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La gardenia blanca de Shanghái

Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:

En la pequeña ciudad china de Harbin, Anya Kozlova, una niña de trece años, vive rodeada del amor de sus padres, unos inmigrantes rusos que huyeron de su país tras la revolución bolchevique. Sin embargo, pocos meses antes del final de la segunda guerra mundial, su padre fallece en un trágico accidente y su madre, Alina, es deportada por las autoridades chinas a un campo de trabajo en Siberia. Sola, desesperada y sin ningún otro familiar al que recurrir, Anya se verá obligada a emigrar primero a Shanghái -una glamurosa ciudad en la que trabajará en la sala de fiestas más famosa del momento- para luego marcharse a la isla filipina de Tubabao, donde se encontrará con otros refugiados rusos, y, desde allí, preparar su posterior partida a la Australia de los años cincuenta, un país aún virgen y salvaje donde, tras muchos esfuerzos, logrará el éxito y reconocimiento personal. Testigo de una época dura, apasionante y decisiva en Europa y en el mundo, recorreremos con Anya continentes, países, paisajes y culturas, la veremos enamorarse, casarse y perderlo todo y asistiremos, también, a su lucha por responder a la única pregunta que da sentido a su vida, ¿qué le ocurrió a su madre?
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– A Serguéi nunca le ha gustado conducir -comentó Dimitri-. No entiendo por qué no levantó al sirviente para que lo llevara a donde quería ir. Si fue lo bastante estúpido como para conducir fuera de la Concesión Francesa…

Apreté a Dimitri por la cintura, sin querer imaginar que a Serguéi hubiera podido ocurrirle algo malo.

– ¿Quién llamó ayer por la noche? -le pregunté-. ¿Fue Amelia?

Dimitri hizo un gesto de dolor.

– No, no fue ella.

Podía notar el temblor bajo su piel. El temor cayó sobre nosotros como una nube negra y seguimos andando taciturnos. Las lágrimas me escocían en los ojos. Se suponía que el primer día de mi matrimonio tendría que haber sido el más feliz. En cambio, había comenzado de la manera más triste.

– Vamos, Anya -me animó Dimitri, acelerando el paso-. Probablemente esté dormido en el club, y todo este drama acabe en nada.

Las puertas del vestíbulo de entrada estaban cerradas, pero tratamos de entrar por una lateral. Comprobamos que estaba abierta. Dimitri recorrió la jamba con la palma de la mano en busca de alguna señal de allanamiento, pero no había ninguna. Nos sonreímos.

– Sabía que estaría aquí -comentó Dimitri. Amelia le dijo que había estado llamando al club desde muy temprano, pero si Serguéi estaba durmiendo por el exceso de alcohol o de opio, podía ser que no hubiera oído el teléfono.

El aroma de las rosas en el vestíbulo era abrumador. Presioné el rostro contra los pétalos cubiertos de rocío, absorbiendo su perfume. Me traían a la mente un recuerdo agradable.

– ¡Serguéi! -llamó Dimitri. No hubo respuesta. Corrí hacia el interior del salón, y cruzamos juntos la pista de baile. Mis pasos retumbaron en el espacio vacío y me invadió una súbita tristeza. La oficina estaba desierta. No había nada fuera de lugar, excepto el teléfono, que estaba tirado en el suelo. La base estaba rajada y el cable, enrollado a la pata de una silla.

Buscamos por el restaurante, mirando debajo de las mesas y detrás del mostrador de recepción. Corrimos por la cocina y los baños, e incluso subimos la estrecha escalera que conducía a la azotea, pero no había ni rastro de Serguéi por ninguna parte del club.

– ¿Y ahora qué hacemos? -le pregunté a Dimitri-. Al menos, ya sabemos que fue Serguéi el que nos telefoneó anoche.

Dimitri se restregó la mano contra la mandíbula.

– Quiero que te vayas a casa y me esperes allí -me contestó.

Observé a Dimitri mientras bajaba pesadamente las escaleras de piedra del club y llamaba a un rickshaw. Sabía adónde iría. Se dirigía a los barrios bajos y a los callejones traseros de la Concesión, donde me habían robado el collar de mi madre. Y si no podía encontrar allí a Serguéi, se dirigiría hacia la zona oeste de la calle Chessboard donde, con toda probabilidad, el hedor a opio todavía flotaría en los estrechos callejones. Las fachadas de las tiendas que servían de tapadera se estarían abriendo, y los traficantes estarían guardando sus bártulos hasta la noche siguiente.

En el camino de vuelta al apartamento, pasé delante de salones de té, comercios de incienso y carnicerías que estaban abriendo sus puertas. Cuando llegué a la calle adoquinada situada en la parte trasera del edificio, la encontré desierta. No había ni rastro del niño de la bicicleta o de su madre. Rebusqué en mi bolso la llave de la puerta, pero un aroma dulzón me produjo picor en la nariz e hizo que me diera media vuelta. El aroma de violetas. Levanté la mirada hacia las jardineras de nuestras ventanas, pero sabía que aquel olor no podía provenir de tan arriba.

