Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
– No por mucho tiempo -dije.
– Si las cosas van como tienen que ir y como tú quieres… De todos modos, ¿siempre van así?
Scudamore me miró fijamente a los ojos.
– ¿Qué diablos quieres decir? -pregunté en voz baja-. ¿Hay alguien que vaya hablando por detrás?
– Que yo sepa, no -dijo Scudamore con una sonrisa torcida-. Pero he visto el papel. Parece que falta un nombre, como si hubiera alguien que no se atreve a sacar la cabeza. Por ejemplo, tú.
Me esforcé por fingir sorpresa, como si no supiera de qué estaba hablando.
– No te inquietes -dijo Scudamore dándome un golpe en la espalda-. No soy tan tonto para sacar la cabeza sin necesidad. Yo también sé nadar y guardar la ropa. Soy un hombre con cultura. Como tú.
Cuando arribamos a Accra se armó un buen revuelo a bordo. Fondeamos en la rada y disparamos los cañones, nueve disparos en total, y del fuerte nos respondieron con la misma moneda. Las barcas iban y venían sin parar entre el fuerte y el navío. Descargamos primero el correo, los despachos y el dinero bajo vigilancia, y después los artículos de primera necesidad. Butterworth bajó a tierra, naturalmente, ataviado como un pavo real. A su ayudante de cámara, según oí, le había ordenado que sacara brillo a sus botones de latón durante dos días seguidos.
Mientras Butterworth estaba en tierra para negociar sobre la carga y los oficiales estaban ocupados con el desembarque, fui deprisa al mamparo que separaba la bodega del castillo de popa. El carpintero, Soakes, era uno de los que cumplen las órdenes a rajatabla, y por tanto no era de fiar, así que tuve que conformarme con las herramientas del cofre de cirugía. Tomó su tiempo. Primero taladré con la broca de trepanar y luego abrí dos agujeros anchos como una espalda con la sierra de huesos. Se me ocurrió silbar bajito mientras hacía el trabajo. Esto, pensé, serrar un agujero secreto, era realmente un pasatiempo adecuado para un tipo como yo.
Aquella misma noche cité a jugar a los dados a todos los amotinados que habían jurado. Algunos ya estaban borrachos como cubas. Les brillaban los ojos de falso valor y ganas de brega. Sus amuletos y fetiches eran el ron y el aguardiente. Nuestros marineros de pelo en pecho y manos con cicatrices no eran mejores que los negros en lo que a eso se refería.
– Comprendo que necesitéis un trago -dije suavemente a la concurrencia-. Si hubiera estado en vuestro pellejo y si hubiera tenido con qué, me habría emborrachado hace tiempo.
– ¿En nuestros pellejos? -gritó Roger Ball que ahora estaría dispuesto a saltar por los aires bajo el mando de Robert antes de verse apresado, elección que no me sorprendía viniendo de él-. ¿Qué diablos hay de especial en ti? No eres mejor que nosotros, Silver. ¡Sólo porque dio la casualidad de que aguantaste que te pasaran por la quilla!
– Tienes toda la razón, Ball -admití-. Dio la casualidad de que sobreviví, pero eso no significa nada. Seguramente tú también lo habrías hecho, con esta piel tan endiabladamente correosa que tienes. No hay nada que pueda tumbar a un buey como tú. Eh, ¿no tengo razón? ¡Roger Ball es un hombre de verdad!
Algunos asintieron con entusiasmo. Querían quedar bien con Ball, que tenía poca correa y que en verdad era fuerte como un toro. A partir de ahí creyeron, por mi tono inocente, en cada palabra que decía. Me di cuenta de que sólo Tompkins intuía que aún no había dicho mi última palabra.
– Exacto -asintió Ball con una sonrisita de suficiencia que yo, con placer, le hubiera arrancado de cuajo-. Exacto -repitió-. A mí nadie tiene que decirme nada, ni Silver ni ningún otro.
