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Long John Silver

Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:

¿Quién no recuerda a Long John Silver, el famoso Pata de Palo de La isla del tesoro? Espíritu rebelde, audaz y mujeriego, el intrépido marino surcó los mares a las órdenes de piratas tan temidos como England o Flint, contrabandeó en las costas de Francia y fue vendido como esclavo en las Antillas, convirtiéndose en el personaje más carismático y controvertido de R. L. Stevenson.
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
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Cuando abrí los ojos de nuevo, jadeando, ya me estaban subiendo a cubierta los de la banda de babor. Por tanto, seguía con vida, y mientras unas manos voluntariosas me colocaban suavemente sobre cubierta, expresé a gritos mi alegría para que nadie dudara de que me habían subido con vida, aunque puede ser que con el sentido común perdido. Me zafé de las manos que me querían ayudar a ponerme en pie y me acurruqué en cubierta como una masa sin forma. Juré y maldije, escupí y eché chispas, pero conseguí levantarme sujetándome al palo mayor. ¡El palo mayor! Me miré los pies. Allí estaba, la maldita línea blanca y de nuevo estaba yo en el lado prohibido, sin que nadie me hubiera dado permiso. ¡Qué ganas de vivir para un tipo como yo! Un hilo de sangre roja corría por mi espalda, a lo largo de las piernas, serpenteaba por cubierta y atravesaba la línea blanca, dividiéndola en dos. Miré hacia arriba y busqué los ojos de Butterworth. Antes de caerme quería que, por lo menos, me mirase a los ojos, si tenía valor para ello.

Butterworth estaba tieso como un palo en el castillo de popa y no podía quitarme los ojos de encima. Levanté una mano y le hice el saludo militar temblando.

– John Silver a sus órdenes, señor -me esforcé en decir, fingiendo como pude un remedo de sonrisa.

Fue entonces cuando me di cuenta del silencio que se había hecho en cubierta. Era un espectáculo sin igual, en el que se confundían admiración, miedo y respeto a la vez. Miré de nuevo a Butterworth, que al final apartó la mirada.

– Es suficiente -dijo con voz tensa; se dio la vuelta y desapareció en el camarote.

«¡Sin duda ninguna, eso es lo que se llama felicidad!» Éste fue mi último pensamiento antes de que me fallaran las fuerzas y me quedara dormido.

Capítulo 16

Tardé dos semanas en recuperarme y volver a ser yo mismo para poder hacer algo a bordo utilizando la cabeza, claro está. Si no me equivoco, señor Defoe, todo el mundo comprenderá que John Silver, después de tal resurrección, no podía hacer como si no hubiera pasado nada. Después de aquello, oí muchas cosas cuando estaba tumbado bocabajo con mi costra en la espalda. Butterworth había prohibido a los hombres que se relacionaran conmigo, como si yo fuera un leproso, pero uno tras otro se acercaron a la enfermería para presentar su respeto. Y una vez tras otra oí la fantástica historia de mi salvación, porque lo que yo no sabía era que con aquel hercúleo estirón había llevado a uno de los hombres de estribor al agua y que en cuestión de segundos lo habían devorado los tiburones que habían acudido atraídos por mi sangre. A mí me habían izado inmediatamente los hombres de babor sin esperar las órdenes de Butterworth. Éste estaba hecho una furia, claro, pero no se atrevió a intervenir: hasta un imbécil como él entendió que no estaba lejos el amotinamiento si hubiera dejado que me devoraran los tiburones, ya que no era el castigo que se me había impuesto.

No tenía duda ninguna: parte de la tripulación estaba de mi lado. Al hedor de mis heridas purulentas se fraguaban planes siniestros. Supe que si yo me erigía en cabecilla, la mitad de la tripulación estaría dispuesta a amotinarse. Para no quedar como un loco, fanfarroneé con que había cruzado la raya para ponerme en contra de Butterworth, y todos me creyeron, aunque la verdad era muy otra. Pero en cuanto al amotinamiento cerré la boca. Había hecho lo mío, y además tenía que pensar en asegurarme la llegada a las Antillas. Por mi parte ya estaba bien de hacer locuras.

