Noticias de la noche
- Автор: Márkaris Petros
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Noticias de la noche». Краткое содержание книги:
– ¿Qué hacemos con Kolákoglu? -pregunta-. ¿Seguimos buscándolo?
Lo miro pensativo. La lógica me indica que suspenda la caza y lo deje en paz. A estas alturas, ni siquiera Guikas se opondría. Por otro lado, la persecución de Kolákoglu me sirve de tapadera ante Petratos y Delópulos, y me deja las manos libres.
– Continúa hasta que te diga lo contrario -indico a Zanasis.
– Pero, ¿crees sinceramente que Kolákoglu mató a Karayorgui y a Kostaraku?
Es la voz de Sotirópulos, y doy media vuelta. Ha entrado sin hacer ruido y me contempla irónicamente, apoyado en la pared junto a la puerta.
– Puedes irte, hablaremos después -digo a Zanasis.
Sotirópulos observa cómo se retira Zanasis y después se acerca y se sienta en la silla que tengo enfrente, sin que le haya invitado.
– Petratos ha muerto al mismo tiempo que Kostaraku -dice con tono alegre.
– ¿Por qué?
– ¿Es que no lo comprendes? Quiso presentar a Kolákoglu como el asesino y ahora debe rectificar. Deja la cadena en mal lugar, y Delópulos no se lo perdonará. -Calla y me observa. Sus ojos sonríen con astucia desde detrás de las gafas redondas-. ¿Viste mi reportaje ayer? -pregunta.
– Lo vi.
– Hoy apretaré un poco más. ¿Quiénes se han beneficiado de la condena de Kolákoglu? ¿Quiénes siguen utilizándolo como cabeza de turco? A partir de mañana, Petratos pasará al departamento de objetos perdidos.
– ¿Por qué lo odias tanto?
No esperaba la pregunta y al principio parece sorprendido. Después se pone serio y vacila.
– Tengo mis razones pero no voy a hablar de ellas: son personales -responde finalmente-. Sólo te digo una cosa. Petratos ascendió sembrando cadáveres a su paso. Me alegraría mucho que se fuera a pique.
– Te alegraría aún más que fuera el asesino.
Me mira e intenta adivinar mis intenciones.
– ¿Por qué? -pregunta-. ¿Sospechas de él?
– El odio siempre genera sospechas. En todas direcciones.
Se echa a reír.
– ¿Qué significa esto? ¿También sospechas de mí?
No contesto. Lo dejo sobre ascuas para obligarlo a hablar más, pero él sigue riéndose.
– Confieso que me gustaría verlo esposado, para ponerle el micro ante las narices y oír su confesión. Pero esto no es más que un sueño. Petratos no las mató. Deberíais investigar en otra dirección.
– ¿Por qué? Tú me ocultas algo.
– No, palabra. Pero mi intuición me dice que detrás de los dos asesinatos se oculta algo que ni tú ni yo imaginamos.
Se levanta y se dirige a la puerta.
– Ya verás como tengo razón, mi olfato no me engaña -declara al salir.
Dirijo la mirada a la ventana y trato de adivinar a qué se refiere. ¿Sabe algo y no me lo dice? Es lo más probable.
En el balcón de la vieja, el gato se ha escurrido entre dos macetas y mira a los transeúntes, con la nariz pegada a la reja. Ya estamos en diciembre y, con la excepción de aquel par de días de frío, hace un calor espantoso. Puro suplicio, esta mierda de tiempo.
Capítulo 22
Petratos vive en la calle Asimakopulu, junto al Centro de la Juventud de Ayía Paraskeví. Es uno de esos bloques de pisos nuevos, construidos para los tipos de relaciones públicas, yupis y científicos que chupan de los programas de la CEE. El porche inferior no se emplea como garaje, según la costumbre, sino que lo han convertido en un jardín, con flores y parterres. Los timbres están conectados a un circuito cerrado de televisión, para que puedan ver la jeta de quien llama y decidir si abrir o no, según les dé.
