La gardenia blanca de Shanghái
- Автор: Belinda Alexandra
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:
– Tú lo has matado, tú, niña egoísta -me susurró, con una voz rasposa-. Trabajó por ti hasta la extenuación. Estaba fuerte como un buey antes de tu boda.
Más tarde, en el velatorio, Dimitri y yo nos atiborramos a galletas de jengibre, anhelando catar de nuevo la dulzura en nuestras bocas entumecidas. Amelia había logrado distraerse durante los preparativos del funeral con excursiones a las carreras y expediciones de compras, mientras que Dimitri y yo deambulábamos por el apartamento como fantasmas, desprovistos del sentido del gusto y del olfato. Todos los días descubríamos en una estantería o en un armario algún nuevo objeto, una fotografía en un marco, una baratija, un adorno, que Serguéi había elegido cariñosamente para nosotros. Su intención había sido que nos proporcionaran alegría cada vez que los encontráramos, pero la sombra de su muerte hacía que aquellos objetos nos hirieran como flechas. En la cama, nos aferrábamos mutuamente, no como recién casados, sino como quien está a punto de ahogarse, observando el rostro ceniciento del otro en busca de respuestas.
– No os sintáis culpables -nos dijo Luba, tratando de consolarnos-. No creo que temiera molestaros en vuestra noche de bodas. Lo que creo es que supo que iba a morir y quería estar cerca de vosotros. Le recordabais tanto a él mismo y a Marina…
Nunca le dijimos a Amelia que habíamos enterrado a Serguéi con su anillo de bodas puesto, ni que la tumba junto a la suya, con una inscripción en ruso y dos palomas grabadas, una viva y otra muerta, era la de Marina.
El día siguiente al funeral, Alexéi nos reunió en su oficina para la lectura del testamento. Tendría que haber sido un asunto sencillo. A Dimitri le pertenecería el apartamento, Amelia se quedaría con la casa, y el Moscú-Shanghái se dividiría entre los dos.
Pero el modo en el que Luba merodeaba nerviosamente, retorciendo el nudo de su bufanda y temblando mientras servía el té, me hizo pensar que algo malo iba a ocurrir. Dimitri y yo nos acurrucamos juntos en el sofá, mientras Amelia se dejó caer en el sillón de piel junto a la ventana, con sus angulosas facciones bañadas por la luz matutina. Sus ojos se entrecerraron y me recordó de nuevo a una serpiente enroscada a punto de atacar. Comprendí la ferocidad de su odio hacia mí. Provenía de su sentido de supervivencia. Serguéi se había sentido mucho más cercano a mí que a ninguna otra persona durante el último año.
Alexéi mantuvo el suspense, revolviendo los papeles de su mesa y tomándose su tiempo para encenderse una pipa. Sus movimientos eran torpes y lentos, abrumados por el dolor que sentía por la muerte del hombre que había sido su amigo durante más de treinta años.
– No voy a demorarme más -declaró, finalmente-. El último testamento de Serguéi, que revoca a todos los testamentos anteriores, elaborado el día vigésimo primero de agosto de 1947, es muy simple y claro.
Se frotó los ojos y se puso las gafas antes de dirigirse a Dimitri y Amelia.
– Aunque os quería a todos de igual manera y con igual cariño, y quizás os produzca perplejidad por su elección, sus deseos son claros y exactos: «Yo, Serguéi Nikoláievich Kirilov, lego todas mis posesiones terrenales, incluyendo mi casa y todo lo que la misma contiene y mi negocio, el Moscú-Shanghái, a Anna Victorovna Kozlova».
Las palabras de Alexéi recibieron como respuesta un silencio atónito. Nadie se movió. Creo que estaban esperando a que Alexéi añadiera algo más, que incluyera algún tipo de condición. En su lugar, se quitó las gafas y dijo: «Eso es todo». Se me secó tanto la boca que no podía cerrarla. Dimitri se levantó y caminó hacia la ventana. Amelia se hundió en el sillón. Lo que acababa de ocurrir me parecía totalmente irreal. ¿Cómo podía Serguéi, alguien a quien quería y en quien confiaba, hacerme algo así? Había traicionado a Dimitri tras todos sus años de lealtad y me había hecho su cómplice. Mi mente se aceleró tratando de pensar en una razón, pero aquello carecía de sentido.
