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El Asesino de la Carretera

Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:

Martin Plunkett ha sembrado Estados Unidos con un rastro de muertes. Cuando el FBI consigue darle caza, decide confesar sus crímenes a cambio de que su autobiografía vea la luz. Así, escribe sus memorias mientras cumple las cuatro cadenas perpetuas a que ha sido condenado.
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
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La hora se alargó y supe que los sesenta minutos se habían doblado y triplicado, y que si buscaba corroboración consultando el reloj, perdería hasta el último rastro del autocontrol que había acumulado en treinta años. Pensé en recurrir a la Sombra Sigilosa como entidad separada y rechacé la idea, considerándola una rotunda regresión; empecé a temer que el hecho de matar y refrenarme en el sexo hasta el punto de la explosión hubiera cambiado de algún modo mi grupo sanguíneo y que ahora fuesen a castrarme por los crímenes de otro. La idea de tener sangre ajena en mi cuerpo casi me hizo gritar y empecé a catalogar largos, pequeños momentos de interludio, que me demostraran que no estaba volviéndome loco. Pensé en todos los apartamentos de mala muerte en los que había vivido desde que había dejado San Francisco, en todos los tramos de carretera solitaria en los que no había encontrado a nadie, en todas las personas que había conocido y que eran demasiado feas, demasiado pobres, demasiado carentes de interés o que estaban demasiado bien relacionadas como para matarlas. La letanía tuvo un efecto saludable y consulté el reloj. Vi que eran las 6.14. Mi viaje mental había consumido más de cuatro horas. Entonces, una voz resonó suavemente fuera de la celda:

– Señor Plunkett, soy el sargento Anderson.

Sin pensarlo siquiera, solté bruscamente:

– ¿Mi sangre estaba bien?

– Roja y sana -respondió la voz, y el hombre que la emitía apareció al otro lado de los barrotes.

Mi primera impresión fue la de tener delante el anuncio más inmaculado de la autoridad que había visto nunca. El hombre, ataviado con el uniforme de la policía estatal de Wisconsin (pantalones de sarga color caqui, camisa de gabardina parda y cinturón ancho con correa cruzada al hombro), era un compendio de elasticidad muscular, atractivo insípido y algo más que no conseguía identificar. Cuando me puse en pie, vi que medía un poco más de un metro ochenta y que su cabello lacio, de un castaño rojizo, y su bigote de cepillo le proporcionaban un halo juvenil no del todo desmentido por la frialdad de sus ojos azules. El uniforme, de corte perfecto, transformaba su atractivo en otra cosa que no conseguía descifrar y sólo cuando estuvimos cara a cara, separados apenas por los barrotes, caí en la cuenta de qué se trataba. Era la presencia de una voluntad excepcionalmente poderosa. Recobré el aplomo y comenté:

– Roja, sana y 0 negativo, ¿verdad, sargento?

El hombre sonrió y señaló una bolsa de papel que llevaba en la mano.

– 0 negativo, sí. Yo, en cambio, soy 0 positivo; nunca me dieron más de cinco pavos por ella cuando estaba arruinado en la facultad. -Tomó una llave del cinturón, abrió la celda y, cuando me disponía a dar un paso adelante, me bloqueó la salida. Los fríos ojos azules se encendieron durante un segundo; después, una sonrisa torcida contrarrestó su efecto y el sargento preguntó-: ¿Te has fijado alguna vez en que, cuando dos personas acaban de conocerse, hablan del tiempo, Martin?

Mi propio nombre, pronunciado con suavidad, me aterrorizó. Retrocedí un paso y respondí:

– Sí.

Anderson acarició la bolsa de papel.

– Bueno, pues esta vez hay motivo para hablar del tiempo: esta mañana se prevén setenta centímetros de nieve, se ha declarado la alerta por tormentas en tres estados y hay carreteras cerradas en un radio de setecientos kilómetros. Mira, no quiero parecer presuntuoso, pero el teniente Havermeyer ha tenido que ir a Eau Clare, lo cual me convierte en comandante accidental, y me he tomado la libertad de reservarte la última habitación libre de Huyserville.

