El Asesino de la Carretera
- Автор: Эллрой Джеймс
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
– ¿Qué hay de las chicas, de las morenas? Eso no me lo has contado.
Ross se encogió de hombros.
– No hay nada que contar. Después de liquidar a Billy me di cuenta de lo mucho que me gustaba el deporte de la sangre. Siempre me han gustados las morenas jovencitas y el deporte es el deporte.
– Pero ¿por qué?
– No lo sé. La suerte quedó echada en algún momento y la verdad es que pensar en ello me aburre. Manzanas y naranjas. A ti te van las rubias, a mí las morenas; a ese tipo al que pillaron el año pasado, el Pistolero de Pittsburg, le gustaban las pelirrojas. Como decían en los sesenta, «cada uno a su bola».
Me acerqué más a Ross; mis zapatos de trabajo rozaron sus botas de patrullero, lustrosas e inmaculadas.
– ¿Podrías cambiar…?
Me interrumpió a media frase con un guiño:
– Que si podría variar mi modus operandi? Claro. Si quieres rubias, te daré rubias. Dentro de poco tengo que desplazarme por trabajo. Dentro de un mes empieza a buscar en los periódicos del Este.
– ¿Qué?
De nuevo, el guiño; un guante de terciopelo que suavizaba cualquier posible cuestión.
– Ya he hablado suficiente. Escucha, Martin, en realidad, esta habitación es mía. La tengo para los turnos largos y las nevadas como ésta. Puedes quedarte si quieres, pero sólo hay una cama.
Sopesé su mirada y llegué a la conclusión de que estaba hablando de camaradería y estilo, no de lo que se entiende normalmente. Me descalcé y me tendí en el lecho; Ross se quitó el cinturón del arma y lo colgó en torno a la cabecera, a pocos centímetros de mi cabeza. Se tendió al lado, apagó la luz y pareció quedarse dormido en cuanto se hizo la brusca oscuridad. El agotamiento me invadió y, cuando el día más increíble de mi vida concluía ya, tuve miedo y acaricié las cachas de la 38, aliviado al saber que podía asesinar al asesino que yacía junto a mí.
Así tranquilizado, me dormí.
Al cabo de unas horas el sol y el ruido de maquinaria pesada me despertaron de un sueño sin pesadillas. De inmediato, palpé la cama para ver si estaba Ross y, al encontrarla vacía, me incorporé de un salto. Me disponía a echarme agua fría en la cara cuando apareció en la puerta del lavabo con un pequeño revólver en la mano.
Me agarré al borde de la pileta, creyendo que me traicionaba, pero Ross me dedicó una de sus sonrisas lascivas de adolescente y volteó el arma hasta que ésta quedó con la empuñadura hacia mí. Me la entregó y dijo:
– Smith & Wesson del 38 Special. Un arma útil y fiable, muy fría. No iba a dejar que te marcharas desarmado, ¿verdad? El sargento Ross, qué gran tipo.
Abrí el tambor del arma, vi que estaba cargada y la guardé en el bolsillo trasero. No podía darle las gracias, pues habría sonado condescendiente, de modo que pregunté:
– ¿Las carreteras están despejadas?
– Las están abriendo ahora. Deberías tener paso libre hacia mediodía.
Me quedé pensando en las fotos recompuestas y pegadas con cinta adhesiva y en mi Magnum, sin saber qué decir o qué hacer. Como si estuviera leyéndome la mente, Ross comentó:
– Tus cosas están seguras conmigo. Nunca te delataré, pero quizá te necesite algún día y las pruebas materiales son un seguro.
Todavía resonaban en mis oídos las implicaciones del «te necesite» cuando Ross se inclinó hacia delante y me besó en los labios. Yo le correspondí y noté el sabor a cera de su bigote y el de café amargo de su lengua y, cuando él rompió el contacto y dio media vuelta para dirigirse a la puerta, me dejó acalorado y con ganas de más. Entonces aún no sabía que ese beso me empujaría y me acosaría y me dolería y me motivaría durante los dos años y medio siguientes de mi vida.
V. El rayo se dispersa
Del Milwaukee Tribune, 19 de febrero de 1979:
LA INVESTIGACIÓN SOBRE
EL «MATARIFE DE MADISON» PIERDE FUELLE.
¿ERA EL ASESINO UN HOMBRE QUE HA MUERTO?
Han transcurrido ya seis semanas desde que el Matarife de Madison, el violador y asesino que aterrorizó el territorio entre Janesville y Beloit durante los meses de diciembre y enero, se cobró su última víctima.
