El Asesino de la Carretera
- Автор: Эллрой Джеймс
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
Abandoné la celda, recorrí la comisaría y salí a la nieve. Ésta me envolvió y, mientras cruzaba la calle en dirección al hotel, vi la furgoneta aparcada junto al bordillo. Su color había pasado del plateado a un blanco polvoriento. Pensé en lanzarme de cabeza a la tormenta, con el Muertemóvil como vehículo de suicidio; pensé en largarme, en moverme y punto, pero con cautela. El pánico se estaba adueñando de mí, un pánico desnudo y amenazador y mezquino… y entonces recordé el tacto de la mano de Anderson en mi hombro y me di cuenta de que, si huía, aquel hombre nunca llegaría a saber que yo resultaba tan peligroso como lo era él.
La única salida era quedarme.
Corrí al hotel y entré en la ruinosa cafetería cuando ya se disponían a cerrar. Hambriento, pedí rosbif, panecillos calientes y patatas y lo engullí todo. Luego, pasé a la recepción y me senté en un gran sillón que estaba junto a la chimenea a hacer acopio de agallas.
En esta ocasión, las horas de espera pasaron deprisa; el miedo que tenía no estaba impregnado de desazón, sino que era nervioso, masculino, como el que debe de sentir el torero antes de salir al ruedo. A las 10.00, saqué la llave, vi el 311 grabado en ella, subí a la habitación y abrí la puerta.
La lámpara que colgaba del techo estaba encendida e iluminaba una estancia deprimente, sacada de los años veinte: una alfombra raída, una cama grande y blanda, una mesilla y una cómoda maltrechas. Lo espartano del lugar me impulsó a retroceder, no a entrar, y comprendí que había esperado encontrar un hombre desnudo. La imagen se desvaneció al cabo de un segundo y entré en aquel bucle temporal entre cuatro paredes, cerré la puerta y eché el cerrojo.
El viento batía las ventanas bordeadas de hielo y por los conductos de la calefacción entraba una vaharada de calor nauseabunda. No había sillas, por lo que avancé hacia la cama y me disponía a sentarme en ella cuando vi que la colcha ya estaba ocupada.
Sobre la felpilla blanca había una serie de fotos Polaroid, tres ordenadas hileras de cuatro instantáneas en color, dispuestas de forma que cubrían toda la cama. Me incliné a mirarlas y observé vivisecciones en diversas fases: cuatro adolescentes desnudas -todas morenas y guapas-, intactas en las primeras fotografías y gradualmente descuartizadas conforme las fotos se acercaban a los pies de la cama.
Los conductos se estremecieron con otro estallido de calor y busqué el baño con la mirada. Vi uno tras una puerta lateral abierta, entré corriendo y vomité la cena. Estaba lavándome la cara con agua fría cuando oí un chasquido en la puerta de la habitación y vi entrar a Anderson.
Cogí una toalla de la barra y me sequé. Anderson apoyó el hombro contra la pared, adoptando una pose que tenía la gracia de un modelo publicitario de talento. En aquel instante, advertí que hasta el momento más nimio de la vida de ese hombre estaba imbuido de elocuencia.
– No me digas que no lo sabías ya-dijo.
Reprimí el impulso de hacer trizas su pose con mis propias manos.
– Lo sabía. ¿Por qué?
Anderson se atusó el bigote y me lanzó una sonrisa que le confería el aspecto de un adolescente cándido.
– ¿Por qué? Porque te vi. Hay una carretera que corre paralela a la autovía al sur de la frontera de Illinois y cerca de Beloit está elevada. Te vi registrar el Cadillac y te vi buscar al conductor, y enseguida supe que no llevabas buenas intenciones, querido amigo. Te di ventaja y luego te localicé por radar. Cuando te detuviste, esperé cinco minutos, me acerqué hasta estar unos seiscientos metros detrás de ti y aparqué. Enfoqué la furgoneta con los prismáticos y te vi guardar de nuevo el Magnum en su escondite. En ese momento comprendí que me gustaba tu estilo.
1969 se impuso a 1979 y pensé: «Carga, apunta y dispara.» Puse el cuello del policía en el punto de mira y casi había encontrado las agallas necesarias para hacerlo cuando Anderson sonrió y dijo:
– Mala idea, Martin.
