El Asesino de la Carretera
- Автор: Эллрой Джеймс
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
Junto a las vallas que cortaban el paso estaban apostados numerosos policías del estado armados con fusiles, y detrás de ellos se alineaba media docena de coches patrulla azules y blancos. Cuando me detuve, dos polis se acercaron al Muertemóvil en un movimiento envolvente, apuntándome directamente con las armas. Desde detrás de la barrera, una voz amplificada electrónicamente gritó: «¡Conductor de la furgoneta plateada! ¡Abra la puerta del vehículo, ponga las manos sobre la cabeza y camine hasta el centro de la calzada! ¡Hágalo despacio!»
Obedecí, muy despacio, bajo la nevada. Los dos policías continuaron apuntándome. Los ojos de sus fusiles del calibre 12 se veían grandes y negros contra el blanco de la nieve. Cuando llegué al centro de la calzada, un tercer agente me agarró los brazos por detrás, los juntó a mi espalda y me puso las esposas. Una vez inmovilizado, una nube de policías saltó las vallas y se lanzó sobre el Muertemóvil mientras los dos de los fusiles bajaban sus armas y se acercaban. El que me había puesto las esposas me cacheó por detrás y anunció: «Limpio.» Los otros dos me indicaron que volviera a la furgoneta. Había agentes encima, debajo y dentro del Muertemóvil II; aquello me irritó y me di cuenta de que la mejor manera de afrontar mi primer interrogatorio serio desde el de Eversall/Sifakis, ocurrido cuatro años atrás, sería mostrarme indignado.
– ¿A qué cojones viene esto?-exclamé.
Los polis de los fusiles me empujaron contra la furgoneta y también ellos se apoyaron en su costado. Así, los tres tuvimos cierta protección del viento y de la nieve. El policía de más edad, que llevaba una insignia de teniente en la parte delantera de su sombrero de agente forestal, me preguntó a bocajarro:
– ¿Nombre?
– Martin Plunkett.
– ¿Dirección?
– No tengo dirección, en este momento. Me dirijo a Lake Geneva a buscar empleo.
– ¿Qué clase de empleo?
Emití un suspiro de irritación y respondí:
– Ascensorista o barman en invierno y, quizá, caddie durante la temporada de golf.
Intervino el otro agente:
– ¿Eres un transeúnte profesional, Plunkey?
– Llámeme por mi apellido -repliqué.
El teniente me quitó la cartera del bolsillo de atrás y se la entregó a un agente que había entrado en la cabina del Muertemóvil.
– Informa a todas las unidades -dijo y, volviéndose hacia mí, añadió-: Señor Plunkett, tiene derecho a guardar silencio. Tiene derecho a que esté presente un abogado durante su interrogatorio. Si no puede pagarse el abogado, se le designará uno de oficio.
Me tragué la letanía. Al fondo, oí pronunciar mi nombre, acompañado de los datos del permiso de conducir, por el micrófono de la radio de un coche patrulla. Al parecer, el registro de la furgoneta ya estaba terminando.
– ¿Quieres hacer una declaración, Plunkey?-preguntó el poli raso.
Le dirigí una sonrisa a lo Bogart:
– ¿Me la quieres chupar, mamón?
El agente cerró los puños y el teniente me agarró y me apartó unos metros. Oí que una voz anunciaba: «¡El vehículo parece limpio, jefe!», y el teniente me previno:
– No se ponga chulo, joven. No es momento ni lugar para eso.
Fingí una expresión dolida y repliqué:
– No me gusta que me acosen.
– ¿Que lo acosen? ¿Lo han detenido alguna vez?
– Sí, una vez, hace diez años, por un robo. Desde entonces, no me he metido en líos.
El teniente sonrió y se limpió de nieve los labios.
– Ésta es la clase de historias que me gusta oír, sobre todo si la corroboran las comprobaciones que estamos haciendo sobre ti -dijo. Advertí que ya no me trataba de usted.
– Ya lo verá.
– Así lo espero, sinceramente, porque en los últimos tiempos han sido violadas y asesinadas en esta zona tres mujeres jóvenes (la última, esta misma mañana, cerca de la frontera de Illinois); de ahí el despliegue de controles. ¿De qué grupo sanguíneo eres, Martin?
No supe cómo reaccionar a la coincidencia y mi expresión de perplejidad debió de resultar convincente, pues el teniente sacudió la cabeza en un gesto de negativa.
– ¿No te parece que eso es lo peor que puede pasar? ¿Qué grupo sanguíneo tienes, muchacho?
