Una Aventura Secreta
- Автор: Бэлоу Мэри
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Una Aventura Secreta». Краткое содержание книги:
Su nombre es Hannah Reid. Nacida plebeya, se convirtió en la duquesa de Dunbarton desde que a los diecinueve años se casó con el anciano duque al que, según los rumores, le fue constantemente infiel. Y ahora que su marido ha muerto, Hannah, más femenina y bella que nunca a sus treinta años, ha obtenido la libertad que tanto deseaba y sabe muy bien lo primero que va a hacer con ella: buscarse un amante; no cualquier amante, sino el más peligroso y atractivo de toda la alta sociedad londinense, Constantine Huxtable.
Siendo un hijo ilegítimo, Constantine no ha podido acceder al título de conde, así que nunca se ha negado ningún placer que pudiera manchar su reputación. Se dice de él que lleva una vida de asueto y placer carnal en su villa del campo y que siempre elige como amantes a las viudas más recientes. Con lo que Hannah parece entrar dentro de sus expectativas.
Pero una vez que estos dos apasionados y escandalosos personajes cruzan sus vidas, se dan cuenta de que no es tan fácil liberar las llamas del deseo… sin salir chamuscado, y que ambos guardan secretos que, cuando sean revelados, nadie será capaz de decidir quién de los dos se enamorará primero, quién domará a quién y quien saldrá ganador de este juego de corazones.
Hannah estaba impresionada. La mayoría de los hombres habría aplazado el tema todo lo posible. Y cuando Constantine salió de la cama, ella estaba dormida. Seguramente habría seguido durmiendo toda la noche. Sin embargo, había decidido recordarle que estaba en su derecho de preguntarle sobre sí mismo y de esperar una respuesta.
Sospechaba que era un hombre lleno de secretos y dudaba de que hubiera desvelado alguno de forma voluntaria alguna vez, ni siquiera a sus allegados o a sus seres queridos. Era un hombre muy reservado.
¿Quiénes serían sus allegados y sus seres queridos? ¿Sus primos? ¿Los que habían usurpado lo que debería haber sido suyo por derecho?
¿Sería un hombre solitario? De repente, sospechaba que lo era.
Y, al parecer, también era un hombre de palabra. Se había comportado mal con la pobre Barbara, lo sabía y se arrepentía de ello. Y en ese momento pensaba redimirse de la única forma que sabía. Contestando a todas sus preguntas.
Dadas las circunstancias sería una crueldad hacérselas, obligarlo a desvelar los secretos de una vida que con tanto celo había guardado.
En ese instante no parecía tan enigmático, elegante y peligroso como de costumbre. De hecho, estaba sentado de forma muy poco elegante… como ella. Estaba guapísimo.
Sintió algo llamando a su corazón. Pero le negó la entrada.
Apuró el bizcocho.
– Debería haber sabido que responderías con sorprendente astucia a mi oferta de contártelo todo -dijo él.
Hannah enarcó las cejas al escucharlo.
– Guardando silencio -concluyó Constantine.
Y en ese momento comprendió que si había elegido a Constantine Huxtable para que fuera su primer amante, no lo había hecho solo por su atractivo físico, por muy considerable que este fuera. Se había sentido atraída por esa reserva, que dejaba traslucir la profundidad de su carácter y que, aunque indicara una segura oscuridad en su interior, también podía ocultar un universo de luz.
Se había sentido atraída por el misterio que irradiaba, aunque careciera de evidencias de que realmente existiera algún misterio.
Había sido consciente de todo eso desde el principio, por supuesto. Antes de que se convirtieran en amantes le había asegurado que insistiría en conocer todo lo que hubiera que conocer sobre él. Sin embargo, en aquel momento no comprendía lo que decía. Porque pensaba que su principal interés en Constantine radicaba en el plano físico.
¿Ya no era así?
Carecía de la experiencia para compararlo con otro. Pero estaba segura de que no había ningún hombre que pudiera complacerla tanto como él. Una idea nada esperanzadora para los años venideros. Había comenzado con lo mejor, de modo que… ¿qué llegaría después?
¿No tenía suficiente con el plano físico?
Ese afán por conocerlo… ¿no debería haber reflexionado al respecto antes de que fuera demasiado tarde?
Demasiado tarde ¿para qué?
– Ainsley Park -lo oyó decir de repente al tiempo que soltaba la taza y el platillo en la mesa que tenía al lado-. Así se llama mi propiedad en Gloucestershire. La mansión y los terrenos circundantes no pueden compararse con Warren Hall, pero también son impresionantes. Hasta la residencia de la viuda tiene un tamaño considerable. La granja que abastece a la propiedad también es grande. Además, la he ampliado al no arrendar dos de las parcelas que habían quedado vacantes. Es una propiedad próspera, un hervidero de actividad.
– ¿Era de tu padre? -quiso saber Hannah.
– No -contestó al tiempo que negaba también con la cabeza-. Todas las propiedades de mi padre estaban vinculadas al título. Son de Merton.
– ¿Y pudiste permitirte comprarla?
Constantine esbozó una lenta sonrisa.
