El Orden Y El Caos
- Автор: Купер Луиза
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Orden Y El Caos». Краткое содержание книги:
—¡Por los dioses que me espanta la idea! Sabes, Isyn. Me cuesta creer que la vieja esté aún con vida. Ya era una anciana cuando la vi por última vez, y yo era entonces un niño. ¡Ahora debe tener al menos cien años!
Sus palabras eran irrespetuosas y estaba exagerando, pero Isyn se sintió aliviado ante aquella muestra de infantilismo: sentaba mucho mejor al muchacho que su anterior intento de arrogancia. Los días próximos, pensó, serían de prueba en más aspectos de los que parecía; Fenar Alacar temía el inminente Cónclave, aunque por nada del mundo lo habría confesado y, si tenía miedo, reaccionaría, como todas las criaturas jóvenes e inexpertas, de una de dos maneras: o retrayéndose enfurruñado, o tratando de hacer alarde de su posición de gobernante absoluto, al menos en teoría, de toda la Tierra. Isyn había presenciado el principio de esta reacción el año pasado, cuando el nuevo Sumo Iniciado visitó la corte de la Isla de Verano; impresionado por Keridil Toln, Fenar se había sentido al mismo tiempo molesto por su aplomo y por la aureola del sumamente oculto Círculo que le rodeaba. Entonces, no había tenido valor suficiente para desafiar a Keridil; ahora, si se hallaban en desacuerdo, la cosa podría ser diferente, y el Sumo Iniciado sería un adversario demasiado formidable para Penar.
El muchacho se rebulló de nuevo. Había comprendido el sentido de las palabras de Isyn, pero éstas no sirvieron para calmar su impaciencia.
—No sé por qué tenemos que ir a Shu-Nhadek —dijo con irritación—. Tanta pompa y tantas ceremonias son inútiles. ¿Por qué no podemos navegar directamente desde aquí a la Isla Blanca?
Isyn no respondió, pero frunció el entrecejo, y Fenar hizo un ademán de enojo.
—¡Sí, ya sé! Así está escrito, y así debe ser. Sólo porque algunos viejos manuscritos que se están pudriendo en el lejano norte dicen que tenemos que seguir este ridículo procedimiento... No frunzas tanto el entrecejo, Isyn; no me gusta tu desaprobación.
Isyn, cuyo temperamento era normalmente plácido, empezaba a perder la paciencia, y le interrumpió:
—Puede que no te guste, Alto Margrave, pero tengo que expresarla aunque me duela. Y más te desaprobarían los Guardianes si tratases de poner pie en la Isla Blanca desde la cubierta del Hermana del Verano.
Fenar se encogió de hombros.
—¿Ah, sí? No son más que unos porteros, por mucho que se vistan de gala. Podría mandarles que...
—Yo desafiaría a cualquier mortal, vivo o muerto, a que diese órdenes a los Guardianes. —Isyn dijo esto a media voz, pero con tal convicción que el joven se sorprendió—. Ningún Alto Margrave ni Sumo Iniciado, ni Matriarca, ha mirado desde hace generaciones a los Guardianes, salvo desde lejos, y nadie se atrevería..., sí, señor, he dicho atrevería... , a hacer algo contra su voluntad.
Penar se pasó la lengua por los labios e Isyn recalcó:
—Has oído los relatos, yo mismo te los conté cuando eras pequeño. Me sorprende que los hayas olvidado.
Algunas de las más antiguas tradiciones apuntaban que los Guardianes, casta hereditaria que había habitado durante miles de años en la Isla Blanca, no eran siquiera realmente humanos, sino que descendían de seres angélicos a cuyo cargo había colocado Aeoris su cofre. Unas historias estrafalarias, sin duda alguna. Pero se dice que no hay humo sin fuego... De vez en cuando, los Guardianes navegaban en su embarcación hasta el continente, tomaban un puñado de mujeres escogidas y las llevaban a su fortaleza para que les diesen hijos, asegurando así la pervivencia de la casta .Las mujeres regresaban más o menos al cabo de un año y nunca decían lo que habían visto; la mayoría de ellas ingresaban en la Hermandad o celebraban más tarde bodas convenientes. Los hijos varones nacidos en la Isla eran criados para que se convirtiesen en la próxima generación de Guardianes. Nadie había especulado nunca sobre el destino de las hijas.
