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Noticias de la noche

Электронная книга - «Noticias de la noche». Краткое содержание книги:

Atenas, años noventa, la presión de los emigrantes, clandestinos o no, de los antiguos países del Este, el dinero fácil, los empresarios del pelotazo, la corrupción policial, el todo vale de algunos medios de comunicación, también la conciencia de una democracia reconquistada después de una dictadura, son el telón de fondo de una historia que se inicia con la muerte a cuchilladas de una pareja de albaneses y continúa con el asesinato de dos reporteras de una popular cadena de televisión.
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Sotiris me contempla pensativo.

– ¿Quién podría ser? -pregunta desconcertado.

– Seguramente una de esas chicas que hacen encuestas o campañas publicitarias. Salió zumbando para no perder el empleo. ¿Habéis encontrado algún alambre o cable de acero?

– No.

– Es lo que usó para estrangularla. ¿Habéis hablado con los vecinos?

– Sí. Los del piso de arriba estaban en casa y los de abajo también, pero no oyeron nada.

Esto significa que Kostaraku no opuso resistencia. La mató como a Karayorgui. Inesperadamente, por sorpresa. Ambas lo conocían y no sospecharon de él, por eso las pilló desprevenidas. Hizo la faena, se guardó el alambre en el bolsillo y se marchó tan campante.

– ¿Nadie vio llegar o salir a alguna cara desconocida entre las seis y las ocho?

– Lo he preguntado, pero nadie vio nada. No hay portero. La dueña de la mercería de enfrente dice que es un edificio de muchos pisos y entra y sale mucha gente. No vio a nadie que le llamara la atención.

– ¿Cómo iba a llamar la atención el asesino? ¿Con un letrero?

Estoy furioso y me desahogo con él, aunque no tiene la culpa. Lo comprende y calla.

– Voy a hablar con Guikas -digo, y le doy una palmadita amistosa en el hombro-. Está esperando mi informe. Si hay noticias, llámame al despacho.

Kula me aguarda escopeta en ristre. En cuanto me ve entrar en la antesala, dispara.

– ¿Pero qué está pasando aquí? -pregunta, tratando de hacer pasar su curiosidad por inquietud-. ¿Qué es esta epidemia de muerte que se lleva a los suyos?

– ¿A los míos? ¿Desde cuándo trabajo en la televisión sin saberlo?

– No me refiero a eso -responde, y me dedica una de esas sonrisas juguetonas que usa para desarmar a Guikas-. Pero con tanto toma y daca sois como colegas. Ahora mismo le están esperando abajo. -Señala el despacho de Guikas con la cabeza-. No quería hablar con ellos y se los ha remitido a usted.

El Bueno y el Malo. Él es el Bueno, les cuenta todo lo agradable y es el guaperas de la película. Yo soy el Malo, saco las castañas del fuego y soy el feo.

– ¿Puedo pasar? -pregunto a Kula.

– ¿Y lo pregunta? Está sobre ascuas.

Parece que Kula hablaba en serio, porque Guikas espera de pie detrás de su mesa. Me señala un sillón y él se sienta en el suyo, justo en el borde del asiento.

– ¿Y bien? -pregunta con impaciencia.

Le doy todos los detalles, uno tras otro, más la opinión de Markidis de que se trata del mismo asesino. Me observa pensativo.

– ¿Tú también crees que es el mismo? -pregunta al cabo.

– Todos los indicios parecen confirmarlo.

Suspira como si sólo le hubiese faltado un número para acertar la lotería.

– Entonces, la hipótesis de Kolákoglu se debilita. Aunque hubiera cumplido su amenaza de matar a Karayorgui, no tenía motivos para asesinar a Kostaraku.

Estoy á punto de soltar «ya se lo había dicho», pero Guikas me quita la palabra de la boca.

– Por la misma razón, sin embargo, no las pudo matar Petratos -añade, sin ocultar su satisfacción por haberme pillado en falso-. Me has creado problemas con Delópulos, sin razón que lo justifique. Admitamos que Petratos mató a Karayorgui porque lo había dejado y amenazaba con arrebatarle el puesto. ¿Por qué iba a matar a Kostaraku?

– Tendría un motivo, si lo estuviera chantajeando.

– ¿Chantajearlo? ¿Kostaraku? -Le parece increíble.

