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Электронная книга - «Una Aventura Secreta». Краткое содержание книги:

Por fin la oveja negra de los Huxtable está a punto de encontrar una compañera a la altura de las circunstancias… una mujer con una reputación aún más escandalosa.
Su nombre es Hannah Reid. Nacida plebeya, se convirtió en la duquesa de Dunbarton desde que a los diecinueve años se casó con el anciano duque al que, según los rumores, le fue constantemente infiel. Y ahora que su marido ha muerto, Hannah, más femenina y bella que nunca a sus treinta años, ha obtenido la libertad que tanto deseaba y sabe muy bien lo primero que va a hacer con ella: buscarse un amante; no cualquier amante, sino el más peligroso y atractivo de toda la alta sociedad londinense, Constantine Huxtable.
Siendo un hijo ilegítimo, Constantine no ha podido acceder al título de conde, así que nunca se ha negado ningún placer que pudiera manchar su reputación. Se dice de él que lleva una vida de asueto y placer carnal en su villa del campo y que siempre elige como amantes a las viudas más recientes. Con lo que Hannah parece entrar dentro de sus expectativas.
Pero una vez que estos dos apasionados y escandalosos personajes cruzan sus vidas, se dan cuenta de que no es tan fácil liberar las llamas del deseo… sin salir chamuscado, y que ambos guardan secretos que, cuando sean revelados, nadie será capaz de decidir quién de los dos se enamorará primero, quién domará a quién y quien saldrá ganador de este juego de corazones.
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Sus pies apenas tocaban el suelo cuando terminaron. O cuando terminaron con los preliminares, para ser más exactos.

– Has cometido un error táctico -dijo Hannah-. Si querías dejar firme tu postura, no deberías haber abierto la puerta.

– Y si tú querías dejar firme la tuya -replicó Constantine-, no deberías haber bajado del carruaje ni subir de puntillas los escalones para intentar abrir la puerta.

– No he subido de puntillas -protestó-. Los he subido con elegancia.

– Sea como sea, has demostrado lo desesperada que estabas por llegar hasta mí -repuso él.

– ¿Y exactamente qué hacías detrás de la puerta con la llave en la mano? -preguntó-. ¿Porque no querías que llegara hasta ti? ¿Y por qué has abierto la puerta?

– Me he apiadado de ti -contestó.

– ¡Ja! -Y en ese momento sus pies abandonaron el suelo cuando se volvieron a besar-. Quiero hacerte unas cuantas preguntas -dijo en cuanto pudo-. Pensé en hacer una lista, pero no he encontrado una hoja lo suficientemente grande.

– Mmm -murmuró él mientras la dejaba en el suelo-. Pregunta lo que quieras, duquesa. -Sus ojos oscuros adoptaron una expresión ligeramente suspicaz.

– Todavía no -replicó-. Pueden esperar hasta después.

– ¿Después? -Enarcó las cejas.

– Después de que me hayas hecho el amor -respondió-. Después de que yo te haya hecho el amor. Después de que hayamos hecho el amor.

– ¿¡Tres veces!? ¿Qué aspecto tendré mañana, duquesa? Necesito descansar.

– Estarás mucho más atractivo y guapo sin hacerlo -aseguró Hannah.

Constantine dejó la llave en la consola del vestíbulo y le tendió la mano. Una vez que la aceptó, caminaron cogidos de la mano hacia la escalera.

«¡Por Dios!», exclamó Hannah para sus adentros, seguía sintiéndose feliz. Debería alegrarse por ello. Se había pasado todo el invierno deseando esa aventura primaveral con gran emoción. Y en el plano físico superaba todas sus expectativas con creces.

Entonces, ¿por qué no se alegraba? ¿Por las pullas, las bromas y las risas que compartían? ¿Porque tenía la extraña sensación de que ese día habían traspasado la barrera que separaba a los simples amantes de las personas inmersas en una especie de relación?

¿Porque se sentía feliz?

¿Acaso no podía ser feliz y alegrarse por ello a un tiempo? Ya lo pensaría después, decidió al entrar en el dormitorio en penumbra, mientras Constantine cerraba la puerta tras ellos. En ocasiones había cosas mejores que hacer que pensar.

CAPÍTULO 11

La primera vez hicieron el amor con frenesí. La segunda, con sensual languidez, si acaso podía aplicarse el término «languidez» al acto en sí. En todo caso, ambos estaban exhaustos cuando acabaron.

Hannah se colocó de lado sobre la cama, dándole la espalda, y él se acurrucó tras ella, pasándole un brazo bajo la cabeza y el otro por la cintura. Hannah se pegó a él y se colocó su mano bajo la mejilla.

Al cabo de un momento se quedó dormida.

Con no durmió. Los remordimientos de conciencia eran la semilla perfecta para el insomnio.

