Cita De Amor
- Автор: Кренц Джейн Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Cita De Amor». Краткое содержание книги:
– ¿Y obtendré yo lo mismo a cambio?
– Puedes estar segura. Cumpliré con mis deberes como marido. -En los ojos de Harry brilló una promesa sensual.
Entrecerrando los ojos, Augusta se negó a dejarse llevar por la provocación.
– Muy bien, señor mío, seremos leales. Pero eso será todo, hasta que yo decida otra cosa.
– Augusta, ¿qué demonios significa esta enigmática afirmación?
Decidida, Augusta volvió el rostro hacia la ventanilla.
– Que en tanto tú no valores el amor, no te lo brindaré yo. -Lo obligaría a comprender que en el matrimonio tenía que haber algo más que un frío intercambio de lealtades.
– Haz lo que te plazca -replicó Harry encogiéndose de hombros.
La joven, abatida interiormente, le lanzó una rápida mirada de soslayo.
– ¿No te importaría que no te amase?
– No, mientras cumplieses tus responsabilidades de esposa.
Augusta se estremeció.
– Eres muy frío. No lo había comprendido. En realidad, al ser testigo de tus últimas acciones, comenzaba a esperar que pudieras ser impetuoso como cualquier Ballinger de Northumberland.
– Nadie es tan impetuoso y temerario como un Ballinger de Northumberland -dijo Harry-. Y yo, menos que nadie.
– Qué pena. -Augusta abrió el bolso y sacó el libro que había llevado para leer en el viaje. Lo abrió y fijó la vista en la página que tenía delante.
– ¿Qué estás leyendo? -preguntó Harry con suavidad.
– Su último libro, señor mío. -No se dignó a levantar la vista-. Observaciones sobre la «Historia de Roma» de Livy.
– Me imagino que te resultará bastante aburrido.
– En absoluto. He leído sus restantes obras y me han parecido muy interesantes.
– ¿Lo dices en serio?
– Sí, si se pasa por alto una evidente deficiencia que se observa en todas ellas -concluyó.
– ¿Deficiencia? ¿Qué deficiencia, puedes explicármelo? -Harry estaba alterado-. ¿Y puedo preguntarte quién eres tú para opinar? No creo que seas una estudiosa de los clásicos.
– No es necesario estudiar a los clásicos para hallar esa persistente falta en sus obras, milord.
– ¿Sí? Querida mía, ¿por qué no me dices, pues, en qué consiste esa falta?
Augusta alzó las cejas y lo miró a los ojos sonriendo con dulzura.
– Lo que más me molesta en tus trabajos es que en todos ellos dejas de lado el papel y la contribución de las mujeres.
– ¿Las mujeres? -Harry la miró perplejo pero se recobró inmediatamente-. Las mujeres no hacen historia.
– He llegado a la conclusión de que prevalece esa opinión porque en su mayor parte la historia está escrita por hombres como tú -dijo Augusta-. Por alguna razón, los escritores han decidido ignorar las aportaciones femeninas. Me di cuenta cuando quise decorar el salón del Pompeya, me resultó muy difícil encontrar la documentación que necesitaba.
– ¡Dios, no puedo creer lo que estoy oyendo! -Harry gimió. Era demasiado. Era la suya una mujer demasiado emotiva que leía, entre otros, a Scott y a Byron. Luego, a pesar de sí mismo, sonrió-. Algo me dice que aportarás un cambio interesante a mi hogar.
Graystone, la mansión que dominaba la propiedad en tierras de Dorset, era una construcción tan sólida e imponente como el dueño. Era un edificio clásico de grandiosas proporciones que se cernía sobre los jardines impecablemente mantenidos. El sol moribundo de las últimas horas de la tarde resplandecía en las ventanas mientras el coche se acercaba por el sendero zigzagueante.
A su llegada se produjo un vértigo de actividad. Los sirvientes se apresuraron a ocuparse de los caballos después de saludar a su nueva señora.
Ansiosa, Augusta miró en derredor al tiempo que Harry la ayudaba a apearse. «Éste es mi nuevo hogar», se dijo una y otra vez. No acababa de comprender el cambio que se había producido en su vida. Era la condesa de Graystone, la esposa de Harry y aquéllos, sus criados. Por fin tenía un hogar propio.