Elijo un nombre al azar y estoy a punto de llamar cuando veo a una mujer de unos cuarenta años que sale del ascensor. En cuanto abre la puerta, me escurro al interior. Petratos vive en el segundo. En este piso hay tres puertas, dos contiguas y la otra sola, enfrente. Empiezo por este último, que está más cerca del ascensor.
– Yes? -pregunta la filipina que abre la puerta.
Atrás quedaron los buenos tiempos en que las familias traían a chicas del pueblo para ocuparse de todo, y de paso entrenar al heredero en echar polvos. El inglés de la filipina cojea y el mío renquea, así que no es fácil entenderse.
En cuanto digo «police», se pone a temblar. Evidentemente, trabaja de extranquis. «Noproblem, notforyou», añado, y mi inglés impecable la tranquiliza enseguida. Le pregunto si conoce a Petratos, si lo vio llegar o marcharse la tarde anterior y a qué hora. La respuesta a la primera pregunta es «yes», a las otras dos, «no», y con el segundo «no», me cierra la puerta en las narices.
Llamo a la puerta que está al lado del apartamento de Petratos y esta vez la suerte me sonríe. Abre una mujer que debe de rondar los sesenta, una autóctona. Me presento, le enseño la placa y me deja entrar. Cuando le pregunto por Petratos, su boca destila miel.
– ¿Al señor Petratos? ¡Claro que lo conozco! ¡Todo un señor!
– ¿Sabe por casualidad a qué hora suele marcharse de casa por las tardes?
– ¿Por qué? -pregunta, súbitamente recelosa.
Me inclino hacia delante como si me dispusiera a revelarle los secretos de la masonería.
– Supongo que estará enterada de que dos periodistas de Hellas Channel, donde trabaja el señor Petratos, han sido asesinadas.
– Lo oí en las noticias. ¡Tan jóvenes! ¡Qué tragedia, Dios mío!
– Como medida para evitar que se produzcan nuevas víctimas, vigilamos las casas de todos los periodistas de Hellas Channel. Por eso necesitamos saber cuándo se encuentra en casa, sobre todo a última hora de la tarde. Ayer, por ejemplo, ¿lo vio entrar o salir?
– ¿Por qué no se lo pregunta a él?
– Los periodistas son muy especiales, no les gusta tener a la policía encima. Además, queremos ser discretos para no provocar pánico.
Parece que mi respuesta le resulta convincente, porque reflexiona.
– ¿Qué puedo decirle? -responde al final-. Por la mañana se marcha en torno a las once, muchas veces nos cruzamos en el rellano cuando vuelvo de la compra. Nunca lo he visto al mediodía, porque después de comer me acuesto un rato. Raras veces lo veo por la tarde.
– ¿A qué hora, normalmente?
– Entre las seis y media y las siete. Aunque ayer no lo vi en absoluto.
Cuando me levanto para irme, se acuerda de algo que mejor hubiera sido que quedara olvidado.
– Anteayer vino otro de ustedes para hacer averiguaciones.
Los interrogatorios de Sotiris, que sacaron de quicio a Delópulos y a Petratos.
– Sí, después del primer asesinato. Ya entonces ofrecimos protección al señor Petratos y a otros, pero la rechazaron. El resultado fue otro crimen. Por eso hemos decidido vigilarlos discretamente, sin que ellos lo sepan, hasta que demos con el asesino. Ya comprenderá usted que si tenemos que lamentar otra víctima seremos el blanco de todas las críticas.
– ¡Ay, qué trabajo el suyo! -dice comprensiva.
Nos despedimos como amigos, pero me voy con las manos vacías. Lo mismo pasa en el resto de los pisos. En la mayoría ni siquiera me dejan entrar, me tienen en la puerta. Y todas las respuestas parecen haber salido del mismo molde: «no sé», «raras veces lo veo», «pregúnteselo a él».
Cuanto más arriba subo, más descienden mis esperanzas. Aun así, me lo he tomado como un asunto personal. El asesinato de Kostaraku, por un lado, mis roces con el trío -Guikas, Delópulos, Petratos- por el otro, la publicidad que hace Sotirópulos de su capacidad olfativa, todo esto estimula mi amor propio. Quiero reunir pruebas para llamar a Petratos a declarar y arrinconarlo.