La gardenia blanca de Shanghái
- Автор: Belinda Alexandra
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:
– Y, en todo caso, todo lo que es mío es tuyo -continué-. No has perdido el club.
– Y entonces, ¿por qué no ha tenido la decencia de colocar al marido en primer lugar?
Volvimos a caer de nuevo en un silencio hostil, Dimitri se movió otra vez hacia la ventana, y yo me retiré hacia la puerta de la cocina. Deseaba gritar por la injusticia de mi situación. Serguéi había preparado con cariño el apartamento para nosotros, y después, con un solo cambio de su testamento, lo había convertido en un campo de batalla.
– Nunca he entendido su relación con Amelia -comenté-. A veces, parecía que se odiaban. ¿Quizás Serguéi temiera la influencia que ella pudiera ejercer sobre ti?
Dimitri se volvió con tal rencor en la mirada que un temblor me recorrió la espalda. Cerró las manos, apretando los puños.
– Lo peor no es lo que me ha hecho a mí, sino lo que le ha hecho a Amelia -respondió-. Ella trabajó por el club mientras él estaba ocupado, remojándose el cerebro en opio, perdido en las ilusiones de su glorioso pasado. Sin ella, él hubiera sido otro de esos corrompidos rusos tirados en la cuneta. Es fácil criticarla porque nació en la calle, porque no tiene elegantes modales aristocráticos. Pero ¿qué significan realmente esos modales? Dime, ¿quién es más honrado?
– Dimitri -exclamé-, ¿qué dices?, ¿de quién estás hablando?
Dimitri se levantó del alféizar y se dirigió a grandes zancadas hacia la puerta. Le seguí. Había cogido su abrigo del armario y se lo estaba poniendo.
– Dimitri, ¡no te vayas! -le supliqué, aunque me percaté de que, en realidad, lo que quería decirle era: «No te vayas con ella».
Se abrochó los botones del abrigo y se cerró el cinturón, ignorándome.
– Lo hecho, hecho está -le dije-, pero podemos dividir el Moscú-Shanghái entre vosotros dos. Te lo cederé legalmente a ti para que puedas decidir lo que quieres darle a Amelia. Y entonces, vosotros dos podréis gestionarlo como siempre habéis hecho, independientemente de mí.
Dimitri paró de abrocharse el abrigo y me observó detenidamente. El gesto burlón de su rostro se suavizó y el corazón me dio un brinco de esperanza.
– Ése sería un buen gesto -respondió-. Y también dejarla quedarse en la casa, aunque ahora sea tuya.
– Por supuesto, no tengo intención de hacer ninguna otra cosa.
Dimitri extendió los brazos. Corrí hacia él, hundiendo mi cara en la solapa de su abrigo. Noté como presionaba los labios contra mi cabello e inhalé su olor, que me resultaba tan familiar. «Todo se arreglará entre nosotros -me dije para mis adentros-, esto pasará y él volverá a amarme.»
La semana siguiente, me fui de compras a la calle Nanking. El tiempo había mejorado tras el frío glacial de la semana anterior, y la calle estaba atestada de gente que trataba de disfrutar de los frágiles rayos del sol de mediodía. Riadas de hombres de negocios brotaban de los edificios de oficinas y bancos, por ser la hora del almuerzo; mujeres que arrastraban carritos de la compra se saludaban en las esquinas y, en todos los lugares a los que dirigía mi vista, había puestos de vendedores callejeros. El olor de las carnes especiadas y de las castañas asadas de los vendedores me abrió el apetito. Estaba leyendo el menú del escaparate de un restaurante italiano y tratando de decidirme entre zuppa di cozze o spaghetti alla marinara, cuando repentinamente alguien profirió un grito tan estridente y atroz que se me paró el corazón. La gente se echó a correr en todas direcciones con el terror reflejado en sus rostros. Recibí empujones por todas partes. Sin embargo, la muchedumbre se vio constreñida por dos camiones militares que aparecieron en cada extremo de la manzana y, de repente, me encontré aprisionada entre un escaparate y un hombre corpulento, que se aplastó tanto contra mí que pensé que se me romperían las costillas. Me zafé del hombre para introducirme en la multitud enloquecida. Todo el mundo luchaba con el resto, tratando de apartarse de lo que estaba ocurriendo en la calle, fuera lo que fuese.