– 0 negativo -respondí.
– Eso está muy bien. Ahora voy a decirte lo que haremos. En primer lugar, siempre que no estés en busca y captura, llevarás esa furgoneta al pueblo más cercano, Huyserville, y te quedarás en una de las bonitas y limpias celdas de los calabozos mientras te hacen un análisis de sangre. Y si resulta que eres 0 negativo, quedas libre, porque hemos encontrado semen del violador hijo de puta que andamos buscando y es 0 positivo. Agradece tus genes a papá y mamá, chico, porque pienso interrogar a cualquier desconocido con el grupo sanguíneo 0 positivo que encuentre en mi jurisdicción del sur de Wisconsin.
Un agente sacó la cabeza por la ventanilla del conductor de la furgoneta.
– El vehículo es legal y el amigo no tiene cargos pendientes ni está en busca y captura. Sólo una condena por robo en el 69, eso es todo.
El teniente me quitó las esposas.
– Greer -dijo a continuación-, acompaña en su furgoneta al señor Plunkett; llévalo a Huyserville, búscale una celda en condiciones y llama al doctor Hirsh para que le haga un análisis de sangre. Martin, conduce con cuidado y resígnate a pasar una noche en el pueblo, porque las carreteras no están transitables para hombres ni bestias. Ahora, en marcha.
Subí a la furgoneta y asentí a mi custodio, que tenía el arma reglamentaria en el regazo, con el dedo por dentro del guardamonte. Las vallas del control fueron retiradas y aceleré entre el cegador muro de nieve. Concentrarme en la conducción me mantuvo razonablemente calmado, pero me sentía dividido: una mitad de mí estaba orgullosa de mi actuación; la otra mitad temía que se descubriera el Cadillac del muerto mientras estaba inmovilizado en Huyserville… o que aun después de que me marchara, cuando se descubriera el cadáver, la pasma recordase mi presencia y me considerara sospechoso de asesinato. Los temores parecían insolubles, como si fuese inútil especular con ellos. Carraspeé y pregunté al agente si había hotel en el pueblo.
– El palacio de las cucarachas -respondió, mofándose-. Si has de quedarte esta noche, estarás mejor en el calabozo. No tienes domicilio fijo, ¿verdad? A los tipos como tú sólo os interesa tener tres comidas al día y un techo, y eso te lo dan en el calabozo… Eso si es que eres inocente y al final te soltamos.
Asentí. El poli tenía un estilo de conversación desagradable, por lo que callé y dejé que acariciara su arma. La tormenta arreciaba y me llevó una hora al volante recorrer los quince kilómetros que faltaban para Huyserville, una población que constaba de una manzana comercial y la subcomisaría de la policía estatal de Wisconsin, donde me iban a retener. Cuando detuve la furgoneta en el aparcamiento, el poli dijo:
– Espero que no seas culpable, colega. Lo digo en serio. Dos de las chicas muertas eran de aquí.
El interior de la comisaría estaba impecable y resultaba sorprendentemente moderno. Me dieron una celda para mí solo. Apenas segundos después, se presentó un hombre mayor con el arquetípico maletín negro y la puerta de la celda se abrió por control remoto. Me levanté la manga automáticamente y el doctor sacó del maletín unas torundas y una jeringa con un capuchón de plástico.
– Cierre el puño -dijo y, cuando lo hice, me sujetó el brazo derecho y me clavó la aguja. Cuando la sangre llenó la jeringa, anunció-: Tendré los resultados dentro de una hora.
Tras esto, se marchó. Cuando la puerta volvió a cerrarse con un chirrido, tuve mucho miedo.
La hora del doctor se prolongó interminablemente, como mi miedo, que no lo era a ser descubierto como inveterado asesino en serie, sino a ser contenido; no a que me tuvieran en custodia, sino en cautividad de todos aquellos pequeños momentos de los últimos cuatro años; no los largos pequeños momentos dedicados a acechar, robar, matar y pensar, sino el tiempo dedicado a trabajar en empleos tediosos, cultivando la invisibilidad, siendo cauteloso cuando en realidad ardía en deseos de actuar más osadamente. Mi miedo era a que, inexplicablemente, aquellos policías de pueblo supieran quién era y supieran también -inexplicable y sobrenaturalmente- que la manera más perversa de castigarme sería que me dejaran suelto pero que no pudiera volver a tramar/acechar/robar/matar nunca más, condenado a una vida compuesta de todos los largos, pequeños momentos intercalados que mi libertad me permitía.