Sacó una llave del bolsillo trasero y me la entregó. Y cuando nuestros dedos se tocaron, comprendí que él lo sabía.

– Pareces un poco nervioso, ¿no, Martin?

Las palabras, suaves y solícitas, me atravesaron como un cuchillo y empecé a tambalearme. El propio Anderson se hizo borroso, pero su mano en mi hombro fue como una raíz de árbol que me sostenía y su voz sonó perfectamente clara.

– El tiempo está fataaal. Esta mañana, andaba patrullando al sur de aquí cuando vi un Cadillac Eldorado del 79 aparcado en la autovía. Tal como estaba, era un peligro para el tráfico, así que lo empujé hasta apartarlo del arcén; probablemente, a estas horas la nieve ya debe de cubrirlo. Me pregunto qué habrá sido del conductor. Probablemente terminará en la fiambrera de algún lobo gris, como una apetitosa hamburguesa humana. ¿No quieres saber qué tengo en esta bolsa?

La Sombra Sigilosa me envió señales luminosas de asteriscos, signos de interrogación y números y, cuando estos computaron a 1948-1979, intenté levantar las manos y agarrar a Anderson por el cuello, pero no pude. Él sujetaba mis más de noventa kilos con una mano firme en mi hombro y una advertencia: «Chist, chist, chist.»

Me cimbreé bajo la mano del policía.

Me acomodé al ritmo y, en cierto modo, le cogí gusto.

La celda estuvo a punto de ponerse del revés, pero lo evitó en el último segundo una voz de niño de coro:

– No creo que soportes verlo, así que te lo voy a contar. Tengo aquí un Colt Python con un silenciador profesional, y unas tarjetas de crédito, y algunas revistas de ésas de True Detective, y unas cuantas fotos Polaroid hechas pedazos, tooodas reconstruidas y cubiertas de polvo para huellas dactilares que revelan, ¿adivinas qué?, dos latentes viables que corresponden a Martin Michael Plunkett, varón, blanco, fecha de nacimiento 11/4/48, Los Ángeles, California. ¿No nieva nunca en California, Martin?

La mano y la voz me soltaron y me di un golpe en la espalda contra el canto metálico de la litera de arriba. El contacto me sobresaltó y Anderson apareció ante mí como lo que era en realidad: un adversario. Recobré la compostura y empecé a captar las líneas más generales del juego al que se dedicaba. Todavía notaba el tacto de su mano y aún oía su voz, pero logré despojarme de su calor residual y conseguí articular:

– ¿Qué es lo que…?

Me detuve cuando advertí que mi voz estaba imitando la de mi interlocutor, con una suavidad impregnada de amenaza. Anderson sonrió:

– Ése es el halago más sincero que se me puede hacer; gracias, pues. ¿Qué es lo que quiero? No sé, el chico de Hollywood eres tú: en tus manos dejo lo de escribir el guión.

Di un tono ronco a mi voz y empleé ásperas resonancias de barítono.

– Pongamos que salgo de esta celda, monto en mi furgoneta y, sencillamente, me largo…

– ¿Eso quieres? Eres libre de hacerlo. Pero no llegarás muy lejos. Ahí fuera tenemos una tormenta mortal.

– ¿Me da…?

– No, no. -Anderson agitó la bolsa de papel-. No vuelvas a pedírmelo.

Las líneas generales del juego quedaron un poco más claras. Se reducían a una acción de contención.

– ¿Qué va a hacer con las cosas de la bolsa?

– Guardarlas.

– ¿Por qué?

– Porque me gusta tu estilo.

– ¿Y cuando la tormenta se aca…?

Anderson se volvió y su voz se hizo ronca:

– Cuando despeje, serás libre de irte.

Me llevé la mano al bolsillo y toqué la llave que me había entregado.

– El hotel queda al otro lado de la calle, un par de puertas más allá -continuó Anderson-. Y la policía estatal de Wisconsin se hace cargo de la factura porque hemos causado molestias a un ciudadano inocente.

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