En el mismo momento que ese pensamiento comenzaba a penetrarla, una niña de cabello oscuro salió corriendo por la puerta abierta y se precipitó escalones abajo. Llevaba un austero y sencillo vestido de muselina blanca sin un frunce, ni una cinta.
– ¡Papá! ¡Papá, ya has llegado! Qué contenta estoy…
La expresión de Harry manifestó un genuino afecto al inclinarse a saludar a su hija.
– Meredith, me preguntaba dónde estarías. Ven a conocer a tu nueva madre.
Conteniendo el aliento, Augusta se preguntó cómo la recibiría la niña.
– Hola, Meredith. Es un placer conocerte.
Meredith se volvió hacia Augusta y la miró con un par de inteligentes y cristalinos ojos grises, casi idénticos a los de su padre. Era una hermosa niña.
– Es imposible que seas mi madre, ella está en el cielo -dijo la niña con innegable lógica.
– Esta señora ocupará su lugar -afirmó Harry-. Debes llamarla mamá.
Meredith observó a Augusta con atención y se volvió otra vez hacia su padre.
– No es tan bella como mamá, en el retrato en la galería. Ella tenía cabellos dorados y hermosos ojos azules. A esta mujer no la llamaré mamá.
A Augusta se le encogió el corazón, pero forzó una sonrisa al ver que Harry comenzaba a enfadarse.
– Meredith, estoy segura de que tu madre era la mujer más bonita del mundo. Si era tan hermosa como tú, debió de ser muy bella. Pero quizá te gusten otras cosas de mí. Entretanto, llámame como prefieras. No es necesario que me digas «mamá».
Harry la miró ceñudo.
– Meredith tiene que respetarte y así lo hará.
– Estoy convencida de que lo hará. -Augusta sonrió a la pequeña que, de súbito, parecía abatida-. Hay muchas maneras respetuosas de llamar, ¿verdad Meredith?
– Sí, señora. -La niña lanzó a su padre una mirada inquieta.
Harry alzó las cejas en gesto de reprimenda.
– Te llamará mamá, y se acabó la discusión. Bien, Meredith, ¿dónde está tía Clarissa?
Una mujer alta y enjuta, con un vestido sobrio y sin adornos, de color pizarra, apareció en lo alto de la escalera.
– Aquí estoy, Graystone. Bienvenido a casa.
Clarissa Fleming descendió las escaleras con paso majestuoso. Era una mujer agradable, de unos cuarenta y cinco años, que adoptaba un porte digno y rígido. Contemplaba el mundo con observadores ojos grises, como si quisiera fortalecerse contra la desilusión. El cabello encanecido se recogía severo sobre su nuca.
– Augusta, ésta es la señorita Clarissa Fleming -dijo Harry, haciendo rápidamente las presentaciones-. Ya te he hablado de ella. Es una familiar que me hizo el favor de convertirse en institutriz de Meredith.
– Claro que sí. -Augusta dirigió una sonrisa a la mujer pero en lo profundo suspiró desdichada pues tampoco recibía por ese lado una bienvenida demasiado cálida.
– Esta mañana se nos ha dado la noticia de la boda -dijo Clarissa con mordacidad-, algo apresurada. Pensábamos que se celebraría dentro de cuatro meses.
– Las circunstancias cambiaron de súbito -dijo Harry, sin extenderse en disculpas ni explicaciones, componiendo una sonrisa fría y remota-. Es algo sorprendente pero, aun así, estoy seguro de que le darás la bienvenida a mi mujer, ¿verdad, Clarissa?
Clarissa inspeccionó a Augusta de pies a cabeza.
– Por supuesto -dijo-. Si me sigue, le mostraré su dormitorio. Supongo que después del viaje querrá refrescarse.
– Gracias. -Augusta miró de soslayo a Harry que se dedicaba a impartir órdenes a los criados. Meredith estaba a su lado, la manecita pequeña en la del padre. Ninguno de los dos le prestaba ya la menor atención.
– Tengo entendido -recitó Clarissa mientras subían los escalones y entraban en el amplio vestíbulo de mármol- que está usted emparentada con lady Prudence Ballinger, autora de varios libros de estudio muy útiles para las jóvenes.
– Lady Prudence era mi tía.