Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
– ¿Intentas decirme que es perder el tiempo quedarnos aquí e intentar ayudarla? -dijo el Señor Presidente.
– ¡Oh, no, no! -respondió la geisha-. Lo que quería decir es que no tenemos mucho tiempo. Tal vez ya nos estemos perdiendo el primer acto.
– Vamos a ver, Izuko-san. Lo más seguro es que en algún momento tú también te hayas encontrado en el mismo estado de esta pequeña. No puedes hacernos creer que la vida de una geisha siempre es fácil. Pensaría que precisamente tú…
– ¿Que haya estado yo nunca en el mismo estado que está ella ahora? ¿Quiere usted decir, Señor Presidente…, dando el espectáculo?
Al oír esto el Señor Presidente se volvió hacia los dos hombres jóvenes y les pidió que fueran yendo con Izuko hacia el teatro. Ellos hicieron una pequeña inclinación de cabeza y continuaron su camino, y el Señor Presidente se quedó atrás. Me miró durante un buen rato, aunque yo no me atreví a mirarlo a él. Finalmente dije:
– Por favor, Señor, lo que ella dice es cierto. Soy una chica estúpida… Por favor no se retrase por mi culpa.
– Ponte en pie -me dijo.
No me atreví a desobedecerle, aunque no sabía qué quería de mí. Resultó que se limitó a sacarse un pañuelo del bolsillo y me sacudió los granos de tierra que se me habían quedado pegados a la cara al levantarla del murete. Estaba tan cerca de mí que me llegó el olor a talco de su piel, lo que me hizo recordar el día en que el sobrino del Emperador Taisho había venido de visita a nuestra aldea. El sobrino del Emperador, vestido con un traje occidental, el primero que yo veía en mi vida -porque aunque se suponía que no podíamos mirarlo, yo lo observé por el rabillo del ojo-, no había hecho más que bajarse del coche, asomarse a la ensenada y volver al coche, saludando al pueblo que se había arrodillado a su paso. También recuerdo que llevaba un bigote cuidadosamente recortado; a diferencia de los hombres del pueblo, a quienes les crecía la barba o el bigote con el mismo descuido que las malas hierbas en un camino. Nadie de importancia había visitado hasta entonces nuestro pueblo. Creo que todos sentimos que se nos había contagiado un poco de su nobleza y su grandeza.
En la vida nos topamos de vez en cuando con cosas que no entendemos porque nunca hemos visto nada semejante. El sobrino del Emperador me impresionó de esa forma; y lo mismo hizo el Presidente. Después de limpiarme los granitos de tierra y las lágrimas, me levantó la cara, inclinándola ligeramente hacia atrás.
– Mírala… una chica tan guapa sin nada de lo que avergonzarse -dijo-. Y, sin embargo, te da miedo mirarme. Alguien ha debido de ser muy cruel contigo… o tal vez, la vida te ha sido cruel.
– No sé, Señor -respondí yo, aunque, claro está, lo sabía perfectamente.
– Ninguno de nosotros encuentra en este mundo todo el cariño que deberíamos -afirmó, y entrecerró los ojos un momento, como diciéndome que debería pensar seriamente en la afirmación que acababa de hacer.
Yo deseaba sobre todas las cosas volver a ver la suave piel de su rostro, con su ancha frente y sus párpados, que parecían escudos de mármol sobre sus bondadosos ojos; pero entre nosotros se interponía el inmenso abismo de nuestra posición social. Finalmente levanté la vista, aunque me ruboricé y miré hacia otro lado tan rápidamente que lo más seguro es que él nunca se diera cuenta de que nuestras miradas se habían cruzado. Pero ¿cómo describir lo que vi en ese instante? Aquel hombre me estaba mirando como un músico podría mirar a su instrumento justo antes de ponerse a tocar, con conocimiento y maestría. Sentí que podía ver dentro de mí, como si yo fuera una parte de él. ¡Cómo me habría gustado ser su instrumento!
Un momento después se echó la mano al bolsillo y sacó algo.
– ¿Qué te gusta más, la ciruela o la cereza? -dijo.
– ¿Cómo, Señor? ¿Quiere decir… para comer?