La nevada mañana del 4 de enero fue descubierto en un campo de coles próximo al límite de Illinois el cuerpo despedazado de Claire Kozol, de 17 años, de Huyserville, Wisconsin. La habían violado, matado a golpes y descuartizado, exactamente igual que a Gretchen Weymouth, de 16, cuyo cuerpo fue descubierto a pocos kilómetros de distancia, el 16 de diciembre, y a Mary Coontz, de 18, también de Huyserville, a quien encontraron en un parque de observación de aves a las afueras de Beloit, el día de Navidad. Las tres jóvenes eran morenas, esbeltas y atractivas, y los psiquiatras forenses de la sede central de la policía estatal de Wisconsin, en Madison, se mostraron convencidos de que en el sur del estado actuaba un asesino psicópata muy motivado y excepcionalmente retorcido. El perfil psicológico elaborado por los peritos (basado en casos anteriores y en las pruebas materiales de las tres muertes) apuntaba que el asesino seguiría matando al mismo tipo de víctimas con el mismo método hasta que lo capturasen o hasta que se suicidara.
Se asignó a la investigación una brigada especial de veinte detectives de la policía estatal, a tiempo completo, que contaba con la colaboración de las policías locales de Janesville y de Beloit. En previsión de otro inminente intento de asesinato, se establecieron complejos señuelos y trampas para cazar al asesino. La red se iba cerrando y la policía estaba segura de que el sanguinario criminal pronto caería en ella.
Sin embargo, no ha sido así, y no se han registrado más muertes que encajen con el modus operandi del Matarife de Madison desde que se encontró el cuerpo de Claire Kozol, el 4 de enero. El sargento Ross Anderson, de la policía estatal de Wisconsin, quien supervisó el establecimiento de los señuelos, tiene una hipótesis acerca de lo sucedido:
«Es una teoría basada en el curso elemental de psicología que seguí en la universidad y en pruebas circunstanciales -declaró el sargento, de 29 años, a los reporteros-. Pero la intuición me dice que es acertada.
»El 5 de enero, el día siguiente al descubrimiento del cadáver de Claire Kozol, estaba supervisando el trabajo de los quitanieves en la I-5, al sur de Huyserville, cuando distinguí en una cuneta la parte trasera de un coche, medio cubierto por la nieve. Cuando retiré ésta, vi que se trataba de un Cadillac del 79, con matrícula de Illinois. No había nadie atrapado en el interior y registré la guantera, donde encontré documentos de identidad de un hombre llamado Saul Malvin, de 51 años, de Lake Forest. Cuando vi en una tarjeta de donante que el hombre era 0+, se me erizó la piel, pues habíamos encontrado y analizado muestras de semen del violador y asesino, y resultaba que el grupo sanguíneo coincidía.
»Hablé con el Departamento de Policía de Lake Forest y me dijeron que la mujer de Malvin había informado de su desaparición esa misma mañana; el marido había salido el día antes a visitar a unos amigos en Lake Geneva. Recogí un chaleco que encontré en el asiento trasero, fui a Huyserville a buscar los perros del equipo de rastreo canino, volví a la zona e inicié la búsqueda. Al cabo de unas ocho horas, los animales y yo realizamos el hallazgo.
»Los lobos habían devorado buena parte del torso del hombre, pero aún se veía lo que había sucedido. Malvin estaba muerto, a unos diez metros de la cuneta. Tenía en la mano un 357 Magnum. Su cartera estaba intacta, llena de billetes. Volví enseguida a mi coche y pedí por radio una ambulancia. Luego, me puse a pensar.»
La teoría del sargento Anderson-en esencia, que el difunto Saul Malvin era el Matarife de Madison y que se había suicidado en un momento de arrepentimiento por sus crímenes-ha creado furor entre sus colegas de la policía estatal, aunque existe división de opiniones respecto a la culpabilidad del hombre, un ejecutivo de seguros. El teniente W. S. Havermeyer, comandante de la subcomisaría de Huyserville, resumió los pros y los contras en una conferencia de prensa, la semana pasada. «De momento, consideramos que el asesino, en el caso de que no fuese el señor Malvin, está ahora mismo recluido en alguna cárcel o manicomio, o se ha marchado a otra parte. Los psiquiatras de Madison dicen que, a veces, estos psicópatas que actúan repetidamente tienen un momento de lucidez y se dan muerte, sobre todo después de haber cometido un asesinato especialmente brutal, por lo que la teoría encaja circunstancialmente. Y Malvin, en efecto, tenía el grupo sanguíneo 0+. Hemos comprobado dónde estaba en el momento de los tres asesinatos. Su coche apareció a pocos kilómetros de donde se encontró el cuerpo de Claire Kozol y, respecto a las fechas de las dos muertes anteriores, 16 de diciembre y Navidad, se dice que en la primera estaba trabajando en casa, solo, y que en la segunda también estaba en casa, esperando a que volviera su mujer de celebrar la festividad con su hermana inválida.