Localicé la rejilla y el capó de la limusina de Serguéi. Sobresalía de una callejuela entre la panadería y una casa. Me pregunté cómo era posible que Dimitri y yo la hubiéramos pasado por alto antes. Corrí por la calle hacia el automóvil y divisé a Serguéi sentado en el asiento delantero, observándome. Estaba sonriendo, con una mano apoyada en el volante. Proferí un grito de alivio.

– ¡Hemos estado muy preocupados por ti! -le dije, lanzándome sobre el brillante capó-. ¿Has estado aquí toda la noche?

Desde aquel ángulo del capó, el parabrisas reflejaba el brillo del cielo y me impedía ver el rostro de Serguéi. Le observé preguntándome por qué no me contestaba.

– ¡Llevo toda la mañana pensando en comunistas y en asesinatos, y resulta que estás aquí! -le dije.

No salía ni un solo ruido del automóvil. Me deslicé por el capó y logré meterme entre la pared y el asiento del copiloto. Abrí de un tirón la puerta. Un hedor pútrido me impactó. Se me heló la sangre en las venas. El regazo de Serguéi estaba manchado de vómito. Estaba sentado en una postura rígida e innatural.

Le toqué el rostro, pero estaba frío y estirado como el cuero. Se le había enroscado el labio superior hacia arriba, dejando a la vista los dientes. No estaba sonriendo en absoluto.

– ¡No! -grité-. ¡No!

Le agarré los brazos, incapaz de comprender la escena que tenía ante mí. Lo sacudí. Como no respondió, lo agarré aún más fuerte. Fue como si no pudiera creer que lo que estaba viendo era real y como si, agitando el cadáver el tiempo suficiente, pudiera devolverle la vida a Serguéi. Una de sus manos se aferraba a la rodilla, y algo brillaba en su puño. Traté de abrirle los dedos para recuperar el objeto. Era una alianza de boda. Me sequé las lágrimas de los ojos, tratando de ver el diseño que estaba grabado en ella. Un círculo de palomas volando en una tira de oro blanco. Ignoré el hedor, apoyé la cabeza en el hombro de Serguéi y sollocé. Cuando lo hice, estoy segura de que le escuché hablándome: «Entiérrame con él puesto -dijo-, quiero irme con ella».

Dos días después, nos reunimos en el recibidor del club para celebrar el funeral. Los tallos de las rosas de la boda se estaban resecando, igual que las hojas exteriores. Las flores se marchitaron como si estuvieran de luto. Los lirios se secaron y se arrugaron como doncellas ajándose y convirtiéndose en ancianas antes de tiempo. Los sirvientes añadieron clavo y canela a los arreglos florales, por lo que el aire se volvió picante y sombrío, recordándonos que estaban por venir aciagos meses. También quemaron granos de vainilla, tratando de que el aroma arcilloso cubriera el efluvio que se filtraba del tallado ataúd de roble.

Después de haber descubierto a Serguéi, llamé al criado para que me ayudara a llevarlo a casa. Dimitri se reunió con nosotros allí. Amelia llamó a un médico. Él examinó el cuerpo y declaró que la muerte había sido provocada por un ataque al corazón. Dimitri y yo lavamos el cadáver con el mismo cariño de unos padres bañando a su recién nacido, y lo tendimos en una mesa en el recibidor principal, con la intención de llamar a la funeraria al día siguiente. Sin embargo, por la tarde, Amelia nos llamó para pedirnos que volviéramos.

– Toda la casa huele a él. Es imposible escapar.

Cuando llegamos, la casa había sido engullida por un fétido hedor. Examinamos el cuerpo y descubrimos ronchas rojizas en el rostro y el cuello, y que las manos estaban cubiertas de manchas purpúreas. Serguéi estaba pudriéndose ante nosotros, descomponiéndose mucho más rápido de lo normal. Era como si su cuerpo estuviera perseverando en disolverse de este mundo lo más deprisa posible, para volver al polvo sin demora.

El otoño cayó como una guillotina el día del funeral, alejándonos de golpe del último de los cielos azules y tiñéndolo de una tonalidad gris plomizo que nos cubrió por completo. Una llovizna pertinaz nos humedecía los rostros y un viento que cogía fuerza en el norte y llegaba al sur soplando ráfagas glaciales se nos metía en los huesos. Enterramos a Serguéi en el cementerio ruso, a la sombra de cruces ortodoxas y entre el olor de las hojas descompuestas y la tierra húmeda. Me tambaleé al borde de la tumba, contemplando el ataúd que mecía a Serguéi como en un útero materno. Si Amelia sentía aversión por mí antes de la muerte de Serguéi, después de ella, me odiaba ferozmente. Se apretó contra mi costado y me golpeó con el hombro como si esperara que yo también me fuera a caer en la tumba.

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