La gardenia blanca de Shanghái
- Автор: Belinda Alexandra
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:
– ¿Qué sucede? -me preguntó Dimitri levantándose de su asiento.
Su mirada estaba cargada de preocupación, y me pregunté cuál sería mi aspecto en aquel momento.
Me ayudó a sentarme y me apartó el pelo de la cara. Me conmovió su ternura y farfullé todo lo que había presenciado, deteniéndome con frecuencia para tragar las lágrimas que me ahogaban. Escucharon mi relato atentamente y cuando terminé, permanecieron en silencio durante largo rato. Amelia tamborileó con sus largas uñas rojas sobre el escritorio, y Dimitri se paseó hacia la ventana, abriéndola para que entrara el aire.
– Estos no son buenos tiempos -comentó Bridges, frotándose las patillas.
– Yo creo en lo que Serguéi decía -contestó Dimitri-: Sobrevivimos a la guerra y sobreviviremos a esto.
– Las únicas palabras sabias que tuvo a bien ofrecernos -se burló Amelia, sacando un nuevo cigarrillo y encendiéndolo.
– ¿Y qué pasa con los rumores? -inquirió Bridges-. Cada vez se oyen con más frecuencia. Y un buen día ya no hay pan, y al siguiente no hay arroz…
– ¿Qué rumores? -pregunté.
Bridges me observó con atención mientras presionaba uno de sus peludos puños contra su otra mano.
– Dicen que el ejército comunista se ha reagrupado y que está aproximándose al Yangtsé. Que por todo el país los generales nacionalistas están desertando y uniéndose a las tropas de los comunistas. Que planean atacar Shanghái.
Contuve la respiración. Empecé a temblar desde las piernas hasta los brazos. Pensé que iba a vomitar.
– ¿Para qué asustas a Anya? -le preguntó Dimitri-. ¿Te parece un buen momento para decirle estas cosas? ¿Después de todo lo que acaba de presenciar?
– Tonterías -espetó Amelia-. El club va mejor que nunca. Está lleno de británicos, franceses e italianos. Los únicos que se están poniendo nerviosos son los cobardicas de los estadounidenses. ¿Y qué, si vienen los comunistas? Quieren a los chinos, no a nosotros.
– ¿Y qué pasa con el toque de queda? -dijo Bridges.
– ¿Qué toque de queda? -inquirí.
Dimitri miró con enfado a Bridges.
– Será sólo durante el invierno. Para ahorrar combustible y otras existencias. Nada por lo que haya que preocuparse.
– ¿Qué toque de queda? -volví a preguntar, mirando primero a Bridges y luego a Dimitri.
– Solamente podemos abrir cuatro noches a la semana. Y sólo hasta las once y media -dijo Bridges.
– Es una mera precaución para el racionamiento -comentó Dimitri-. Durante la guerra, era más grave.
– Otro acto cobardica de los estadounidenses -añadió Amelia.
– Sólo será durante el invierno -sentenció Dimitri-. Nada de lo que tengamos que preocuparnos en absoluto.
Al día siguiente, Luba vino a verme. Llevaba puesto un traje de color azul cobalto con un ramillete de flores cosido a la solapa. Al principio, me sentí incómoda, porque Dimitri y Amelia habían despedido a su marido como abogado del club, pero Luba no cambió su actitud hacia mí.
– Anya, ¡mira qué pálida y delgada te has quedado! -comentó-. Te voy a llevar a comer bien de verdad. A mi club.
La invité a entrar y me rozó al pasar, mirando por todo el apartamento como si estuviera buscando a alguien. Se acercó rápidamente al aparador y examinó las muñecas; después cogió un buda de jade de la estantería, lo estudió y pasó las manos por las paredes de ladrillo visto. Entonces comprendí lo que buscaba en las cosas que estaba tocando.
– Lo echo de menos como a mi propio padre -le confesé.
Su rostro se contrajo.
– Yo también lo echo de menos.
