El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
Supongamos que las aves almacenan, fijados como una fotografía, los contornos de lo que han visto. Esta pareja se encuentra en su decimoquinto año. Dispondrán de otros cinco. En junio dos nuevos huevos, óvalos con manchas grises, seguirán a los otros pares ya puestos en este lugar, un lugar que todos esos años anteriores han almacenado en la memoria.
La pareja se turna, como siempre sucede, para cuidar de la nidada. En el norte los días se alargan, hasta que, cuando llega el momento de incubar los huevos, la luz es continua. Surgen dos pollos, ya capaces de caminar y hambrientos. Los padres se alteran a fin de buscar comida para sus voraces polluelos, a los que alimentan continuamente con semillas, insectos y pequeños roedores, la energía que encierra el Ártico.
En julio, el pollo más joven muere de hambre, aniquilado por el apetito de su hermano mayor. Ha sucedido antes, la mayor parte de los años: una vida iniciada con un fratricidio. Al quedarse solo, el pollo superviviente se desarrolla. Al cabo de dos meses ya tiene plumas. Cuando los largos días septentrionales se acortan, sus cortos vuelos de prueba se expanden. Durante esas noches se forma escarcha en el nido de la familia, y el cielo cubre los tremedales como una corteza. En otoño, la joven ave está lista para reemplazar al hijo expulsado el año anterior en el largo viaje de regreso a los terrenos de invernada.
Pero primero las aves mudan, volviendo a su gris natural. A fines del verano, algo les sucede en el cerebro, y esta familia aislada de tres miembros recupera una mayor amplitud de movimiento. Prescinden de la necesidad de estar solos. Se alimentan junto a los demás y pasan la noche con ellos. Oyen a las familias cercanas que pasan por el cielo, volando por el gran embudo que es el valle del Tanana. Un día se elevan y se integran en una V que se forma por sí sola. Se pierden en ese ramal en movimiento que se va engrosando, hasta que pronto cincuenta mil aves al día avanzan en masa sobre el desconcertado valle, sus prehistóricas oleadas brillantes y ensordecedoras, un río de grullas ancho como el cielo, afluentes que avanzan durante días.
Debe de haber símbolos en las cabezas de las aves, algo que dice: Otra vez. Siguen un solo, continuo y repetido circuito de llanuras, montañas, tundra, montañas, llanuras, desierto, llanuras. Sin ninguna señal clara, las bandadas se elevan en una lenta espiral, grandes columnas giratorias de corrientes termales ascendentes que, con una sola mirada a sus padres, la joven ave aprende a utilizar.
Cierta vez, hace mucho tiempo, cuando las grullas se congregaban para su partida otoñal, pasaron por encima de una muchacha aleuta [1] que estaba sola en un prado. Las aves descendieron sobre ella, batiendo las alas al unísono, la alzaron oculta en una gran nube giratoria, y, con sus graznidos atrompetados, ahogaron los gritos que lanzaba. La muchacha se elevó por el pozo de aire arremolinado y se fundió con la bandada que volaba hacia el sur. Por eso cada otoño, cuando se marchan, las grullas aún trazan círculos y emiten sus llamadas, reviviendo la captura de la hija humana.
Mucho tiempo después, Weber aún podía precisar el momento en que el síndrome de Capgras apareció en su vida. Estaba anotado en su agenda: Viernes, 31 de mayo de 2002, una de la tarde, Cavanaugh, Café Union Square. Los primeros ejemplares de El país de la sorpresa acababan de salir de la imprenta, y el editor de Weber quería que fuese a la ciudad para celebrarlo. Su tercer libro: la publicación ya no era una novedad para él. A aquellas alturas de la trayectoria profesional de Gerald Weber, el viaje de dos horas en tren desde Stony Brook era más un deber que una ocasión de regocijo. Pero Bob Cavanaugh estaba ansioso por verle. «Va viento en popa», le había dicho el joven editor. Según el crítico de Publishers Weekly, el libro era «un recorrido visionario por el cerebro humano, realizado por un sabio que escribe en la plenitud de sus facultades». Lo de «recorrido visionario» tendría una mala acogida en los círculos neurológicos, unos círculos que no habían olvidado el éxito de los libros anteriores de Weber. Y había algo en «la plenitud de sus facultades» que le deprimía. Desde aquella altura, la única dirección posible era hacia abajo.