– ¿Hizo este testamento cuando Anya y yo nos comprometimos? -preguntó Dimitri.
– La fecha indica que así es -respondió Alexéi.
– «La fecha indica que así es» -repitió Amelia, con un gesto cargado de desdén-. ¿Es que no eres su abogado? ¿No le aconsejaste sobre su testamento?
– Como ya sabes, Amelia, Serguéi no ha estado bien durante algún tiempo. Fui testigo de su testamento, pero no le aconsejé sobre el contenido del mismo -replicó Alexéi.
– ¿Acaso los abogados aceptan los testamentos de personas de las que sospechan que no están sanos de cuerpo y mente? ¡Yo creo que no! -espetó Amelia, inclinándose sobre el escritorio. Había sacado sus colmillos y estaba dispuesta a atacar.
Alexéi se encogió de hombros. Me dio la impresión de que estaba disfrutando al ver a Amelia tan desconcertada.
– Creo que Anya es una joven de carácter impecable -declaró-. Como esposa, compartirá todas sus posesiones con Dimitri y, ya que tú has sido tan caritativa con ella, estoy seguro de que mostrará el mismo tipo de amabilidad contigo.
Amelia se levantó de un salto.
– Llegó aquí como una mendiga -dijo, sin mirarme-. Nunca ha tenido la intención de quedarse. Le ofrecimos nuestra caridad. ¿Comprendes? Caridad. ¡Y él nos vuelve la espalda a Dimitri y a mí y le deja todo a ella!
Dimitri cruzó la habitación y se detuvo frente a mí. Me cogió la barbilla entre las manos y me miró a los ojos.
– ¿Sabías algo sobre esto? -me preguntó.
Empalidecí ante su pregunta.
– ¡No! -exclamé.
Me agarró la mano para ayudarme a levantarme del sofá. Era el gesto de un marido atento, pero, tan pronto como le rocé la piel, noté que su sangre se había congelado.
No se me escapó el odio de la mirada de Amelia mientras nos veía marchar. Su expresión se me clavaba como un cuchillo en la espalda.
Dimitri no pronunció ni una sola palabra durante la vuelta a casa. Tampoco dijo nada cuando ya nos encontrábamos en la privacidad de nuestro apartamento. Se pasó la tarde entera encorvado contra el alféizar de la ventana, fumando y mirando a la calle. El peso de la conversación recayó en mí, y me sentía demasiado hastiada como para encargarme de hablar. Lloré, y mis lágrimas gotearon en la sopa de zanahoria que preparé para la cena. Me corté mientras partía el pan y dejé que la sangre tiñera la hogaza. Pensé que si Dimitri ingería mi dolor, creería en mi inocencia.
Por la noche, Dimitri se mantuvo rígido en su asiento, contemplando el fuego. Apartaba la mirada de mí, mientras que yo lo observaba con insistencia, sintiéndome vulnerable y deseando que me perdonara por una culpa que no había cometido.
Finalmente, al levantarse para irse a la cama, me dirigió la palabra:
– Parece que, al final, no se fiaba de mí, ¿eh? -dijo-. Después de repetirme tantas veces que yo era como un hijo, seguía viéndome como la escoria de los bajos fondos. No lo bastante bueno como para confiar en mí.
Los músculos de mi espalda se tensaron. Mi mente se movió en dos direcciones al mismo tiempo. Me sentía aliviada y aterrorizada al ver que Dimitri me volvía a hablar.
– No pienses eso -le contesté-. Serguéi te adoraba. Es lo que dice Alexéi: no estaba en su sano juicio.
Dimitri se frotó el demacrado rostro con las manos. Me dolía ver la amargura en su mirada. Anhelaba abrazarle, volver a hacer el amor con él. Hubiera dado cualquier cosa por ver deseo en lugar de sufrimiento en su rostro. Solamente habíamos disfrutado de una noche de verdadero amor y felicidad. Desde entonces, todo había ido decayendo; deteriorándose y pudriéndose. La amargura hacía que nuestro hogar apestara, del mismo modo que el cadáver en descomposición de Serguéi había impregnado la casa con su hedor.