Nuestras miradas se cruzaron, y Luba se volvió para admirar un cuadro que representaba los jardines chinos. El sol de media mañana brillaba a través de las ventanas sin cortinas, y relucía por encima de los ondulados cabellos de Luba, formando una especie de aureola. Me recordó a la manera en la que las luces del Moscú-Shanghái se proyectaron por encima de los hombros de Serguéi cuando bailamos la noche de la celebración de mi compromiso con Dimitri. Aunque Luba era parte de nuestro círculo, nunca había llegado a conocerla realmente bien. Era una de esas mujeres que se adaptaban tan bien al papel de ser la esposa de alguien que era imposible pensar en ella como algo más que una extensión de su marido. Siempre me había parecido una muñeca robusta y carnosa, que iba del brazo de su marido mostrando una reluciente sonrisa, pero sin revelar nunca sus pensamientos. De pronto, en un instante, nos habíamos convertido en aliadas, por habernos atrevido a recordar a Serguéi con cariño.
– Me voy a vestir -le dije. Después, como por un impulso, le pregunté-. ¿Estabas enamorada de él?
Se echó a reír.
– No, pero sí que le quería -me contestó-. Era primo mío.
El club de Luba estaba en el camino del pozo de la risa. Era un lugar con estilo, pero también algo deslustrado. Las cortinas eran elegantes, pero estaban descoloridas y las alfombras orientales eran magníficas, pero raídas. Los grandes ventanales daban a un jardín rocoso con una fuente y magnolios. El club atraía a las esposas acomodadas que no podían entrar en los clubes británicos. Estaba lleno de mujeres alemanas, holandesas y francesas; la mayoría de ellas tenían aproximadamente la edad de Luba. En el salón comedor había mucho bullicio, por el ruido de las conversaciones y el sonido metálico de los platos y los vasos que los camareros chinos llevaban de un lado para otro en carritos de plata.
Luba y yo compartimos una botella de champán y pedimos pollo a la Kiev, escalope y tarta de queso con chocolate blanco de postre. Me sentí como si estuviera viendo a Luba por primera vez. Al mirarla, era como si estuviera mirando a Serguéi. No me podía creer que no hubiera notado el parecido antes. La misma corpulencia de oso. Las regordetas manos que sostenían el cuchillo y el tenedor tenían manchas que atestiguaban su edad, pero mostraban una cuidadosa manicura; sus hombros eran algo encorvados, pero la barbilla se mantenía erguida. Su piel era elástica y bien cuidada. Abrió un estuche de maquillaje y se empolvó la nariz. Tenía una pequeña mancha de picadura de viruela en la mejilla izquierda, pero llevaba el rostro tan cuidadosamente maquillado que la mancha era prácticamente invisible. Aunque no se parecía nada a mi madre, había algo maternal en Luba que me hizo sentir mucho cariño por ella. O quizás fue porque me recordaba poderosamente a Serguéi.
– ¿Cómo es que ninguno de los dos me ha mencionado nunca que erais primos? -le pregunté mientras nos retiraban los primeros platos de la mesa.
Luba sacudió la cabeza.
– Por causa de Amelia. Serguéi no quiso escucharnos cuando le dijimos que no se casara con ella. Él se sentía solo y ella buscaba una manera fácil de entrar en el mundo del lujo. Como ya sabes, las leyes en Shanghái son complicadas en lo que respecta a los rusos. Todo el resto de los extranjeros debe someterse a las leyes de sus respectivos países, pero nosotros debemos acatar las leyes chinas en la mayoría de los casos. Teníamos que dar todos los pasos necesarios para proteger mis activos.
Luba paseó la mirada por la habitación en busca del camarero, pero él estaba ocupado tomando nota en otras mesas, por lo que cogió ella misma la botella de champán por el cuello y rellenó nuestras copas.
– Anya, tengo que hacerte una advertencia -me confesó.
– ¿Advertirme sobre qué? -le pregunté.
Alisó el mantel con la mano.
– Alexéi fue quien aconsejó a Serguéi para que hiciera el nuevo testamento y dejara fuera a Dimitri.
Me quedé mirándola, boquiabierta.
– ¿De modo que Serguéi no estaba enajenado?
– No.
– Eso casi ha provocado que mi matrimonio se fuera a pique -le dije, con un tono de voz más tenso-. ¿Por qué aconsejaría tu marido una cosa así a Serguéi?