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Noche cerrada en Bergen

Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:

Durante unas frías navidades, la psicóloga y profiler Inger Johanne Vik se encuentra, junto a su familia, involucrada en la investigación de unos desagradables crímenes. Su marido, el detective Yngvar Stubø, ha sido enviado a Bergen tras el asesinato de la obispo local, Eva Karin Lysgaard. Mientras, en Oslo, se suceden una serie de asesinatos de diversa naturaleza. A pesar de que no hay un vínculo aparente entre ellos, Inger Johanne Vik acabará descubriendo la relación existente.
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
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– ¿Una mosca? ¿En esta época del año? ¡Mira tú!

Tres pasos rápidos y una palmada sobre la mesa.

– La agarré -dijo, divertido-. ¿No debería estar puesta esta mesa, de paso?

Marcus bajó de la mesa. Se sentía rígido y torpe, y tuvo que usar una silla como apoyo para la rodilla. Como cada noche de Año Nuevo en los últimos nueve años, había comenzado el día jurándose que iba a comenzar a hacer ejercicio. Esa misma mañana. Era su intención más importante y esta vez debía mantenerla. Había un cuarto de ejercicios completo en el sótano. Él apenas sabía cómo era.

– Enseguida viene mamá.

– ¿Tu madre? ¿Le pediste a Elsa que venga a poner la mesa para una fiesta a la que ni siquiera está invitada?

Marcus dio un bufido, vencido.

– Es mamá quien quiere a Marcus con ella en casa, esta noche. Para esperar juntos el Año Nuevo, los dos solos. Será más divertido para ambos.

– Me parece bien, ¡pero eso no es ninguna razón para que la mujer desperdicie la tarde viniendo hasta aquí a poner la mesa! Llámala enseguida. Dile que yo lo haré. ¿Qué es esto?

Rolf sostenía una pequeña caja metálica.

– Un disco duro -dijo Marcus sin darle importancia.

– ¿Sí? ¿Qué hacía en el maletero del Maserati?

– Ése es mi coche. ¿Cuántas veces te dije que prefiero que utilices uno de los otros? Eres el peor chófer del mundo, y…

– ¿Qué pasa contigo, eh?

Rolf sonrió y se inclinó para darle un beso. Marcus se escabulló. No pudo evitar echar una mirada al disco duro.

– Está destruido -dijo-. Lo cambié. Hay que tirarlo.

– Entonces eso haré -dijo Rolf encogiéndose de hombros-. Y tú deberías ponerte de mejor humor antes de que lleguen las visitas.

Todavía llevaba el disco duro en la mano cuando salió de la sala. Marcus tuvo que contenerse para no perseguirlo. Quería destruir y tirar personalmente el maldito aparatito.

No era tan grave, pensó tratando de mantener el pulso calmo. Todo había sido nada más que una medida de seguridad, que era probablemente innecesaria. Totalmente innecesaria. Su respiración se aceleró y trató de concentrarse en cualquier otra cosa.

En el menú, por ejemplo.

No importaba nada que Rolf hubiese encontrado el disco duro.

No recordaba nada del menú.

«Olvídate del disco duro. Olvídalo. No significa nada.»

– ¿Llamaste a Elsa?

Rolf había regresado con los brazos llenos de manteles, servilletas y velas de estearina.

– Pero Marcus, estás… ¡Marcus!

Rolf dejó caer al suelo todo lo que llevaba.

– ¿Estás enfermo? ¿Marcus?

– Todo en orden -dijo Marcus-. Sólo me siento un poco mareado. Ya pasó. Tranquilízate.

Rolf le pasó la mano por la espalda. Como era casi una cabeza más alto que Marcus, tuvo que inclinarse para encontrar la mirada abatida.

– ¿Es…, tienes…, es otro ataque de pánico?

– No, no.

Marcus sonrió.

– Hace muchos años de eso. Tú me curaste, ya te lo dije.

Le costaba mover la lengua seca, entumecida. Puso las manos en los bolsillos, húmedas de sudor frío.

– ¿Quieres agua? ¿Te traigo agua, Marcus?

– Gracias, eso estaría bien. Un poco de agua y enseguida me sentiré de nuevo perfectamente.

Rolf desapareció. Marcus se quedó solo.

Si no hubiese estado tan solo. Si hubiese hablado con Rolf desde el principio. Podrían haber hallado una solución. Juntos hubieran determinado qué era lo mejor que podían hacer. Juntos podían sobrellevarlo todo.

