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Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:

Con apenas siete años, Gabriella sabe que es culpable de algo, porque así se lo han dicho y que por eso su irascible madre la somete a terrible castigos y malos tratos. Y también sabe que su padre es incapaz de protegerla. Su mundo, una confusa mezcla de miedo, soledad y dolor, da un repentino vuelco cuando su madre la abandona en un convento. Allí crecerá al amparo del cariño y el afecto de las monjas, pero el amor prohibido que le despierta un joven sacerdote provocará otro dramático cambio en su vida y la obligará a salir al mundo real para enfrentarse a sus duros retos…
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
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Se besaron de nuevo, esta vez con más pasión.

– Te quiero -susurró Gabriella, deseando de él más de lo que osaba buscar.

– Yo también te quiero. Será mejor que te deje ir. Nos veremos mañana -dijo y volvió a besarla-. Detesto tener que dejarte marchar.

– Debes hacerlo. Podríamos volver a vernos en este despacho. Nunca viene nadie por aquí y sé dónde la madre Emanuel guarda la llave.

– Ve con cuidado -le advirtió Joe-. No hagas ninguna locura. Hablo en serio.

Gabriella sonrió.

– Mira quien habla. Más locura que ésta, imposible.

Pero ambos sabían que si se veían fuera de esas paredes la locura sería aún mayor.

– ¿Estás enfadada conmigo por habértelo dicho, Gabbie? -preguntó Joe.

Se levantó y la miró a la cara. Había corrido un riesgo enorme al confesare su amor y ahora ambos estaban en peligro. Pero Gabriella le miraba sin remordimiento alguno.

– ¿Cómo podría enfadarme contigo, Joe? Te quiero. -y luego, con una sonrisa, añadió-: me alegro de que me lo hayas dicho.

Pero la situación era más fácil para ella. Gabriella sólo era una postulante y todavía no había pronunciado sus últimos votos. Ni siquiera era novicia. Joe llevaba seis años ejerciendo de sacerdote y las consecuencias de lo que habían hecho eran mucho más dramáticas para él. Su vida entera peligraba.

– No estoy seguro de lo que deberíamos hacer ahora, Gabbie. Ni siquiera sé cómo podría mantenerte.

– Ya nos preocuparemos de eso cuando llegue el momento. -Gabriella sentía una fuerza nueva y en cierta manera parecía más firme que él-. Todavía es demasiado pronto para pensar en ello. Por ahora debe bastarte con saber que te quiero.

– Era cuanto deseaba oír. Tenía miedo de que me retiraras la palabra si te confesaba mi amor… -Gabriella posó una mano en los labios de Joe y él la besó-. No olvides lo mucho que te quiero.

Joe se detuvo en el umbral, sonrió y desapareció. Gabriella se quedó en el despacho escuchando el eco de sus pasos, pensando en lo que le había dicho. Todavía no podía creerlo. No entendía cómo había podido suceder algo así. Por un lado le parecía una bendición, por otro un dragón dispuesto a devorarles. Se pregunto cuánto tiempo podrían ocultar el secreto. Tendrían que hacerlo al menos hasta decidir qué hacer con sus vidas. Y era consciente de que a pesar de su delicada situación en el convento, Joe era quien debía tomar la decisión más difícil.

Gabriella buscó en las demás cajas polvorientas y sólo encontró un libro mayor. Eso bastaría para tener contenta a la hermana Emanuel por el momento y le daría una excusa para regresar. Ella y Joe podrían verse allí en secreto, al menos durante un tiempo. Gabriella salió de la habitación y cerró la puerta con llave, y cuando fue en busca de la hermana Emanuel se sintió flotar como en una nube. Él la amaba, la había besado, quería estar con ella… Era imposible asimilar todo lo ocurrido o intentar comprenderlo. Las palabras de Joe todavía resonaban en su cabeza cundo se unió a sus compañeras y sus labios esbozaban una sonrisa que nadie, salvo la hermana Anne, advirtió.

12.-

A la mañana siguiente Gabriella se sumó a la cola del confesionario. Sus compañeras todavía estaban medio dormidas, pero ella llevaba despierta desde las tres de la madrugada. Las horas se le habían hecho eternas y había empezado a temer que lo hubiera soñado todo, que Joe lamentara lo ocurrido, que le dijera que lo había pensado mejor y que no quería volver a verla. Era una posibilidad y su semblante reflejaba pavor cuando finalmente entró en el confesionario y pronunció las palabras habituales previas a la confesión. El reconfortante ritual constituía ahora una mera fachada.