Pero un día apareció Lacy y explicó que Butterworth había hecho pintar lo que estaba manchado con mi sangre tan pronto se hubo secado. Y después vino Scudamore, el cirujano de a bordo, con una noticia peor. Supe por él que el Libre de penas no iba directamente a las Antillas.

– ¿No has oído a los carpinteros martillear en cubierta?

– No -dije sin mentir.

Había tenido bastante trabajo con sobrevivir.

– Pues sí -continuó Scudamore-. En cubierta se están construyendo empalizadas y camarotes para la tripulación. Vamos a subir a bordo una carga de marfil negro. Dentro de una semana tocamos la costa de África.

¡Esclavos! Naturalmente. ¿Cómo había podido ser tan tonto de preguntar sólo el destino y no la ruta antes de alistarme? Pensé en el capitán Barlow, que ya me lo había advertido. Y yo que me había pavoneado de mi capacidad de aprendizaje y de que nada me entraba por un oído y me salía por el otro. Si uno quería morir, había dicho Barlow, navegar con esclavos era la manera más segura. Los esclavos caían como moscas, estaba claro, pero también la tripulación. «Tira al capitán por la borda, amotínate, haz cualquier cosa con tal de no llegar a eso», había dicho Barlow.

Así pues, empecé a escuchar lo que se susurraba y se insinuaba a bordo. Varios hombres querían amotinarse inmediatamente antes de que los esclavos subieran a bordo con sus fiebres y sus tumores. Yo no opinaba lo mismo.

– En primer lugar -les dije a Mundon, a Tompkins y a Lacy, que estaban de rodillas alrededor de mi cabecera-, aquí no se inicia ningún motín hasta que yo esté recuperado y pueda salir a bailar. En segundo lugar, no somos suficientes. Tengo la intención de que sean los negros quienes hagan el trabajo más sucio. Hay que tener cuidado con el propio pellejo.

– ¿Y tú dices eso? -susurró Tompkins, que por algo tenía la cabeza en su sitio a diferencia de los otros dos, que apenas si sabían que la tenían-. Entonces, ¿por qué demonios cruzaste la raya?

– Acuérdate de una cosa; Tompkins -le largué-: nadie le dice a John Silver lo que tiene o lo que no tiene que hacer.

– No quería decir nada malo -dijo Tompkins rápidamente.

– Permíteme que lo dude.

Hablé con voz amable y lisonjera.

– ¿Creéis que ibais a estar arrodillados ante mí, hablándome de motines, si yo no hubiera pasado la raya? ¿Creéis que estoy tan loco que iba a pasar por encima de una raya así por nada?

– ¡Por todos los demonios! -dijo Lacy, silbando bajito.

– Pero me equivoqué -continué-. Creía que a bordo había hombres con coraje, pero son unos cobardes. Ni un diablo movió un dedo cuando le planté cara a Butterworth. Y ahora venís vosotros diciendo que nos amotinemos. Naturalmente que sí, pero esta vez soy yo el que manda. ¿Queda claro? Para empezar, hablaréis con los que sean de fiar.

– Y ¿cómo sabremos quiénes son? -preguntó Tompkins que, como he dicho, tenía la cabeza sobre los hombros.

– Pregúntales si creen en Dios -expliqué-. Sin decir nada del motín, claro. Eso vendrá después.

– No hay ningún lobo de mar que crea en Dios -exclamó Tompkins, desdeñoso.

– Insiste en que contesten -dije-. Pídeles que juren por la Biblia que no creen en Dios y ya verás cuántos bailan al son de otra música cuando llega la hora de la verdad. He visto a veteranos que podrían darle con la Biblia en la cabeza al primer pastor de almas que les saliera al paso, arrodillarse y rezar por su vida cuando las cosas se ponían crudas.

Los tres se miraban inseguros y seguramente se preguntaban si ellos mismos se atreverían a jurar por la Biblia que no creían en Dios.

– Os diré lo que vamos a hacer -continué-. Reunid a todos los que apoyen nuestra causa y ved que estén dispuestos. Todos jurarán por la Biblia y firmarán sobre el papel del redondel de Robin.

– ¿Qué es eso? -preguntó Lacy en tono de lo más inocente.

– Cualquiera diría que es la primera vez que os embarcáis, por todos los diablos -exclamé-. Y que tenga que cargar con gente como vosotros, que aún se mean en los pantalones…

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