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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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El Magnífico, nada menos que la diana de todos los sermones de Savonarola contra la riqueza y el exceso. El asombro me impidió replicar.

Mi padre aprovechó para dar media vuelta y marcharse. Caminó rápidamente hacia las escaleras, y ninguna de mis llamadas consiguió hacerle volver.

Zalumma y yo bajamos aquella noche, pero, con el fin de ver mejor el regalo de mi padre, volvimos por la mañana para contemplarlo con la luz del día.

En la sala grande, las piezas de las más bellas telas de Florencia -un abierto desafío de mi padre a las leyes suntuarias de la ciudad- aparecían perfectamente plegadas y dispuestas en una deslumbrante exposición. No había ni uno solo de los colores sombríos adecuados para cualquiera de los piagnoni de Savonarola. Vi un azul pavo real, turquesa, azul violeta, azafrán, verdes y rosas fuertes; también los delicados tonos conocidos como «flor de melocotón», «cabello de Apolo» y «rosa zafiro». Para la camicia, había las más finas sedas, ligeras como el aire y bordadas unas con hilo de plata y otras con hilo de oro, al lado de una bandeja con aljófares, que podían añadirse al producto terminado. Había brillantes damascos, brocados, diversos tipos de terciopelo, y también sedosos terciopelos con hilos de oro y plata. La que más me gustó fue la cangiante, una seda tornasolada con una rígida urdimbre de tafetán. Al sostenerla a la luz, reflejaba primero un rojo oscuro, pero al moverla lentamente, el color cambiaba a esmeralda.

Zalumma y yo éramos como dos niñas a las que les acaban de regalar una bandeja de golosinas. Nos divertimos desenrollando las piezas y colocándolas juntas para imaginar mejor el resultado final. Me las puse sobre el hombro, cruzadas sobre el cuerpo, y después me miré en el espejo de mano de mi madre para ver qué color me sentaba mejor; Zalumma dio su rotunda opinión de cada una de ellas. Por primera vez en semanas, nos reímos suavemente.

Entonces tuve un pensamiento, que abruptamente ensombreció mi ánimo. No era capaz de entender por qué mi devoto padre me permitiría asistir a una fiesta en el palacio de los Médicis. Primero, era demasiado pronto tras la muerte de mi madre para aparecer vestida con un traje de fiesta; segundo, él era entonces, en virtud de su devoción a Savonarola, un enemigo de los Médicis -aunque los negocios, por supuesto, no tenían nada que ver con los asuntos del alma, así que seguía vendiéndoles sus productos-. Solo había una explicación para que enviara a su hija con un magnífico vestido a ver al Magnífico: Lorenzo era el casamentero extraoficial de todos los ricos de Florencia. Ningún descendiente de las clases altas se atrevería a casarse sin su aprobación, y la mayoría de las familias prefería que Lorenzo escogiese al cónyuge. Yo sería observada, juzgada como una ternera antes de ir al matadero. Pero la mayoría de las novias ya habían cumplido los quince años.

Mi presencia en la casa era un reproche a mi padre, un constante recordatorio de cómo había arruinado la vida de mi madre.

– Aún no he cumplido los trece -dije, y dejé caer la magnífica tela sobre mi falda-. Sin embargo, no ve la hora de librarse de mí.

Zalumma dejó a un lado una soberbia pieza de terciopelo, lo alisó con la mano y después me miró fijamente.

– Eres demasiado joven -manifestó-. Pero ser Lorenzo ha estado muy enfermo. Quizá tu padre solo desea escuchar su consejo mientras todavía está entre nosotros.

– ¿Qué sentido tiene que mi padre quiera consultarle, a menos que sea para casarme cuanto antes? -repliqué-. ¿Por qué sino buscar el consejo de un Médicis? ¿Por qué no esperar hasta verme casada con uno de los piagnoni?

Zalumma se acercó a una lujosa pieza de damasco color verde apio y la levantó. El sol se reflejó en la brillante y pulida superficie, y dejó a la vista un motivo de guirnaldas tejido en la tela.