Weber acudió a la cita en Manhattan sin demasiado entusiasmo, y entre Penn Station y Union Square caminó con brío suficiente para obtener algún beneficio aeróbico. Todas las sombras estaban mal, seguían siendo desorientadoras más de ocho meses después. Una extensión de cielo donde no debería hallarse. Weber no había estado allí desde la primavera anterior, cuando presenció el desconcertante espectáculo luminoso: dos enormes baterías de focos apuntando al aire, como una ilustración salida del capítulo de su libro sobre los miembros fantasmas. Las imágenes pasaron de nuevo por su mente, las que se habían extinguido poco a poco a lo largo de tres cuartas partes del año. Aquella única e impensable mañana era real; desde entonces todo había sido una mentira narcoléptica. Caminó hacia el sur, por las calles insoportablemente normales, pensando que podría arreglárselas muy bien sin ver jamás de nuevo aquella ciudad.
En el restaurante, Bob Cavanaugh le saludó con un abrazo de oso, que Weber soportó. Su editor procuró contener la risa.
– Te dije que no te pusieras elegante.
Weber extendió los brazos.
– Yo no llamaría a esto elegancia.
– No puedes evitarlo, ¿verdad? Deberíamos publicar un libro de regalo lleno de fotos tuyas en sepia. El peripuesto neurocientífico. El Beau Brummell de la investigación cerebral.
– No estoy tan mal. ¿Crees que lo estoy?
– Mal, no, señor. Digamos que solo deliciosamente… arcaico.
Durante la comida, Cavanaugh se mostró de lo más encantador. Habló de los últimos libros que habían tenido mayor repercusión y le contó lo bien que los agentes europeos habían acogido su Sorpresa.
– Tu obra de más éxito, Gerald. Estoy seguro de ello.
– No es necesario establecer ningún récord, Bob.
Hablaron rápidamente de más chismorreos sobre la industria y, mientras tomaban un capuchino del todo innecesario, Cavanaugh le dijo por fin:
– Bien, basta de cháchara. Veamos tu carta tapada.
Habían transcurrido treinta y tres años desde que Weber jugó la última mano de blackjack. Fue en el tercer curso universitario, en Columbus, cuando le enseñaba el juego a Sylvie. Ella quería jugar a cambio de favores sexuales. Un buen juego, sin perdedores. Pero de profundidad estratégica insuficiente para mantener su interés durante mucho tiempo.
– No tengo nada que sea demasiado sorprendente, Bob. Quiero escribir sobre la memoria.
Cavanaugh se animó.
– ¿El Alzheimer? ¿Esa clase de enfermedades? Población envejecida, capacidades en declive. Un tema de lo más actual.
– No, no se trata del olvido. Quiero escribir sobre el recuerdo.
– Interesante, fantástico de veras. Cincuenta y dos semanas para un mejor… No, espera. ¿Quién dispone de tanto tiempo? ¿Qué te parece Diez días para…?
– Una perspectiva general, al alcance de todo el mundo, de las investigaciones actuales. Lo que sucede en el hipocampo.
– ¡Ah! Comprendo. ¿Se están desvaneciendo los pequeños signos del dólar sobre mis iris?
– Eres buen perdedor, Robert.
– Soy un pésimo perdedor, pero un excelente editor. -Mientras cogía la cuenta, Cavanaugh le preguntó-: ¿Podrías incluir al menos un capítulo sobre la estimulación de la memoria por medio de fármacos?
Weber regresó a Penn Station, y estaba de pie bajo el tablero indicador de las salidas, esperando el tren de Stony Brook, cuando un hombre con un raído chaleco azul celeste y pantalones de pana manchados de grasa le saludó agitando la mano, encantado de haberle reconocido. Debía de ser una de las personas a las que había entrevistado en el pasado. Weber ya no las recordaba a todas. Lo más probable era que fuese uno de los muchos lectores que no se percataban de que las fotos publicitarias y la televisión son medios de sentido único. Veían el níveo cabello con entradas de Weber, el destello azul detrás de las gafas de montura metálica, la amplia calva, paternal y suavemente redondeada, la luenga barba gris, un cruce entre Charles Darwin y Papá Noel, y le saludaban como si fuese su inofensivo abuelo.
[1] Los aleutas son un pueblo aborigen que habitan las Islas Aleutianas, las Islas Pribilof y las Islas Shumagin al extremo occidental de la península de Alaska y desde el 1825 en las Islas del Comandante, cerca de la Península de Kamchatka, a donde fueron desplazados por la Compañía Ruso-americana. (N. del digitalizador)