Miró a su alrededor con mucho aplomo. Así era en todos los barcos. Siempre había alguno de la calaña de Ball, tan presuntuosos y brutos que en sus cabezotas no había sitio para otra cosa. ¿Y qué pasaba con ellos? Carne de cañón, pasto de tiburones o la horca.
– Muy bien, muy bien -dije yo tranquilamente-. Tienes la cabeza en su sitio, Ball. Sólo que tendrías que utilizarla más a menudo.
– ¿Qué diablos quieres decir con eso? -rugió en tono amenazador.
– Sólo eso, muchachos -dije con una voz que me salió en aquella ocasión como caída del cielo-, que este hombre valiente, fuerte y listo, habría tenido derecho a reclamar algo si hubiera sido él quien cruzó la raya. Así habría sido si él se hubiera atrevido a desafiar a Butterworth y exhortaros al motín, y no yo. Pero decidme, ¿hizo algo Roger Ball?
Se hizo el silencio.
– Tienes la boca demasiado grande, Ball, pero obedecer órdenes, por todos los diablos, eso sí que lo haces sin parpadear.
Ball cerró los puños. Estaba a punto de explotar de rabia, pero hasta él se dio cuenta de que yo tenía todo el apoyo de los hombres. Cogí los dados y los lancé sobre la mesa.
– Aposté mi única y preciada vida cuando crucé la raya -dije cuando los dados se detuvieron-. Me da prioridad ante uno como tú. Si hay alguien que tenga algún inconveniente, que lo diga ahora.
El silencio no pudo ser más elocuente.
– Tompkins, ¿tienes el redondel de Robin?
Tompkins sacó un papel arrugado y lo echó en la mesa como si le quemara en los dedos. Lo miré, lo doblé y me lo guardé inmediatamente.
– Todos lo habéis firmado y estáis bajo juramento. Sabéis lo que significa. Si este papel llega a las manos inadecuadas, os habréis condenado a la horca o a veinte años en Newgate. Así que ninguno se puede retirar y dejar que los otros arriesguen su vida.
– ¿Por qué no lo has firmado tú, John? -preguntó Tompkins con cuidado.
– Sospechaba que alguien haría esa pregunta. Creía que precisamente tú, Tompkins, eras lo bastante sagaz para saber. Tengo cuidado con mi pellejo, eso es lo primero. Si todos fueran igual de escrupulosos que yo, habría firmado de buena gana. Ni siquiera habríamos necesitado el redondel de Robin. Me habría hecho responsable de todo y habría escrito mi nombre, John Silver, con letras bien grandes y gordas, arriba del todo. Pero… ¡mirad a vuestro alrededor! La mitad de estos valientes amotinados ya han empezado a emborracharse para armarse de valor. ¿Es así como uno cuida su pellejo? No, con el aguardiente uno se convierte en un tonto de capirote, en un irresponsable. ¿Por qué creéis que han fracasado tantos con unos planes tan grandiosos como los vuestros? Porque alguno ha celebrado la victoria de antemano, ha bebido hasta emborracharse, ha hablado con quien no debía o ha perdido la cabeza. Así son las cosas. Por eso no he firmado, y por eso me encargo del papel. Y quiero deciros una cosa. Desde este momento y hasta que el barco haya elegido capitán y hombres de honor libres a bordo, se ha acabado el alcohol. Ni una gota, ¿lo oís? Si veo a alguno pasearse con una botella y diciendo insensateces, seré yo quien le entregue este papel a Butterworth.
Se oyeron susurros aquí y allá, pero nada grave. A pesar de todo, ninguno estaba preparado para matarme y hacerse cargo del papel sólo con tal de echar un trago.
– Cuando hayamos acabado con esto -dije para animarlos-, prometo que podréis beber tanto como queráis, hasta reventar, si ése es vuestro deseo.
– Es suficiente, John -dijo Tompkins-. No necesitamos más sermones. ¿Verdad que no?
Tompkins parecía descarado, pero sin mala sombra. Por lo menos había uno que sabía lo que se jugaba. Los demás asintieron en silencio, incluido Ball, aunque todavía tenía una mirada peligrosa en los ojos.