La gardenia blanca de Shanghái
- Автор: Belinda Alexandra
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:
Hacia medianoche, se me empezaron a cerrar los párpados. Me desplomé sobre Dimitri.
– Te llevaré a casa -me susurró-. Creo que estás rendida por tantas emociones.
En el rellano, Dimitri me atrajo hacia él y me besó. La voluptuosidad de sus labios me sorprendió. La calidez que transmitían me produjo un hormigueo a lo largo de toda la espalda. Separó los labios, excitado, y recorrió los míos con la lengua. Bebí de su sabor, tomando sus besos a sorbos como si fueran champán. La puerta se abrió a nuestras espaldas y la anciana doncella profirió un alarido. Dimitri se separó de mí y se echó a reír.
– Nos vamos a casar, ya sabe -le dijo a la doncella. Pero ella lo fulminó con la mirada y señaló hacia la verja con su puntiaguda barbilla.
Una vez que Dimitri se hubo marchado, la anciana doncella cerró el candado de la puerta, y yo me dirigí escaleras arriba, sintiendo aún la humedad que el beso de Dimitri había dejado en mis labios.
El aire de mi habitación era opresivo. Las ventanas estaban abiertas, pero las doncellas habían corrido las cortinas cuando vinieron a hacer la cama para evitar que entraran los mosquitos. El calor atrapado en el interior me recordó a un invernadero. Denso y húmedo. Una gota de sudor me resbaló por la garganta. Apagué la luz y abrí las cortinas. Dimitri estaba allí, de pie, en mitad del jardín, mirándome. Sonreí, y él me saludó con la mano.
– Buenas noches -me dijo, se volvió hacia el camino y desapareció de mi vista, yéndose a hurtadillas, como un ladrón. La felicidad burbujeó en mi interior. El beso que habíamos compartido era como un presagio de buena suerte que sellaba nuestra unión. Me quité el vestido y lo arrojé sobre una silla, mientras disfrutaba del alivio de sentir el aire sobre la piel. Me tiré sobre la cama, hundiéndome en ella.
El aire de la noche permaneció pegajoso e inmóvil. En lugar de quitarme las sábanas de encima, logré enfundarme en ellas como en un capullo. Me desperté a primera hora de la mañana, acalorada e irritada. Amelia y Serguéi estaban peleándose abajo, y sus palabras resonaban claramente, como dos copas de cristal tintineando, por la quietud del aire.
– ¿Qué estás haciendo, viejo loco? -le espetó Amelia, con su voz distorsionada por el alcohol-. ¿Por qué te preocupas tanto por ellos? ¡Mira todas estas cosas! ¿Dónde has estado guardándolas durante todo este tiempo?
Escuché el sonido de las tazas chocando contra los platos, y de la cubertería resonando contra la mesa. Serguéi contestó:
– Ellos son como nuestros… como mis hijos. Éste será el momento más feliz en años.
Amelia dejó escapar una serie de agudas risotadas.
– ¡¡Sabes que la única razón de que se casen es que no pueden esperar para follarse!! ¡Si verdaderamente se amaran, esperarían hasta que ella tuviera dieciocho años!
– Vete a la cama. Me avergüenzo de ti -le respondió Serguéi, levantando la voz sin alterarse-. Marina y yo teníamos la misma edad que Dimitri y Anya cuando nos casamos.
– ¡Oh, claro! Marina -exclamó Amelia.
La casa se sumió en el silencio. Unos minutos después, escuché pasos en la entrada y la puerta de mi cuarto se abrió. Apareció Amelia, de la que percibí una imagen borrosa de su cabello negro y un vestido de noche blanco. Se quedó allí parada, mirándome, ignorante de que yo estaba despierta. Su mirada me produjo un escalofrío, como si una larga uña afilada me estuviera recorriendo la columna vertebral.
– ¿Cuándo vais a dejar de vivir todos vosotros en el pasado? -exclamó en voz baja.
Traté de no moverme mientras me miraba. Fingí un suspiro soñoliento y ella se retiró, dejando la puerta abierta tras ella.