Consciente de que eran unos labios carnosos y un bigote encrespado -y no la advertencia- lo que me detenía, lo observé de pies a cabeza y algo externo a mí me forzó a decirle:
– Tíñete de rubio.
Anderson soltó un bufido despectivo y señaló la cama.
– Las rubias son para maricones. Lo mío son las morenas.
Vi una imagen enmarcada de mi padre con una mujer desnuda, los dos con pelucas blancas empolvadas. Conmocionado de que aún fuera capaz de recordar las facciones de mi padre y temeroso de adónde me llevaba la imagen, la ahogué pensando en mi víctima de los cabellos nevados, cien kilómetros al sur. Tenía directamente delante de mí la pose perfecta de Anderson, que me obligaba a mantener los ojos abiertos y me limitaba el pensamiento. Reuní por fin el valor necesario para actuar y le lancé un derechazo a su nariz perfecta.
Esquivó el golpe perfectamente, me agarró por la muñeca, me retorció el brazo, llevándolo a la espalda, y me inmovilizó, rodeándome el pecho con firmeza. Envuelto por una fuerza perfecta, una voz perfecta alivió mi miedo:
– Vamos, queridísimo amigo, vamos. Eres más grande y más fuerte, pero yo estoy entrenado. No te culpo por estar furioso, pero no tienes nada de qué preocuparte. Ven, te lo demostraré.
Aflojó el abrazo y me dejó volverme hasta que estuvimos frente a frente. La ausencia de presión me produjo una sensación de vacío y, para atenuarla, me concentré en los movimientos del hombre. Se llevó las manos a los bolsillos delanteros y traseros y las sacó con fajos de billetes.
– ¿Ves esto? Es tu dinero. Al registrar tu furgoneta, vi que la guantera estaba forzada. En los escondites del vehículo no encontré dinero y sabía que un chico listo como tú no viajaría sin un buen fajo, por lo que supuse que algún abnegado agente de la policía de Wisconsin te había desplumado. Como conozco a mis colegas, he sabido enseguida quién. Lo he dejado en paz con una reprimenda. Más de lo que te llevas tú… y por mucho menos.
Tomé el dinero y me lo guardé en los pantalones.
– ¿Por qué?-pregunté.
– Porque me gusta tu estilo. -Anderson sonrió.
– Entonces, ¿qué quiere?
– El Python y el silenciador; ya sabes, recuerdos. Y un poco de conversación, respuestas a unas cuantas preguntas.
– ¿Por ejemplo…?
– Por ejemplo, a cuánta gente has matado…
Miré a mi alrededor, convencido de que había de ser una trampa, que el florero agrietado de la cómoda escondería un aparato de escucha, o que la ventana con las cortinas echadas serviría de punto de mira para francotiradores con visores de rayos X en los fusiles: verdugos de pueblo de mala muerte que dispararían en cuanto yo declarara que era un asesino. Al cabo de un momento, supe que estaba pensando en la Sombra Sigilosa de una forma infantil y volví a mirar a Anderson, repasando los ceñidos contornos del uniforme en busca de grabadoras ocultas. El policía se rio al verme.
– Tengo la nítida impresión de que te estás fijando en algo más que en si llevo encima un transmisor pero, en cualquier caso, deja que calme tu paranoia, ¿de acuerdo? Para empezar, declaro que soy el sargento Ross Anderson, de la policía estatal de Wisconsin, y también el asesino al que los periódicos llaman el Matarife de Madison. Ya está. ¿Te sientes mejor ahora?
Así era, pues a pesar de aquella pose suya y de su halo de peligro, sabía que aquel hombre y yo no competíamos en lo que más nos importaba a ambos. Dejándome llevar por la atrevida sensación de haber alcanzado la paridad con la perfección, respondí:
– Unos cuarenta. ¿Y tú?
Lo dejé boquiabierto. Acababa de eclipsar su perfección.
– ¡Dios santo! Yo, cinco. ¿Quieres hablarme de los tuyos?
Recordé sus palabras cuando le había pedido que me devolviera el Magnum.
– No. No vuelvas a pedírmelo.
– Touché. ¿Por qué?
– Porque son míos.