– Supongamos que podía demostrar que Petratos había matado a Karayorgui. A mí no me lo cuenta en el interrogatorio, sino que se dirige a él para chantajearlo. Lo ve como una oportunidad de sacar algún beneficio. No olvidemos que él la dejó de lado para ayudar a Karayorgui. Petratos la llama y le dice que pasará por su casa para hablar del asunto. Aparece armado con el alambre y la estrangula. Después, pone el apartamento patas arriba. Busca la prueba incriminatoria. Karayorgui había estado conversando con el asesino. ¿No es lógico que su interlocutor fuera Petratos? Kostaraku le abrió la puerta. Aunque es poco probable que dejara pasar a Kolákoglu, en el caso de Petratos las cosas cambian. Ambas víctimas recibieron el golpe de improviso, sin sospecharlo. ¿Acaso se les ocurriría pensar que corrían peligro con Petratos? El «profail» encaja a la perfección.

Me reservaba el «profail» para el final. Es la guinda del pastel. La saborea pensativo y en silencio.

– Todo esto serviría de hipótesis -responde cautamente- si Petratos no tuviera coartada. Pero si por ejemplo demuestra que estaba en los estudios en el momento del crimen, tu teoría saltará por los aires.

– Llega a los estudios a las siete y media, una hora antes del informativo. Lo he comprobado antes de venir aquí. Markidis sostiene que el crimen se produjo entre las seis y las ocho. Si la mató alrededor de las seis, disponía de hora y media para ir de la calle Hiéronos a Spata. Con las prisas, se olvidó de cerrar la puerta. Mi error ha sido no investigarlo más a fondo desde el principio.

Es como si le dijera: «Me equivoqué cuando temí su reacción y la de Delópulos y acallé mi intuición, que era acertada.» Lo traga con expresión agriada, como la que ponía yo cuando mi madre me obligaba a tomar aceite de hígado de bacalao.

– En otras palabras, ¿hemos encontrado al asesino? ¿Nos olvidamos de Kolákoglu?

Intenta sonsacarme para ver si guardo más ases en la manga. Contrólate, Jaritos, no te embales, digo para mis adentros. Una de cal y otra de arena.

– No, no es más que una hipótesis. Sigo buscando a Kolákoglu.

– Si tuviéramos la muestra de escritura de Petratos, lo veríamos más claro -masculla.

Me encantaría desquitarme, pero me lo pienso mejor y digo:

– En parte.

– ¿Por qué en parte?

– Pongamos que Petratos escribió las cartas. Esto no significa necesariamente que la matara él. Y viceversa. Karayorgui metía las narices en todas partes. Es posible que recibiera más amenazas. Esto no libra a Petratos. Hay muchos más indicios incriminatorios. Déjeme averiguar dónde estaba Petratos entre las seis y las ocho de la tarde de ayer. Después, ya veremos.

– Supongamos que la mató el otro, el que la estaba chantajeando. ¿Cómo supo que Kostaraku tenía lo que él buscaba?

– Por las noticias. La llamada que Karayorgui hizo a Kostaraku tuvo mucha publicidad.

Lo único que le queda por decir antes de que me marche es que lo mantenga informado.

En cuanto asomo al pasillo, todos los periodistas corren a mi encuentro como si acabara de volver de un largo viaje. Busco entre ellos para descubrir una cara nueva, al nuevo reportero de Hellas Channel, pero todas me resultan familiares y me quedo con el interrogante.

– Comprendo vuestra preocupación y sé cómo os sentís en este momento -digo con cara de funeral-. Es la segunda periodista asesinada en pocos días. De momento, sin embargo, sólo puedo hablaros del asesinato.

Empiezo a desembuchar, sin ocultar nada. Ellos, micro en mano, me escuchan sin interrumpirme. Cuando termino, siguen en silencio. La conmoción no les permite ejercer la presión habitual para arrancarme más datos. Sólo la bajita de mallas rojas pregunta, al cabo de un rato:

– ¿Cree que se trata del mismo asesino, teniente?

– Según los primeros indicios, probablemente sí.

Otro se anima a intervenir, para arrebatarle el monopolio:

– ¿Sigue pensando que el asesino es Kolákoglu?

– En este momento, estamos investigando todas las posibilidades. No descartamos ninguna.

Concluyo y avanzo un paso para franquear su barrera. Quizá por primera vez, no intentan retenerme. Se apartan, mudos, y me dejan pasar. Zanasis, quien había estado escuchando las declaraciones desde detrás de la puerta, me sigue al despacho.

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