– Hace un momento pasé por un puesto en el que vendían helados cubiertos de sirope. Nunca los probé hasta que fui mayor, pero seguro que me habrían encantado de niño. Toma esta moneda y cómprate uno. Toma también mi pañuelo, para limpiarte la cara después -dijo. Y tras ello, apretó la moneda en el centro del pañuelo, lo ató y me lo entregó.
Desde el momento en que el Presidente me dijo la primera palabra, olvidé que estaba buscando un signo sobre mi futuro. Pero cuando vi en su mano el pañuelo con la moneda dentro, se parecía tanto al pequeño sudario de la mariposa, que supe que por fin había encontrado el signo que buscaba. Tomé el atadijo y, haciéndole una profunda reverencia, intenté explicarle lo agradecida que me sentía, aunque estoy segura de que mis palabras no le transmitieron plenamente mis sentimientos. No le estaba dando las gracias por la moneda, ni tampoco por la molestia que se había tomado al detenerse a ayudarme. Le estaba dando las gracias por… bueno, por algo que no estoy segura de poder explicar ni tan siquiera ahora. Por mostrarme que en el mundo se puede encontrar algo más que crueldad, supongo.
Lo vi alejarse con el corazón encogido, aunque era un tipo de encogimiento agradable, si es que puede haber algo así. Lo que quiero decir es que si una noche lo has pasado mejor que nunca en tu vida, te apena que se acabe; pero eso no quita para que te sientas contento y agradecido de que haya sucedido. En aquel breve encuentro con el Presidente, había dejado de ser una niña perdida, con una vida vacía ante ella, para convertirme en una niña con una meta en su vida. Tal vez parezca extraño que un encuentro casual en la calle pueda producir semejante cambio. Pero a veces la vida es así, ¿no? Y estoy convencida de que si tú hubieras estado allí y hubieras visto lo que vi yo y sentido lo que yo sentí, te habría sucedido lo mismo.
Cuando el Presidente desapareció de mi vista, eché a correr calle arriba en busca del puesto de helados. No era un día especialmente caluroso, y no me gustaban especialmente los helados, pero tomarlo haría durar un poco más mi encuentro con el Presidente. Así que me compré un cucurucho de helado con sirope de fresa, y volví a sentarme en el mismo murete. El sabor del sirope me sorprendió, pero creo que sólo porque tenía todos los sentidos aguzados. Si yo fuera una geisha, como aquella Izuko, pensaba, podría estar con un hombre como el Presidente. Nunca me había imaginado que podría llegar a envidiar a una geisha. Me habían traído a Kioto con el fin de hacer de mí una geisha, claro; pero hasta ese momento me habría escapado en cuanto se me hubiera presentado la ocasión. En este momento comprendí algo que había pasado por alto: el objetivo no era llegar a ser geisha, sino ser geisha. Ahora lo veía como un paso hacia otra cosa. Si no me equivocaba con la edad del Presidente, probablemente no pasaba de los cuarenta y cinco años. Muchas geishas alcanzaban el éxito a los veinte. Aquella Izuko probablemente no tendría más de veinticinco. Yo era todavía una niña, iba a cumplir doce…, pero dentro de otros doce estaría en plenos veinte. ¿Y el Presidente? No sería mayor para entonces que el Señor Tanaka ahora.
La moneda que me había dado el Presidente era mucho más dinero del que costaba un helado. Guardé en la mano las vueltas que me había dado el vendedor: tres monedas de diferentes tamaños. Al principio pensé en guardarlas para siempre; pero entonces me di cuenta de que podrían servir para algo mucho más importante.
Corrí hasta la Avenida Shijo y desde allí seguí corriendo hasta el final de la misma, que era donde acaba Gion por uno de sus lados y donde se elevaba su santuario. Subí la escalinata, pero me intimidó pasar bajo la gran entrada, con sus dos pisos de altura y su tejado de dos aguas, de modo que di la vuelta para entrar por detrás. Tras cruzar el patio de gravilla y subir otro tramo de escaleras entré al santuario propiamente dicho por la puerta torii. Allí eché las monedas -unas monedas que valían lo bastante para sacarme de Gion- en la caja de las ofrendas, y anuncié mi presencia a los dioses dando tres palmadas y haciendo una reverencia. Con los ojos bien apretados y las manos juntas, rogué a los dioses que me permitieran llegar a ser geisha. Soportaría el aprendizaje, sufriría cualquier dificultad, con tal de tener la posibilidad de volver a atraer la atención de un hombre como el Presidente.