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La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]

Электронная книга - «La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]». Краткое содержание книги:

En el año 3159, la humanidad ha conquistado las estrellas, y los otrora despreciados gitanos son hoy mimados y respetados, porque solo ellos pueden llevar a buen puerto las astronaves en sus largos saltos estelares.
Pero los gitanos tienen también otros talentos,. Arrastrados por su tradición errante, siguen vagando, pero hoy no solo a través del espacio, sino también del tiempo: su facultad de espectrar les permite trasladarse a las más remotas épocas, y volver al viejo y ya desaparecido planeta Tierra para contemplar su vida pasada, desde el esplendor de la antigua ciudad de Atlantis hasta el horror de los campos de exterminio nazis.
Y los gitanos mantienen un antiguo sueño: volver a su mundo de origen. Porque ellos nunca fueron nativos de la Tierra. Y así, contemplan desde el cielo de los mil mundos por los que se hallan ahora dispersos la Estrella Romani, de la que tuvieron que huir precipitadamente para salvar sus vidas, y anhelan el día en que podrán regresar a su hogar. Y quien mas lo anhela es Yakoub, el Rey de los Gitanos, un personaje mezcla de Falstaff y Ricardo Corazón de León, que abdicó de su trono para poner las cosas en su sitio y ahora tiene que volver a él para cumplir con el último destino de la raza rom.
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Por supuesto, por aquel entonces yo no comprendía nada de aquello ni de todo lo demás que estaba ocurriendo a mi alrededor. Todo pasaba por mi lado de una forma extrañamente serena. Como un sueño, sí. A veces los sueños más aterradores son los más serenos.

—Noventa y siete —dijo un pequeño robot. Me volví, y estampó en mi frente el número de código de mi comprador, y eso fue todo.

Antes de que llegara la noche estaba a bordo de una astronave rumbo a Megalo Kastro.

—¿Qué precio pagaron por ti? —preguntó un muchacho alto de rostro plano.

Éramos diez en la cabina. Yo era el más pequeño. Simplemente le miré y parpadeé.

—Es demasiado pequeño —dijo uno con un extraño y lacio pelo naranja —. No sabe leer.

—¡Claro que sé! —exclamé —. ¿Os creéis que soy un niño?

—Yo fui vendido por sesenta y cinco cerces —anunció el muchacho del rostro plano.

—Yo, ochenta —dijo uno que llevaba una brillante joya verde en medio de su mejilla izquierda.

El muchacho del rostro plano le miró con ojos llameantes. Pensé que iban a pelearse.

—¿Cómo podéis saber el precio? —pregunté a uno de los otros chicos, uno pequeño y tranquilo.

—Está en el código de tu frente. Necesitas un espejo para verlo. —Me escrutó atentamente —. A ti te compraron por cien.

—Mi precio fue cien cerces —le dije al muchacho del rostro plano —. ¿Qué te parece?

Todos se volvieron para mirar, apiñándose a mi alrededor. Parecían escépticos, y luego parecieron furiosos, y luego sorprendidos. Eché los hombros hacia atrás y di una palmada y me eché a reír.

—Cien cerces —dije de nuevo —. ¡Cien!

Aún hoy me siento orgulloso de aquello. Alguien debió ver posibilidades en mí, incluso entonces.

4

Había sido comprado por la Liga de Mendigos, Logia 63, Megalo Kastro. El nombre de mi maestro de logia era Lanista, y compartí mi cabina con otros cuatro muchachos llamados Kalasiris, Anxur, Sphinx y Focale. Doy sus nombres aquí porque todos ellos llevan años muertos, y es una delicadeza mencionar los nombres de los muertos olvidados, aunque no sean miembros de tu clan. Lanista era rom, y mis cuatro compañeros de cabina no. Creo que conseguí un precio tan alto porque cualquiera podía ver a la primera mirada que yo era rom. La Liga de Mendigos es una empresa gaje, pero consiguen a todos los roms que pueden porque nos consideran unos mendigos muy superiores. El mendigar está en nuestros genes, creen. Y no están lejos de la verdad, ¿saben?

Aunque puedo recordar nombres y rostros y lugares y todos esos otros detalles de haber sido vendido y arrancado lejos de mi familia, no puedo decirles cuánto tiempo transcurrió antes de que comprendiera que no iba a ver de nuevo mi hogar. A veces las grandes cosas escapan completamente de la atención de un niño mientras los pequeños detalles se te quedan grabados. No sé lo que pensé de todo lo que me estaba ocurriendo. Ser sacado de la escuela, sí; ser vendido, sí; ser puesto a bordo de una astronave, sí; ir a un lugar muy lejano, sí. ¿Pero para siempre? ¿Para no regresar nunca? ¿No más madre, padre, hermanos, hermanas? No recuerdo haberme sentido turbado por nada de aquello en aquellos momentos. Todo lo que notaba era una sensación extraña y maravillosa de estar flotando libre. Una semilla en el viento, derivando a sus soplos. Yendo allá donde me llevaba el viento.