El padre Joe reconoció su voz al instante. Abrió la rejilla con sigilo y Gabriella divisó la silueta de su rostro como en un sueño.

– Te quiero, Gabbie -dijo en un susurro apenas audible, y Gabriella suspiró aliviada.

– Temía que hubieses cambiado de parecer.

– También yo lo temía de ti.

Joe la besó a través del ventanuco y tras un breve silencio, le preguntó si podían ver se fuera del convento.

– Es posible. Mañana es día de correo, pero generalmente se encarga una de las hermanas. Puedo ofrecerme a enviarlo yo. La madre Gregoria me deja hacerlo de vez en cuando, aunque no lo sabré hasta el último minuto.

– Llámame al San Esteban. Diles que eres la secretaria de mi dentista. Sólo tienes que decir la hora. ¿A qué oficina de correos vais?

Gabriella se lo dijo y él prometió acudir al punto de encuentro en cuanto ella le llamara.

– ¿Y si no puedes ir?

– Iré. Tengo mucho papeleo pendiente y últimamente veo a los feligreses en la rectoría. Puedo salir en cualquier momento en caso de urgencia. Por lo menos, inténtalo.

– Te quiero.

– Yo también te quiero.

Estaban decididos a verse a cualquier precio, por muy breve que fuera el encuentro. Apenas habían dormido y sabían que, a pesar de los riesgos, estaban haciendo lo correcto.

– Recita tantos Avemarías como te apetezca y reza por mí, Gabbie. Lo digo en serio. Los dos lo necesitamos en estos momentos. Yo rezaré por ti. Llámame cuando sepas algo.

– hasta mañana.

Gabriella dejó el confesionario cabizbaja y con expresión grave, confiando en que nadie percibiera la ilusión reflejada en sus ojos. Se alegraba de que la madre Gregoria hubiera estado tan ocupada el día anterior y no se hubiera detenido a hablar con ella durante la cena. Gabbie temía que la monja, conociéndola tan bien, descubriera su secreto nada más verle los ojos.

Durante la misa Gabriella vio a Joe de una forma diferente. Ya no le parecía tan lejano ni místico. Ahora lo veía como un hombre. Estaba ligeramente asustada, cada vez que pensaba en ello un escalofrío le subía por la espalda. Con todo, sabía que no podía dar marcha atrás. Quería sus besos, quería sentir la fuerza de sus brazos y sus manos.

Salió de la iglesia acompañada de las demás monjas y fue a trabajar al huerto. La tarea la mantenía distraída y lejos de las miradas curiosas. Después del desayuno se ofreció a la madre Emanuel para llevar la correspondencia a la oficina de correos.

– Te lo agradezco mucho, hermana Bernadette, pero creo que hoy tenemos pocas cartas que enviar. Quizá en otra ocasión.

Al final fue una semana frustrante para ambos. Gabriella no halló ninguna excusa para salir del convento. Aún así, se vieron en el despacho abandonado en dos ocasiones. Corrían un gran riesgo y ambos lo sabían, pero Joe estaba más tranquilo. Y aunque Gabriella había encontrado el último libro mayor que le faltaba, lo mantenía oculto fin de tener un motivo para acudir al despacho. Cerraban l puerta con llave y se besaban, se decían cosas al oído y se abrazaban. Sentados en el suelo, bañados por el sol de julio, se contaban sus vidas. Aún no habían tomado ninguna decisión. Joe necesitaba más tiempo. Tiempo para que ambos pudieran comportarse como gente real, para hablar abiertamente y pasear por el parque cogidos de la mano. Pero debían ser prudentes y Gabriella no podía estar fuera del convento mucho tiempo sin preocupar a las hermanas.

Por ahora sólo soñaban con un paseo, con unos minutos juntos, un placer que otras parejas daban por sentado, un placer que ellos no obtendrían mientras no se les presentara la oportunidad.

La ocasión surgió inesperadamente una semana después de la declaración de Joe, cuando la hermana Inmaculada entregó a Gabriella las llaves de una vieja furgoneta que utilizaban para recoger provisiones. Habían llegado unas tela de hábito y las monjas costureras estaban impacientes por ponerse a coser. Nadie más podía ir a buscarlas. El almacén estaba en el centro de la ciudad en la calle Delancey, y Gabriella conocía el camino. Había hecho ese mismo recado en otras ocasiones. Y aprovechando la salida, le hicieron otros dos encargos. Era mucho trabajo, pero si se apuraba conseguiría hacerse un hueco para ver a Joe.

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