?

Abrí la boca para hablar, pero la verdad es que no sabía qué decir. Sabía muy poco de Mameha, y me pareció impropio hablar mal de Hatsumono con alguien ajeno a nuestra okiya. Mameha pareció leer mis pensamientos, pues me dijo:

– No tienes que contestar. Sé perfectamente cómo te trata Hatsumono: más o menos como una serpiente a su siguiente presa, diría yo.

– ¿Y quién se lo ha dicho, señora, si me permite preguntárselo?

– Nadie me lo ha dicho -respondió ella-. Hatsumono y yo nos conocemos desde que yo tenía seis años y ella nueve. Cuando has visto a alguien portarse mal durante tanto tiempo, saber cuál será su siguiente fechoría no tiene mucho secreto.

– No sé qué he hecho para que me odie como me odia -dije.

– Hatsumono no es más difícil de entender que un gato. Un gato es feliz mientras está tumbado al sol sin otros gatos a su alrededor. Pero si pensara que alguien está rondando junto a su plato de comida… ¿Te ha contado alguien la historia de cómo Hatsumono echó de Gion a la joven Hatsuoki?

Le dije que nadie me lo había contado.

– Qué chica tan atractiva era Hatsuoki -empezó Mameha-. Y una buena amiga, también. Ella y Hatsumono eran hermanas. Es decir, habían sido enseñadas por la misma geisha, en su caso la gran Tomihatsu, que por entonces ya era casi una anciana. A tu Hatsumono nunca le gustó la joven Hatsuoki, y cuando las dos estaban aprendiendo, no soportaba tenerla de rival. Así que empezó a difundir el rumor por todo Gion de que Hatsuoki había sido sorprendida una noche en la vía pública en una actitud impropia con un policía. Por supuesto no había ninguna verdad en ello. Nadie la habría creído si hubiera ido ella misma contando la historia por todo Gion. Todos sabían los celos que Hatsumono tenía de Hatsuoki. Conque hizo lo siguiente: siempre que se encontraba con alguien muy borracho -una geisha, o una doncella o incluso un hombre de visita en Gion, no importaba- le susurraba la historia aquella que se había inventado sobre Hatsuoki, de tal forma que al día siguiente la persona que la había oído no recordaba que Hatsumono había sido la fuente. La reputación de la pobre Hatsuoki no tardó en quedar peligrosamente dañada; y Hatsumono no encontró ninguna dificultad para poner en práctica unas cuantas de sus triquiñuelas y echarla.

Sentí un extraño alivio al enterarme de que alguien más aparte de mí había sido monstruosamente tratado por Hatsumono.

– No soporta tener rivales -continuó diciendo Mameha-. Por eso te trata así.

– No creo que Hatsumono me vea como una rival, señora -dije-. Soy tanto su rival como un charco lo es del océano.

– Tal vez no en las casas de té de Gion. Pero en tu okiya… ¿No encuentras raro que la Señora Nitta no haya adoptado a Hatsumono? La okiya Nitta debe de ser la okiya sin heredera más rica de Gion. Adoptándola, la señora Nitta no sólo solucionaría ese problema, sino que también todas las ganancias de Hatsumono quedarían en la okiya, sin que hubiera que pagarle a ella un solo sen. ¡Y Hatsumono es una geisha célebre! Se diría que si la Señora Nitta, a quien le gusta el dinero tanto como a todos, no la ha adoptado hace tiempo es que tendrá sus buenas razones para no hacerlo, ¿no crees?

Nunca había pensado en nada de esto, pero después de escuchar a Mameha, estaba segura de que sabía exactamente la razón.

– Adoptar a Hatsumono -dije yo-, sería como abrirle la puerta de la jaula al tigre.

– Ciertamente; eso sería. Estoy segura de que la Señora Nitta sabe exactamente qué tipo de hija adoptiva sería Hatsumono; del tipo que encuentra la manera de echar a su madre. En cualquier caso, Hatsumono no tiene más paciencia que un niño. No creo siquiera que fuera capaz de mantener un grillo vivo en una jaula de mimbre. Tras un año o dos, probablemente vendería la colección de kimonos de la okiya y se retiraría. Esa es la razón por la que Hatsumono te odia tanto. Pues la otra chica, Calabaza… no creo que le preocupe mucho; no es muy probable que la Señora Nitta quiera adoptarla.

– Mameha-san -dije-, estoy segura de que recuerda aquel kimono suyo que quedó destrozado…

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