Pero soy un rom, por supuesto. Cuando permanecemos demasiado tiempo en un lugar empezamos a oxidarnos. Los esclavistas me estaban haciendo simplemente un favor llevándome lejos. Liberándome con el simple hecho de someterme a otra esclavitud. Eran quienes me ponían en el camino que se suponía que debía recorrer.

No hay ningún mundo que se parezca a Megalo Kastro en la parte conocida —es decir, habitada por los humanos— de la galaxia. El nombre significa Gran Fortaleza en griego, una de las antiguas lenguas de la Tierra, y de hecho hay una gran fortaleza de piedra allí, posada como una gran bestia agazapada sobre un escabroso acantilado que domina el mar. Pero no había sido construida por los griegos. No había sido construida por nadie de ninguna de las dos razas humanas que pudiera reclamar su propiedad.

No tienes que caminar más que una docena de pasos bajando el Salón de los Equinoccios de la fortaleza de Megalo Kastro para darte cuenta de eso. El salón recibe su nombre porque dos veces al año la pulsante luz roja dorada del sol cruza el arco de la entrada e incide en la parte superior de un altar en su extremo occidental, exactamente en el momento del equinoccio. No hay nada extraordinario en ello; los hombres del paleolítico construían altares así en la Tierra hace veinte mil años.

Pero la geometría del Salón de los Equinoccios te corta la respiración. Quiero decir literalmente. Caminas unos pocos pasos a lo largo de ese retorcido corredor de áspera piedra verde y empiezas a jadear ligeramente. Es como caminar sobre la cubierta de un bamboleante barco. Todo es desordenado e inestable. Esperas que las paredes empiecen a deslizarse hacia delante y hacia atrás. Unos cuantos pasos más, y comienzas a sudar, El abovedado techo a veinte metros encima de tu cabeza no deja de ondular, o al menos así te lo parece. Tus ojos empiezan a pulsar, porque no pueden seguir las líneas arquitectónicas y se desenfocan constantemente. Toda la estructura es así: extraña, opresiva, fascinante.

Nadie sabe quién la construyó. Se yergue ahí, gigantesca, aterradora, misteriosa, medio en ruinas, sin decirnos nada. Los arqueólogos creen que su antigüedad es de cinco o diez millones de años. No puede ser mucho más vieja que eso, dicen, porque Megalo Kastro es un planeta joven sometido a constantes y tremendos movimientos geotécnicos; al ritmo que se alzan y se hunden sus continentes, la fortaleza no puede ser enormemente antigua. Pero parece que tenga mil millones de años de edad. En una de las habitaciones subterráneas hay la silueta de una sola y ancha mano dibujada con lo que parece ser cal, pero no lo es, en una de las paredes, y esa mano tiene siete dedos de igual tamaño y un par de pulgares oponibles, uno a cada lado. Quizás uno de los constructores se divirtió dibujando una fantasía durante la pausa de la comida. Quizá fue puesta ahí como una broma por algún miembro del primer equipo de exploración de la Tierra que encontró el lugar. ¿Quién puede decirlo? Si pudiéramos desenterrar algunos artefactos alienígenas por los alrededores tal vez nos dijeran algo, pero el único artefacto del que disponemos es la fortaleza en si, meditando al borde del mar.

Y ese mar…, esa pesadilla de mar…

Hay muchas formas de vida en Megalo Kastro, casi todas ellas grandes, predadoras y malignas. Es un mundo joven, como he dicho: se halla en su período mesozoico, y todo tiene escamas y colmillos. Pero la más grande de las formas de vida es una que, gracias a Dios, es única de Megalo Kastro. Me refiero al propio mar. No es un auténtico mar, sino un enorme y horrendo magma de pálido lado rosado, cálido, tembloroso, siniestro, insondablemente profundo, que se extiende a lo largo de un abisma no cartografiado de diez mil kilómetros de anchura.

Ese mar está vivo. No quiero decir con eso que esté lleno de cosas vivas. Quiero decir que es una cosa viva, una entidad maligna y única con alguna especie de inteligencia de bajo nivel. O, por todo lo que sabemos, una inteligencia de nivel de genio. Piensa. Percibe. Puedes observar realmente sus procesos mentales: ondulaciones interrogativas en su superficie alzándose en pequeños estremecimientos que son como preguntas, protuberancias de corta vida como gusanos exclamativos, burbujeantes orificios que se abren y se cierran. Dios sabe qué proceso evolutivo le dio existencia. Dios lo sabe, pero nadie más. Recoge una pequeña masa para estudiarla, y todo lo que obtendrás es un poco de agua lodosa que se enfría rápidamente. Y la cosa de la que ha sido tomada sigue calentándose al calor del magma subterráneo de Megalo Kastro, y sus brazos descansan en las orillas de los lejanos continentes, burlándose de ti. Y te devorará si tiene la oportunidad.

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