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Электронная книга - «La elegancia del erizo». Краткое содержание книги:

En el número 7 de la Rue Grenelle, un inmueble burgués de París, nada es lo que parece. Paloma, una solitaria niña de doce años, y Renée, la inteligente portera, esconden un secreto. La llegada de un hombre misterioso propiciará el encuentro de estas dos almas gemelas. Juntas, descubrirán la belleza de las pequeñas cosas, invocarán la magia de los placeres efímeros e inventarán un mundo mejor. La elegancia del erizo es una novela optimista, un pequeño tesoro que nos revela como sobrevivir gracias a la amistad, el amor y el arte. Mientras pasamos las páginas con una sonrisa, las voces de Renée y Paloma tejen, con un lenguaje melodioso, un cautivador himno a la vida.
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Dios mío, qué he hecho.

Este estúpido impulso, lejos de poner fin al hostigamiento, lo alienta mil veces más. Es un error estratégico de bulto. Esta dichosa inconsciencia empieza a atacarme los nervios.

Un simple: No comprendo, firmado la portera habría sido sin embargo lo más lógico.

O también: Se ha confundido, le devuelvo su paquete.

Sin tonterías, corto y preciso: Destinatario erróneo.

Astuto y definitivo: No sé leer.

Más tortuoso: Mi gato no sabe leer.

Suticlass="underline" Gracias, pero el aguinaldo es en enero.

O también, administrativo: Se ruega acuse de recibo de la devolución.

En lugar de eso, hago melindres como si estuviéramos en un salón literario.

Gracias, no tenía que haberse molestado.

Me propulso del sofá y me precipito hacia la puerta.

Rayos, rayos, rayos.

Por el cristal veo a Paul N'Guyen, el cual, con el correo en la mano, se dirige hacia el ascensor.

Estoy perdida.

Ya sólo me queda una opción: hacerme la muerta.

Pase lo que pase, no estoy, no sé nada, no respondo, no escribo, no tomo ninguna iniciativa.

Pasan tres días, en la cuerda floja. Me convenzo a mí misma de que aquello en lo que decido no pensar no existe, pero no dejo de pensar en ello, tanto que una vez olvido dar de comer a León, que desde entonces es el reproche mudo felinificado.

Después, hacia las diez, llaman a la puerta.

2

La obra del sentido

En el umbral encuentro al señor Ozu.

– Querida señora Michel -me dice-, me alegro de que mi envío no la haya importunado. Del pasmo, no acierto a entender nada.

– Sí, sí -respondo, sintiendo que sudo como un cerdo-. Digo, no, no -me corrijo con una lentitud patética-. Pues muchas gracias.

Me sonríe amablemente.

– Señora Michel, no he venido para que me dé las gracias.

– ¿No? -digo, renovando con brío la ejecución del «dejar morir en los labios» cuyo arte comparto con Fedra, Berenice y la desdichada Dido.

– He venido a pedirle que venga a cenar conmigo mañana -dice-. Así tendremos ocasión de charlar sobre nuestros gustos comunes.

– Eeeh… -contesto, lo cual es relativamente corto.

– Una cena entre vecinos, algo sencillo -añade.

– ¿Entre vecinos? Pero si soy la portera -arguyo, aunque muy confundida.

– Es posible poseer dos cualidades a un tiempo -me contesta.

Virgen santa, ¿qué hago?

Siempre está la vía de la facilidad, aunque me repugne seguirla. No tengo hijos, no veo la televisión y no creo en Dios, todas estas sendas que recorren los hombres para que la vida les sea más fácil. Los hijos ayudan a diferir la dolorosa tarea de hacerse frente a uno mismo, y los nietos toman después el relevo. La televisión distrae de la extenuante necesidad de construir proyectos a partir de la nada de nuestras existencias frívolas; al embaucar a los ojos, libera al espíritu de la gran obra del sentido. Dios, por último, aplaca nuestros temores de mamíferos y la perspectiva intolerable de que nuestros placeres un buen día se terminan. Por ello, sin porvenir ni descendencia, sin píxeles para embrutecer la cósmica conciencia del absurdo, en la certeza del final y la anticipación del vacío, creo poder decir que no he elegido la vía de la facilidad.

Sin embargo, cuán tentada me siento ahora de hacerlo.