Esperé hasta que escuché el sonido del pestillo de la puerta del dormitorio de Amelia antes de deslizarme fuera de la cama y bajar al primer piso. Sentí el frescor de las baldosas contra mis ardientes pies, y los húmedos dedos de mis manos se pegaban a la balaustrada. El aire polvoriento olía a perfume de limón. El primer piso estaba oscuro y vacío. Me preguntaba si Serguéi se habría ido también a la cama, hasta que percibí la delgada línea de luz que provenía de la puerta del comedor. Avancé de puntillas por el vestíbulo y apoyé la oreja contra la madera tallada. Escuché una melodía arrulladora, tan intensa y fascinante que fue como si me entrara en la sangre y me hiriera la piel desde dentro. Vacilé un instante antes de girar el pomo de la puerta.
Las ventanas estaban totalmente abiertas y había un gramófono sobre el aparador. Gracias a la tenue luz de la mañana pude ver que la mesa estaba totalmente cubierta de cajas. Algunas estaban abiertas, y de ellas sobresalía un papel de envolver tan amarillento y agrietado que se arrugó cuando lo toqué. Contenían montañas de platos y fuentes, apiladas en orden según su estampado. Cogí uno. Tenía el borde dorado y llevaba el sello de un blasón familiar. Escuché un gemido. Levanté la mirada para ver la silueta de Serguéi hundida en una silla junto a la chimenea. Hice una mueca, esperando ver la maloliente llama azul elevándose desde donde se encontraba. Pero Serguéi no estaba fumando opio y, a partir de aquella noche, no volvería a hacerlo. Una de sus manos colgaba sin fuerzas a un lado y pensé que estaría dormido. Uno de sus pies reposaba junto al lateral de una maleta abierta, de la cual brotaba algo que parecía una voluminosa nube blanca.
– El Réquiem de Dvorak -comentó, girándose para mirarme. Su rostro se mantenía en sombra, pero pude percibir lo demacrado que estaba alrededor de los ojos y el color azul moteado de sus labios-. A ella le encantaba esta parte. Escucha.
Me acerqué a él y me senté en el brazo de la silla, acunando su cabeza entre mis brazos. La música nos envolvió. Los violines y los tambores crecieron como una tormenta, hasta el punto de que anhelé que la melodía llegara a su fin. Serguéi me apretó la mano con la suya. Yo presioné sus dedos contra mis labios.
– No dejamos de añorarlas, ¿verdad que no, Anya? -me preguntó-. La vida no prosigue tal y como te dicen. Se detiene. Sólo los días siguen pasando.
Me incliné y pasé la mano por encima del objeto níveo dentro de la maleta. Era sedoso al tacto. Serguéi tiró del cable de la lámpara y, con más luz, comprobé que estaba tocando capas de tejido.
– Cógelo -me ordenó.
Levanté la tela y advertí que era un traje de novia. La seda era antigua, pero estaba bien conservada.
Entre Serguéi y yo sacamos el pesado vestido y lo extendimos sobre la mesa. Admiré el brocado, y el motivo del corpiño bordado me recordó a los soles en espiral de Van Gogh. Estaba segura de que podía oler la fragancia de violetas que desprendía la tela. Serguéi abrió otra maleta y extrajo un objeto envuelto en papel transparente. Colocó la corona dorada y el velo en la parte superior del vestido, mientras yo alisaba la falda. La cola estaba ribeteada por cintas de satén azules, rojas y doradas. Los colores de la nobleza rusa.
Serguéi contempló el vestido, con el recuerdo de su feliz pasado brillándole en los ojos. Sabía lo que me iba a pedir antes de que lo dijera.
Dimitri y yo nos casamos poco después de mi decimosexto cumpleaños, entre la fragancia embriagadora de miles de flores. Serguéi se había pasado todo el día anterior buscando a los mejores floristas y recorriendo los jardines privados más elegantes de toda la ciudad. Él y su criado volvieron en un coche atestado de arreglos florales, con las manos llenas de cortes. Transformaron el vestíbulo de entrada del Moscú-Shanghái en un jardín aromático. Rosas duquesa de Bravante con sus capullos de copa doble perfumaban el aire con un dulce aroma a frambuesa. Ramos de rosas Perle des Jardins de color amarillo canario, cuya fragancia era parecida a la del té recién hecho, brotaban de entre el follaje color verde oscuro brillante. Entre estas voluptuosas flores, Serguéi dispuso ramitos de lirios calla y orquídeas sandalia de Venus. A esta mezcla embriagadora le sumó cuencos de peltre llenos de cerezas, manzanas especiadas y uvas, de modo que el efecto final provocaba un total abandono de los sentidos.