– Esa es la pregunta que todos mis conocidos quieren que responda desde que la compré -respondió-. Sobre todo Moreland, que lo sabe. O más bien cree saberlo.
– ¿Y? -lo instó, al tiempo que soltaba la taza para después introducir las manos en las mangas del batín, cruzando los brazos.
– No la compré -contestó Constantine-. La gané.
– ¿¡La ganaste!?
– Cuando me marché de casa, me dediqué a apostar en las mesas de juego, tal como suelen hacer los caballeros ociosos -adujo-. Siempre acababa perdiéndolo todo, salvo la ropa que llevaba puesta; sin embargo, no era tan tonto como para apostar más de lo que llevaba encima, que tampoco es que fuera mucho. Tenía una asignación mensual, pero mi padre me ataba en corto. Sin embargo, la apuesta a la que me refiero tuvo lugar después de su muerte, cuando Jon ya era conde, y esa vez busqué de forma deliberada una mesa donde las apuestas fueran altas y no se diera cuartel, por decirlo de alguna manera. Y aposté con dinero que en realidad no me pertenecía, pero que había obtenido gracias a la venta de cierta joya. Algo de lo que ambos sabemos mucho, duquesa. Dicho dinero no me pertenecía, y creo que jamás he sentido un terror semejante al que sentí cuando me senté a la mesa para jugar y aposté la cantidad que mis contrincantes esperaban de mí.
Hannah cerró los ojos.
– Al cabo de diez minutos -siguió Constantine-, había ganado Ainsley Park. No era la casa solariega vinculada al título del hombre que se la jugó y perderla por una mala mano no pareció molestarlo en exceso. Lo que sí le molestó, tanto a él como a sus amigos, fue que cogiera mis ganancias y abandonara la partida. Me amenazaron con no volver a incluirme en su venerado círculo jamás. No sé si habrían cumplido la amenaza o no. Seguramente sí. Desde entonces no he vuelto a apostar; salvo cantidades pequeñas en bailes y en fiestas privadas, supongo.
– ¿Y el dinero de la venta de la joya? -preguntó ella.
– Se empleó para lo que se suponía que se debía emplear -contestó.
– ¿Y nadie sabe cómo adquiriste Ainsley Park?
– Que piensen lo que quieran -respondió.
– ¿Y qué es lo que suelen pensar?
– Que lo compré con dinero ilícito, supongo -contestó al tiempo que se encogía de hombros-. No andan muy desencaminados.
– ¿Vives solo en la propiedad? -quiso saber. Le parecía muy triste que se hubiera apartado de su familia y de sus amigos de esa manera.
Constantine soltó una breve carcajada.
– No precisamente -respondió-. De hecho, la casa… o más bien la mansión, está tan atestada de gente que no queda ninguna habitación libre para mí. Así que vivo en la residencia de la viuda. E incluso ese remanso de paz está siendo invadido de forma lenta pero inexorable.
Hannah movió las piernas de modo que las plantas de sus pies quedaron apoyadas en el asiento. Se abrazó las piernas y colocó la barbilla sobre las rodillas.
– Constantine, vas a tener que explicármelo o me pasaré toda una semana sin dormir por la curiosidad. Además, me lo debes. ¿Quiénes son esas personas que viven en tu propiedad?
– Empecé llevando mujeres -contestó-. Mujeres cuyo carácter y reputación estaban por los suelos porque o bien aquellos para los que trabajaban o bien sus superiores desde el punto de vista social consideraban entre los derechos que Dios les otorgó el de disponer a placer de las mujeres que se les antojaban. Mujeres acompañadas por sus hijos bastardos. En Ainsley Park tienen un hogar y un trabajo honesto que desempeñar en la casa o en la granja. Además, reciben formación como costureras, sombrereras, cocineras o cualquier otra profesión que les resulte interesante, siempre y cuando encuentre a alguien que imparta esos conocimientos a cambio de un alojamiento, de un plato de comida y de un salario módico. Al final les buscamos un puesto de trabajo con personas que están dispuestas a aceptarlas. A ellas, a sus bastardos y a sus reputaciones.
– ¿Por qué? -Quiso saber Hannah-. ¿Por qué ese tipo de mujer en concreto?
La expresión de Constantine se tornó seria y meditabunda.
– Digamos que… -comenzó-. Digamos que conocía a algunas mujeres en esas circunstancias y al hombre que les quitó todo salvo la vida. Sabía lo que habían perdido: sus trabajos, sus familias, el respeto de todos sus conocidos. Sabía lo que habían padecido: el ostracismo. Y sabía que con el poco dinero que podía darles de vez en cuando no las ayudaba a cambiar dichas circunstancias. Tenía muy claro que no podía ofrecerles mi ayuda abiertamente porque la gente llegaría a ciertas conclusiones, y eso habría empeorado su situación. Si acaso podía empeorar, claro. Yo conocía al hombre que les ocasionó todo eso y que fue despidiéndolas una a una de sus puestos de trabajo, y olvidándolas al sustituirlas por otras que posiblemente acabaran sufriendo el mismo destino.