– No, gracias, pero mañana estoy ocupada -sería el procedimiento más indicado.

De éste existen varias variaciones corteses.

– Es muy amable por su parte, pero tengo la agenda de un ministro (poco creíble).

– Qué lástima, pero mañana precisamente me marcho a Megève (fantasioso).

– Lo siento, pero mañana viene mi familia a cenar (requetefalso).

– Mi gato está enfermo, no puedo dejarlo solo (sentimental).

– Estoy enferma, prefiero guardar cama (desvergonzado).

In fine me dispongo a decir: gracias, pero esta semana tengo gente en casa cuando, bruscamente, la serena amabilidad que muestra el señor Ozu, de pie ante mí, abre en el tiempo una brecha fulgurante.

3

Fuera de tiempo

Bajo el globo caen los copos.

Ante los ojos de mi memoria, sobre la mesa de la señorita, mi maestra hasta la clase de los mayores del señor Servant, se materializa la pequeña bola de cristal. Cuando nos habíamos portado bien, se nos permitía darle la vuelta y sostenerla en la palma de la mano hasta que cayera el último copo al pie de la torre Eiffel cromada. Aún no había cumplido siete años y ya sabía que la lenta melopea de las pequeñas partículas algodonosas prefigura lo que siente el corazón durante una gran alegría. La duración se ralentiza y se dilata, el ballet se eterniza en la ausencia de obstáculos, y cuando se posa el último copo, sabemos que hemos vivido ese instante fuera del tiempo que es la marca de las grandes iluminaciones. A menudo, de niña, me preguntaba si estaría a mi alcance vivir instantes semejantes y hallarme en el corazón del lento y majestuoso ballet de copos, liberada por fin del tedioso frenesí del tiempo.

¿Es eso acaso, sentirse desnuda? Libre el cuerpo de el espíritu no se libera sin embargo de sus aderezos. Pero la invitación del señor Ozu había provocado en mí el sentimiento de esa desnudez total que es la del alma sola y que, nimbada de copos, provocaba ahora en mi corazón una suerte de deliciosa quemazón.

Lo miro.

Y me zambullo en el agua negra, profunda, helada y exquisita del instante fuera del tiempo.

4

Sustancias arácnidas

– ¿Por qué, pero por qué, por amor de Dios? -le pregunto esa misma tarde a Manuela.

– ¡Vamos, vamos! -me dice, colocando el servicio para el té -. Pero ¡si está muy bien!

– No lo dirá usted en serio -gimo.

– Ahora toca ser prácticos -dice-. No puede ir así. Es el peinado lo que no está bien -prosigue, observándome con mirada experta.

¿Tienen idea de las concepciones de Manuela en materia de peinado? Esta aristócrata del corazón es una proletaria del cabello. Encrespado, retorcido, cardado y después vaporizado con sustancias arácnidas, el cabello según Manuela ha de ser arquitectural o no ser.

– Voy a ir a la peluquería -digo, probando la estrategia de la no precipitación.

Manuela me mira con recelo.

– ¿Qué se va a poner? -me pregunta.

Aparte de mis vestidos de todos los días, verdaderos vestidos de portera, no tengo más que una suerte de merengue nupcial blanco sepultado en naftalina y una casulla negra y lúgubre que me pongo en los escasos entierros a los que se me invita.

– Me voy a poner mi vestido negro -contesto.

– ¿El de los entierros? -pregunta Manuela, aterrada.

– Pero si es que no tengo otra cosa.

– Entonces tiene que comprarse algo.

– Pero si no es más que una cena.

– Pues claro, qué se ha creído, sólo faltaría -responde la carabina agazapada en Manuela-. Pero ¿es que usted no se viste cuando la invitan a cenar?

5

Encajes y perifollos

La dificultad empieza aquí: ¿dónde comprar un vestido? Normalmente, acostumbro a comprarme la ropa por catálogo, incluidos los calcetines, las bragas y las camisetas. La idea de probarme bajo la mirada de una jovencita anoréxica prendas que, sobre mí, parecerán un saco, siempre me ha alejado de las tiendas. Quiere la desgracia que sea demasiado tarde para esperar una entrega a tiempo por correo.

Tengan una sola amiga pero elíjanla bien.

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