Me empujaron hasta la primera fila de la multitud y me encontré cara a cara con un grupo de soldados del ejército nacionalista. Los soldados apuntaban con sus rifles a una línea de jóvenes chinos, hombres y mujeres, que estaban arrodillados en el suelo, con las manos entrelazadas detrás de la cabeza. Los estudiantes no parecían asustados, solamente desorientados. Una de las chicas miraba con ojos entrecerrados a la multitud, y me percaté de que sus gafas se le habían quedado enganchadas en el cuello de la chaqueta. Estaban rotas, como si la hubieran golpeado y se le hubieran caído de la cara. Dos capitanes estaban de pie junto a ella, discutiendo en voz baja. De repente, uno se separó bruscamente del otro. Avanzó dando grandes zancadas hasta colocarse detrás del primer muchacho de la fila, sacó una pistola del cinturón y le disparó al chico a la cabeza. El rostro del muchacho se desfiguró por el impacto de la bala. Un chorro de sangre brotó como una fuente de la herida. Se derrumbó en la acera, mientras la sangre formaba un charco a su alrededor. Enmudecí por el horror, pero hubo otras personas entre la multitud que chillaron y gritaron en señal de protesta.
El capitán se movió rápidamente a lo largo de la línea, ejecutando a cada uno de los estudiantes con total indiferencia, como un jardinero que recogiera flores muertas. Fueron cayendo uno a uno, con sus rostros retorciéndose y tensándose al morir. Cuando el capitán llegó a la altura de la chica miope, corrí hacia delante sin pensarlo, como para protegerla. El militar me fulminó con una mirada feroz, pero una mujer inglesa me agarró del brazo y me volvió a introducir entre el gentío. Apretó mi cabeza contra su hombro.
– ¡No mires! -me dijo. Escuché el disparo de la pistola y me solté de la mujer. La chica no murió instantáneamente, como los otros. El disparo no había sido limpio. La mitad de su cabeza había quedado destrozada. Un colgajo de piel pendía sobre su oreja. Se cayó hacia delante y se arrastró por la acera. Los soldados la siguieron, dándole puntapiés y golpes con las culatas de sus fusiles. Gimió: «¡Mamá!, ¡mamá!», antes de quedarse totalmente quieta. Contemplé su silueta inerte y la enorme herida de su cabeza, y me imaginé a una madre en algún lugar, esperando a una hija que nunca volvería a casa.
Un policía sij se abrió camino entre la muchedumbre. Les gritó a los soldados y señaló los cuerpos esparcidos en la acera.
– ¡No tienen ustedes derecho a estar aquí! -les gritó-. ¡Éste no es su territorio!
Los soldados le ignoraron y se volvieron a montar en los camiones. El capitán que había llevado a cabo la matanza se volvió hacia el gentío y dijo: «Todos aquellos que sientan simpatía por los comunistas morirán con los comunistas. Mi advertencia es la siguiente: lo que les he hecho a ellos será exactamente lo mismo que les harán a ustedes si les permiten entrar en Shanghái».
Me apresuré por la calle Nanking, apenas consciente de adónde me dirigía. Mi mente era un revoltijo de imágenes y sonidos.
Me chocaba con la gente y con los carritos de la compra, magullándome los brazos y las caderas sin casi notarlo. Principalmente, pensaba en Tang. Aquella sonrisa retorcida, las manos destrozadas, su necesidad de venganza. No había percibido aquel odio en los ojos de esos jóvenes estudiantes.
Me encontré frente al Moscú-Shanghái y me apresuré a entrar. Dimitri y Amelia estaban en la oficina, examinando los libros de cuentas con su nuevo abogado, un estadounidense llamado Bridges. El ambiente estaba cargado por el humo de sus respectivos cigarrillos, y todos fruncían el ceño con gesto concentrado. Aunque la tensión entre Dimitri y yo se había desvanecido, e incluso Amelia se había comportado muy educadamente tras comprender que no iba a desalojarla de la casa, sólo me atreví a interrumpirles con aquel descaro por la desesperación que sentía.