Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
Cuando abrí los ojos, se seguía oyendo el tráfico de la Avenida Higashi-Oji. Los árboles silbaron agitados por una ráfaga de viento, como lo habían hecho un momento antes. Nada había cambiado. En cuanto a si los dioses me habían oído, no tenía modo de saberlo. Lo único que podía hacer era meterme el pañuelo del hombre entre los pliegues de mi vestido y llevármelo a la okiya.
Capítulo diez
Una mañana, bastantes meses después, cuando estábamos guardando las enaguas ro -las ligeras de gasa de seda para la estación cálida- y sacando las hitoe -las de entretiempo, que van sin forrar-, me llegó de pronto un hedor tan horrible al cruzar el vestíbulo que tiré al suelo el montón de ropa que llevaba entre los brazos. El olor procedía del cuarto de la Abuela. Corrí escaleras arriba a buscar a la Tía, porque enseguida me di cuenta de que tenía que haber pasado algo terrible. La Tía bajó las escaleras lo más rápido que le permitía su cojera y cuando entró en el cuarto de la Abuela la encontró muerta en el suelo. Había muerto de la forma más extraña que se pueda imaginar.
La Abuela tenía la única estufa eléctrica de la okiya. La usaba todas las noches, salvo en verano. Ya había empezado septiembre, por eso estábamos guardando la ropa ligera de verano, y la Abuela había empezado a usar la estufa de nuevo. Esto no quiere decir que el tiempo fuera necesariamente frío; cambiábamos de una ropa a otra conforme al calendario, no a la temperatura que hacía fuera, y la Abuela utilizaba su estufa del mismo modo. Estaba muy apegada a ella, probablemente porque había pasado muchas noches en su vida muerta de frío.
Todas las mañanas, la Abuela desenchufaba la estufa y le enrollaba el cable alrededor antes de retirarla a una esquina del cuarto. Con el tiempo, el metal caliente terminó quemando la camisa del cable, de modo que éste entró en contacto con el metal, y el aparato entero se electrificó. La policía dijo que cuando la Abuela fue a tocar la estufa aquella mañana debió de quedarse paralizada al momento, incluso es posible que muriera directamente. Al caer al suelo, su cara quedó atrapada en la superficie de metal caliente. De ahí aquel olor espantoso. Por suerte, no la vi muerta, salvo las piernas que estaban a la vista desde la puerta y parecían unas ramas de árbol muy finas envueltas en seda arrugada.
Las dos semanas siguientes a la muerte de la Abuela tuvimos un trajín inimaginable, no sólo para limpiar la casa a fondo -en la religión shinto, la muerte es lo más impuro que puede suceder-, sino también disponiendo las velas, las bandejas de comida, los farolillos a la entrada, las mesitas del té, las bandejas para el dinero que traían los visitantes, y todas esas cosas. Estuvimos tan ocupadas que una noche la cocinera cayó enferma y tuvieron que llamar al médico; resultó que el único problema era que la noche anterior no había dormido más de dos horas, no se había sentado en todo el día y había tomado un tazón de sopa por toda comida. Me sorprendió ver a Mamita gastar dinero casi sin contención -encargando que se cantaran sufras en nombre de la Abuela en el Templo de Gion, comprando arreglos de capullos de loto en las pompas fúnebres, y todo ello en plena Depresión-. Al principio me preguntaba si su forma de actuar era una especie de demostración del cariño que sentía por la Abuela; pero más tarde me di cuenta de lo que significaba en realidad: prácticamente todo Gion pasaría por nuestra okiya, a fin de presentar a la Abuela sus últimos respetos, y asistiría a la ceremonia fúnebre que tendría lugar una semana después en el templo. Mamita tenía que ofrecer el espectáculo que todos esperaban.
Durante unos días realmente todo Gion pasó por nuestra okiya, o eso pareció; y tuvimos que ofrecerles té y dulces a todos. Mamita y la Tía recibieron a las dueñas de varias casas de té y okiyas, y a cierto número de criadas que habían conocido a la Abuela, así como tenderos, peluqueros y fabricantes de pelucas, la mayoría de los cuales eran hombres; y, por supuesto, a docenas y docenas de geishas. Las geishas de más edad conocían a la Abuela de sus días de geisha, pero las más jóvenes no habían oído ni siquiera hablar de ella; venían por respeto a Mamita, o, en algunos casos, porque tenían algún tipo de relación con Hatsumono.
Mi tarea durante esos agitados días consistía en hacer pasar a las visitas a la sala, en donde Mamita y la Tía las esperaban. Era una distancia de sólo unos cuantos escalones; pero las visitas no se hubieran atrevido a entrar solas, y además tenía que localizar a qué cara correspondía cada par de zapatos, pues mi tarea era llevarlos a la casita de las criadas para que no entorpecieran en la entrada, y luego devolvérselos en el momento adecuado, cuando se iban. Al principio lo pasé fatal. No podía mirar fijamente a los ojos de las visitas sin parecer grosera, pero un simple vistazo a su cara no me bastaba para recordarla. Enseguida aprendí a fijarme en el kimono que llevaban.
Hacia la segunda o tercera tarde se abrió la puerta y entró un kimono que me sorprendió y me pareció el más hermoso de los que había visto a cualquiera de las visitas. Era oscuro, como correspondía a la ocasión: un sencillo vestido negro con una cenefa en el bajo, pero el estampado de ésta, de hierbas verdes y doradas era tan suntuoso que de pronto me encontré imaginando lo sorprendidas que se quedarían las mujeres y las hijas de los pescadores de Yoroido al ver una cosa así. Una doncella acompañaba a nuestra visitante, lo que me hizo pensar que tal vez era la dueña de una casa de té o de una okiya, pues muy pocas geishas se podían permitir este gasto. Yo aproveché que ella se detuvo a mirar el pequeño altar shinto de nuestro portal para mirar a hurtadillas su cara. Era un óvalo tan perfecto que enseguida se me vino a la cabeza un pergamino que había en el cuarto de la Tía con un dibujo a tinta de una cortesana del periodo Heian, es decir, de hace mil años. No era una mujer tan llamativa como Hatsumono, pero sus rasgos eran tan perfectos que no tardé en empezar a sentirme aún más insignificante de lo normal. Y entonces, de pronto, me di cuenta de quién era aquella mujer.
Mameha, la geisha cuyo kimono me había obligado a estropear Hatsumono.
Lo que le había sucedido a su kimono no era realmente culpa mía; pero con todo habría dado el vestido que llevaba por no tropezarme con ella. Bajé la cabeza, para ocultar la cara, mientras las hacía pasar a ella y a su doncella a la sala. No creía que fuera a reconocerme, pues estaba segura de que no me había visto la cara cuando fui a devolver el kimono; y aunque me la hubiera visto, habían pasado dos años desde entonces. La doncella que la acompañaba no era la misma joven a la que se le habían llenado los ojos de lágrimas al entregarle yo el kimono. Aun así sentí un gran alivio cuando tras una reverencia las dejé en la sala.
Veinte minutos después, cuando Mameha y su doncella dieron por terminada la visita, fui a buscarles los zapatos y los dispuse en el escalón de la entrada, sin levantar la cabeza y sintiéndome exactamente igual de nerviosa que antes. Cuando la doncella abrió la puerta, tuve la sensación de que mi suplicio había llegado a su fin. Pero en lugar de salir, Mameha se quedó allí parada. Empecé a preocuparme; y con los nervios, debió de romperse la comunicación entre mis ojos y mi cabeza, porque, aunque sabía que no debía hacerlo, levanté la vista. Me quedé espantada al comprobar que Mameha me estaba observando fijamente.