– Podrías negarte y, como tú dices, esperar unos años antes de casarte con uno de los seguidores de Savonarola. O… -Inclinó su hermoso rostro para observarme mejor-. Podrías dejar que Lorenzo eligiese por ti. Si yo fuese la novia, desde luego preferiría esto último.

Lo pensé, y después dejé el cangiante a un lado. Si bien el juego de tonos era precioso, la tela era demasiado gruesa, y el rojo y el verde eran muy fuertes para mi tez. Me levanté para coger el damasco de la mano de Zalumma y lo coloqué junto al terciopelo cardado azul verdoso, con un dibujo de vides de satén en el grueso tejido.

– Este -dije-, para el corpiño y la falda, ribeteado con el damasco. Para las mangas, el brocado con los verdes y violeta.

Cortaron el vestido en menos de una semana, y luego me llamaron para una prueba. La salud de Lorenzo había empeorado y no se sabía si la fiesta se llevaría a cabo. Sentía un extraño alivio. Aunque no me gustaba vivir bajo el mismo techo con mi padre, menos me alegraba la perspectiva de ir a vivir dentro de poco a casa de un extraño. Por otra parte, aunque haberme instalado en las habitaciones de mi madre me traía dolorosos recuerdos, también era un extraño consuelo.

Pasó otra semana. Una noche, durante la cena, mi padre se mantuvo en silencio. A menudo repetía la afirmación del fraile según la cual Dios se había llevado a mi madre al cielo como un acto de bondad. Sin embargo, nunca como entonces, la mirada de sus ojos traicionaba sus dudas y la culpa.

No soportaba su presencia; acabé de cenar con celeridad. Cuando me excusaba por levantarme de la mesa, me interrumpió:

– El Magnífico ha mandado llamarte -dijo en tono seco-. Mañana, a última hora de la tarde, debo llevarte al palacio en la vía Larga.

22

No debía, insistió mi padre firmemente, hablar de aquello con ninguno de los sirvientes excepto Zalumma. Ni siquiera podía saberlo el cochero; él mismo me llevaría en el vehículo que usaba en su trabajo.

Al día siguiente me desperté abrumada por la ansiedad. Iba a exhibir mis buenos y malos atributos para que fuesen evaluados y empleados para decidir mi futuro. Sería estudiada y criticada por Lorenzo y, suponía, por un selecto grupo de damas de alcurnia. La inquietud aumentó cuando me dijeron que Zalumma no me acompañaría.

El vestido, astutamente confeccionado para insinuar un cuerpo de mujer donde no lo había, era mucho más espléndido que cualquier otro que hubiese vestido antes. Las amplias faldas, con una corta cola, estaban hechas con el terciopelo azul verdoso y el dibujo de viñas; el corpiño era del mismo terciopelo con ribetes del damasco verde pálido que había escogido Zalumma. Justo debajo de donde debían estar los pechos llevaba un cinturón de plata entretejida. Las mangas acuchilladas las habían hecho con el brocado tejido con hilos color turquesa, verde, y rojo entremezclados con otros de plata pura. Zalumma sacó la camicia por los cortes, y la abullonó como era la moda; yo había escogido la finísima seda blanca, con reflejos de hilos de plata.

No hubo nada que hacer con mis cabellos. Llevaba un gorro hecho con el mismo brocado, y el borde ribeteado con los aljófares. Por ser soltera, se me permitía que mis cabellos cayesen hasta los hombros. Pero las ásperas ondas eran irregulares y necesitaban ser domadas. Zalumma hizo todo lo posible por rizarlos con un hierro caliente y crear unos bonitos tirabuzones. Una tarea inútil porque no se aguantaban; solo conseguimos empeorarlo.

Como estábamos a finales de febrero, me puse una túnica sin mangas de brocado, con un ancho ribete de damasco y encima un armiño. El amplio escote dejaba a la vista toda la gloria del vestido. Alrededor del cuello llevaba el collar de aljófares de mi madre, con un largo pendiente de aguamarina; lo habían acortado para que cayese justo por encima del corpiño y descansase sobre mi piel.

Finalmente, Zalumma me llevó delante del espejo de cuerpo entero. Contuve el aliento. Nunca me había visto tan bonita; nunca me había parecido tanto a mi madre.

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