Se preguntó si todo el mundo era como él. Si todo el mundo cometía terribles errores a lo largo de su vida de los que después se arrepentía. Si la vida de los demás consistía en una confusa y contradictoria mezcla de culpabilidad e inocencia, odio y amor, zozobra y tranquilidad, y demás sentimientos diametralmente opuestos. O si la mayoría de la gente se catalogaba dentro de una descripción concreta: buena o mala; alegre o irascible; generosa o tacaña; etcétera, etcétera.

En su juventud había odiado a Jon, a su hermano pequeño. A la persona a quien más había querido en la vida. Había odiado a Jon por su carácter alegre y cariñoso, por la inocencia que demostraba pese a la dificultad de su vida, porque era un niño gordo, torpe y de rasgos faciales que lo asemejaban más a los asiáticos que a los ingleses. Y porque su cerebro trabajaba más despacio. Y porque moriría pronto. Lo odiaba porque no podía hacer nada para mejorar su vida. Y porque era algo que él de todas formas nunca había ambicionado. El heredero.

¿Cómo era posible odiar de forma tan atroz y al mismo tiempo amar tan profundamente? Se marchó de casa cuando tuvo edad suficiente e hizo todas las locuras de juventud que le fue posible, la mayoría con Elliott. En aquel entonces no le gustaba cómo lo trataba la vida ni le importaban las personas que había dejado atrás. ¿Qué motivos tenía para que no fuera así? Sin embargo, sabía quejón lo echaba mucho de menos y por eso lo odió más que nunca, pero volvió a casa porque le quería más que a su vida y sabía que no disfrutaría de él durante mucho tiempo más.

¿Sería la vida de los demás una amalgama de contradicciones como la suya? Seguro que no. De lo contrario, la cordura brillaría por su ausencia en el mundo.

Cuando su padre murió y Jon se convirtió en el conde de Merton a los trece años de edad, Con se hizo cargo del manejo de la propiedad así como del resto de sus responsabilidades; aunque su padre, haciendo gala de su cuestionable sensatez, había nombrado a su cuñado, el padre de Elliott, como tutor legal de Jon. Pero el padre de Elliott murió dos años después y Elliott heredó el título y la responsabilidad de ser el tutor de Jon. Así fue como Elliott, su primo y mejor amigo, se convirtió en su peor adversario. Porque decidió tomarse su papel con gran seriedad y lo obligó a hacerse a un lado, al contrario que su padre, que le había cedido las riendas desde el principio.

Y así comenzó la gran enemistad, el amargo distanciamiento que duraba desde entonces. Porque Elliott se negó en redondo a confiar en que él pudiera llevar las riendas de la propiedad como era debido y ocuparse adecuadamente de su propio hermano. Se entrometió y no tardó en descubrir que faltaba una enorme fortuna en joyas, aunque ninguna de ellas estuviera vinculada al título. De modo que no tuvo que reflexionar mucho para llegar a la conclusión más obvia y comenzaron a volar las acusaciones.

Con lo mandó al cuerno.

No quiso explicarle nada, no quiso confiar en su primo. Eso habría sido demasiado fácil. Además, Elliott no le había preguntado nada acerca de lo sucedido, ni le había invitado a explicarse. Se limitó a llegar a una conclusión lógica, o a lo que él pensaba que era una conclusión lógica. Y lo llamó «ladrón», un ladrón de la peor calaña. Un ladrón capaz de robarle a un hermano con retraso mental que lo quería con locura y que confiaba en él ciegamente porque el pobre no daba para más.

La verdad sea dicha, ya le guardaba rencor a Elliott antes de que hiciera el mencionado descubrimiento y la acusación. Porque su primo, que acababa de ser nombrado vizconde de Lyngate después de la muerte de su padre, era un cruel recordatorio de que él no se había convertido en el conde de Merton después de la muerte del suyo, aunque también fuera el primogénito.

En cualquier caso, mandó a Elliott al cuerno.

Y a diferencia de lo que había sucedido en otras ocasiones después de una pelea, fueron incapaces de darse de puñetazos y acabar sonriendo mientras admitían que se lo habían pasado en grande. Aunque les sangrase la nariz y se llevaran los dedos a los ojos para aliviar el dolor de la hinchazón.

Porque no era de ese tipo de disputas. Era una situación irremediable.

En vez de recurrir a los puños, Constantine decidió convertir la vida de Elliott en un infierno, al menos siempre que estuviera en Warren Hall. E iba a menudo. Utilizó a Jon para que jugara con su primo, aunque este encontraba su actitud molesta, frustrante y en más de una ocasión humillante. A Jon, por el contrario, le parecía divertidísimo. De modo que esos juegos ensancharon la brecha existente entre ellos. A veces, por ejemplo, le decía a Jon que se escondiera cuando Elliott llegaba, de modo que su primo perdía un tiempo valioso mientras lo buscaba. Él se limitaba a observar la escena cruzado de brazos y apoyado en la jamba de alguna puerta, sonriendo con desdén.

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