El brillante sol fue de pronto oscurecido por un jirón de nube que volaba hacia el oeste, y una sombra pasó sobre el muelle y el carruaje. Fenar miró hacia arriba, estremeciéndose como si la momentánea penumbra fuese un mal presagio, y cuando miró de nuevo a Isyn, la irritación había desaparecido de sus ojos.
—Lo siento, Isyn —dijo de mala gana. Como la necesidad de disculparse se reducía a medida que se acostumbraba a su posición, la humildad se le hacía cada vez más difícil, e Isyn apreció el esfuerzo que tenía que hacer—. Me he propasado, y he hecho mal. Desde luego, debemos cumplir el protocolo. —Esbozó una sonrisa forzada—. No quiero tomarme a la ligera lo que será, seguramente, la tarea más importante que ja más habré emprendido. Me imagino lo que habría dicho mi padre; me habría llamado picaro arrogante y creo que me habría dado una azotaina.
Isyn inclinó la cabeza en señal de divertido asentimiento y Fenar irguió los hombros. Después de su disculpa y su Confesión, estaba tratando de salvar su dignidad y parecer adulto. El comentario acerca de su padre había sido un gesto conciliador; ahora quería borrarlo y seguir adelante. Isyn se consideraba demasiado viejo para recordar la impaciencia y las frustraciones de los diecisiete años, pero pudo no obstante apreciar los sentimientos del muchacho.
Señalando el muelle con la cabeza, dijo:
—Parece que decrece la actividad. Supongo que el barco estará en condiciones de zarpar cuando suba la marea.
—Sí... Tal vez, a fin de cuentas, seguiré tu consejo, Isyn, recordando la perspectiva de la compañía de la Matriarca.
—Fenar se observó las uñas—. Sin duda habrá cien pequeñas tareas que he olvidado y debería atender antes de embarcar.
—Sin duda. Y tienes que despedirte de tu señora madre, la Margravina Viuda.
El Alto Margrave levantó la mirada y después entornó los párpados sobre los ojos grises, disimulando su expresión.
—Eso lo he hecho ya. Al menos, le envié ayer un mensaje y esta mañana he recibido la respuesta. Me expresa su cariño, pero me pide que la excuse de una visita.
Isyn suspiró interiormente. Desde la muerte de su marido, la Margravina se había recluido completamente dentro de sí misma, viviendo sus días en una casa aislada a cierta distancia de la corte, servida únicamente por tres doncellas y constantemente afligida. No recibía visitas, ni siquiera la de su propio hijo, y todo el mundo opinaba que estaba sencillamente esperando la muerte.
—Decía en su misiva que te diese sus recuerdos —añadió Penar.
—¿Oh, sí? —Isyn estaba sorprendido y conmovido—. Muy amable de su parte.
Se hizo un silencio ligeramente tenso entre los dos durante un rato, hasta que Isyn, alertado por unas pisadas, miró y vio que el supervisor del muelle se acercaba al carruaje. En la cubierta del Hermana del Verano, la tripulación se había puesto súbitamente en actividad y el capitán gritaba órdenes en tono seco pero halagador.
Tocó el hombro de Fenar y el muchacho pestañeó.
—Creo —dijo Isyn, sonriendo— que si tienes algo que hacer, Señor, deberíamos volver al palacio para que puedas hacerlo. Si interpreto bien las señales, el Hermana del Verano está listo para zarpar cuando el Alto Margrave lo ordene.
CAPÍTULO 8
Los ojos agudos de Tarod vieron, contra el resplandor del sol poniente, la pequeña cabalgata que se acercaba desde el oeste, y alargó una mano para tocar la brida del caballo de Cyllan, haciendo que se detuviese. Ella se volvió en su silla, entornando los párpados al tratar de mirar en la dirección que él estaba señalando, y después le miró y vio inquietud en su semblante.
—¿Quiénes son, Tarod?
—No lo sé.
No podía explicar la premonición intuitiva que se agitaba dentro de él; aquél no era, ni mucho menos, el primer grupo con el que se encontraba en el camino, pero un sexto sentido le decía que no era un convoy ordinario, y se puso alerta.