De pronto inspiró con violencia por la nariz. Enderezó bien la espalda, hizo un esfuerzo considerable para producir saliva y se abofeteó ambas mejillas con las manos abiertas. No había nada que temer. Decidió una vez más que no había nada de qué preocuparse.

Había leído un pequeño artículo sobre Niclas Winter en el Næringstivet en vísperas de Año Nuevo. Uno podía leer entre líneas que el hombre había muerto de una sobredosis. Ese tipo de cosas nunca se escribían con todas las palabras, en todo caso no al cabo de tan poco tiempo. La muerte del artista se vinculaba con su estilo de vida poco ortodoxo, como se formulaba con consideración. La lucha por los derechos sobre las obras aún no vendidas ya había comenzado. Les vino bien que el autor muriese; tres dueños de galerías y un conservador las valoraban en el doble del precio que tenían una semana atrás. El artículo era más interesante de lo que el espacio de la columna hacía suponer. Seguramente seguirían con otros más.

Niclas Winter había muerto de una sobredosis y Marcus Koll junior no tenía nada que temer. Se centró en eso y se concentró hasta que Rolf regresó a toda prisa con un gran vaso de agua. Los cubitos de hielo hicieron ruido cuando lo vació de un solo trago largo.

– Gracias -dijo-. Ya me encuentro mejor.

«No tengo nada que temer», pensó mientras ponía la mesa. Mantel rojo, servilletas rojas con orlas plateadas, velas rojas o de verde navideño en los candelabros de vidrio incrustados con plata. Niclas Winter tiene que darse las gracias a sí mismo, pensó con obstinación. No debía de haberse inoculado esa sobredosis.

Su muerte no tiene nada que ver conmigo.

Era casi como si se lo creyera.

Trude Hansen estaba bastante segura de que era la víspera de Año Nuevo.

El pequeño apartamento era todavía un caos de restos de comida, botellas vacías y ropa sucia. Había trozos de papel plateado desparramados por todas partes, y en un rincón un envase para pizzas estaba siendo usado como letrina por el aterrorizado gato que maullaba sentado en el marco de la ventana.

– ¡Bueno, bueno, Pusi! ¡Bueno, bueno, mi pequeño Pusi! ¡Ven con mamá, así!

El animal se encrespó y arqueó el lomo.

– ¡No debes enfadarte con mamá!

La voz era suave y ligera. No podía recordar si le había dado de comer a Pusi. No hoy, en todo caso. Quizá tampoco ayer. No, tampoco ayer, porque entonces había estado furiosa porque aquel maldito animal se había orinado sobre la pizza.

– ¡Chis, chis!

Trude dio un paso hacia el gato, que salió disparado como un cohete hacia el sofá forrado de piel. Ahí comenzó a afilar las uñas contra los almohadones con movimientos rítmicos y acompasados.

Debía de ser la víspera de Año Nuevo, creía Trude.

Trató de abrir la ventana. Estaba atascada, y se rompió una uña en el intento. Al final se abrió; de pronto y con un ruido. El aire helado entró en el cuarto atiborrado y Trude estiró hacia fuera el torso por encima del marco.

Por encima de los edificios hacia el oeste, de viejas casas que bloqueaban la vista directa del parque Sofienberg, podía ver las bengalas. Globos de luz rojos y verdes caían lentos hacia el suelo y fuentes de luz estallaban en el cielo. El olor de la pólvora ya empezaba a inundar las calles. Amaba el olor de los fuegos de artificio. Por suerte siempre había alguien que no podía esperar hasta medianoche.

Tenía sólo para un viaje más. Lo había guardado para la noche, el día había sido soportable únicamente gracias a una botella de aguardiente que alguien había olvidado bajo la cama.

Era difícil saber lo tarde que era.

Cuando estaba a punto de cerrar la ventana, Pusi saltó hacia afuera. El animal caminó con rapidez sobre la estrecha cornisa, antes de sentarse dos metros más allá y maullar.

– ¡Ven, Pusi! ¡Ven con mamá!

El gato se aseaba. Despacio y a conciencia, pasó la lengua sobre la piel. Con ritmo, cada cuatro lamidas, se rascaba con las patas detrás de las orejas.

– ¡Pusi! -farfulló Trude lo más rígidamente que pudo y se estiró hacia el gato-. ¡Ven ahora mismo!

Sintió que ya no tenía contacto con el suelo. Si se agarraba del marco entre los dos paneles inferiores de la vieja ventana de cuatro vidrios partidos, quizá podría alargar la otra mano lo suficiente como para asir el cuello del gato. Cerró los dedos sobre la madera. El viento helado le acarició los antebrazos desnudos y ella castañeteó los dientes.

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