Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
En cuanto a la idea de conseguir que otra geisha me formara… bueno, pues eso significaría cruzarse en el camino de Hatsumono. Y pocas geishas de Gion tenían el valor de hacer tal cosa.
Una mañana, semanas más tarde de mi encuentro con Mameha, estaba sirviendo el té a Mamita y a un invitado en la sala, cuando la Tía abrió la puerta de pronto.
– Siento interrumpir -dijo la Tía-, pero si pudieras salir un momento, Kayoko-san -Kayoko era el nombre real de Mamita, pero raramente lo oíamos en la okiya-. Tenemos una visita en la puerta.
Al oír esto, Mamita soltó una de esas risas suyas que parecían toses.
– Debes de tener un mal día, Tía -dijo-, para venir tú misma a anunciar una visita. Ya bastante poco trabajan las criadas para que encima tú te pongas a hacer sus tareas.
– Pensé que preferirías que fuera yo quien te dijera que la visita que aguarda en la puerta es Mameha -respondió la Tía.
Yo había empezado a preocuparme de que mi conversación con Mameha quedara en nada. Pero al oír que había aparecido sin previo aviso en nuestra okiya, la sangre se me agolpó en la cara con tal fuerza que me sentí como una bombilla que acabaran de encender. El cuarto se quedó en perfecto silencio durante un largo rato, y luego la visita de Mamita dijo:
– Mameha-san… Me marcho inmediatamente, pero sólo si me prometes contarme mañana qué se trae entre manos.
Aproveché que la visita salía de la habitación para salir yo también. Luego, en el vestíbulo, oí a Mamita decirle a la Tía algo que nunca la hubiera imaginado diciendo. Vació la pipa, golpeándola en el cenicero que se había traído de la sala, y, al tiempo que me lo entregaba para que lo vaciara, dijo:
– Tía, ven a peinarme, por favor.
Nunca la había visto preocupada por su aspecto. Es cierto que llevaba ropa elegante. Pero al igual que su cuarto estaba lleno de bonitos objetos y, sin embargo, era un lugar de lo más siniestro, así también por mucho que se envolviera en los tejidos más exquisitos, sus ojos seguían siendo tan pegajosos como un trozo de pescado podrido y apestoso. Y realmente parecía que para ella el cabello no era más importante que el humo para una locomotora: algo que nos sale por arriba.
Cuando Mamita fue a la puerta, yo me quedé en la casita de las criadas limpiando el cenicero. E hice tales esfuerzos por oír lo que hablaban Mameha y ella que podría haberme dislocado todos los huesos del oído.
Primero habló Mamita:
– Siento haberte hecho esperar, Mameha-san. ¿A qué se debe el honor de tu visita?
Luego Mameha dijo:
– Le pido disculpas por venir tan intempestivamente, Señora Nitta -o algo por el estilo.
Y así continuaron las dos durante un rato. Todos mis esfuerzos por escucharlas me estaban resultando tan poco satisfactorios como los de un hombre que arrastra un baúl colina arriba sólo para descubrir que está lleno de piedras.
Por fin pasaron del vestíbulo a la sala. Yo estaba tan desesperada por oír la conversación que agarré un trapo y empecé a limpiar el suelo del vestíbulo. Por lo general, la Tía no me hubiera permitido trabajar allí mientras había una visita en la sala, pero estaba tan ansiosa de escuchar como yo. Cuando salió la criada que les había servido el té, la Tía se puso a un lado de la puerta donde no pudieran verla y se aseguró de que quedaba abierta una rendija. Estaba escuchando con tanta atención las trivialidades que se estaban intercambiando que debí de perder la noción de lo que pasaba a mi alrededor, pues de pronto levanté la vista y vi la cara regordeta de Calabaza pegada a la mía. Estaba de rodillas, abrillantando el suelo, pese a que ya lo estaba haciendo yo y a que ya estaba exenta de este tipo de tareas.
– ¿Quién es Mameha? -me susurró.
Estaba claro que Calabaza había oído cuchichear a las criadas; precisamente hacía un momento que yo misma las había visto en conciliábulo en el pasillo del patio, en el extremo opuesto de la pasarela.
– Ella y Hatsumono son rivales -le contesté yo también en un susurro-. Es la dueña del kimono que me hizo manchar de tinta Hatsumono -pareció que me iba a preguntar algo más, pero entonces oímos hablar a Mameha.
– Señora Nitta, espero que excuse mi atrevimiento de venir a molestarla en un día tan ajetreado, pero me gustaría tener unas breves palabras con usted a propósito de Chivo, su criada.
– ¡Oh, no! -exclamó Calabaza, y me miró a los ojos para mostrarme cuánto lamentaba lo que estaba a punto de sucederme.
– Nuestra Chiyo puede ser un poco fastidiosa -dijo Mamita-. Espero que no la haya molestado.
– No, no, nada de eso -dijo Mameha-. Pero he notado que durante las últimas semanas no ha asistido a clase. Estoy tan acostumbrada a cruzármela por los pasillos… Justamente ayer pensé que podría estar enferma. Y acabo de conocer a un médico muy bueno. Si quiere le digo que venga a verla.
– Es muy amable por tu parte -contestó Mamita-, pero debes de estar pensando en otra chica. No te puedes haber cruzado con nuestra Chiyo en la escuela. Hace dos años que no va a clase.
– ¿No nos referimos a la misma chica? Es una bastante bonita, con unos sorprendentes ojos azul grisáceo.
– Sí, sí que tiene unos ojos poco comunes. Pero debe de haber dos muchachas muy parecidas en Gion… ¡Quién lo hubiera dicho!
– Puede que hayan pasado dos años desde que la vi por la escuela -dijo Mameha-. Tal vez me impresionó tanto que parece que fue ayer. Si no le importa que le pregunte, Señora Nitta, ¿está bien la chica?
– ¡Oh, sí! Sana como una manzana, y tan revoltosa como siempre.
– Pero… ¿ya no va a clase? ¡Qué extraño!
– Estoy segura de que para una geisha joven y famosa debe ser fácil ganarse la vida en Gion. Pero ya sabes que corren tiempos difíciles. No puedo permitirme invertir dinero en cualquiera. En cuanto me di cuenta de que Chiyo no valía…
– Estoy segura de que nos referimos a dos chicas distintas -dijo Mameha-. No puedo imaginar que una mujer de negocios tan astuta como usted pueda decir que Chiyo «no vale…».
– ¿Estás segura de que se llama Chiyo?
Ninguna de nosotras se dio cuenta de ello, pero mientras decía estas palabras, Mamita se levantó de la mesa y atravesó la habitación. Un momento después corrió la puerta y se encontró con la nariz pegada a la oreja de la Tía. Esta dio un paso atrás y se quitó de en medio como si nada hubiera pasado; y supongo que Mamita se conformó con fingir lo mismo, pues se limitó a mirar hacia donde yo estaba, diciendo:
– Chiyo-san, ven aquí un momento.