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Noche cerrada en Bergen

Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:

Durante unas frías navidades, la psicóloga y profiler Inger Johanne Vik se encuentra, junto a su familia, involucrada en la investigación de unos desagradables crímenes. Su marido, el detective Yngvar Stubø, ha sido enviado a Bergen tras el asesinato de la obispo local, Eva Karin Lysgaard. Mientras, en Oslo, se suceden una serie de asesinatos de diversa naturaleza. A pesar de que no hay un vínculo aparente entre ellos, Inger Johanne Vik acabará descubriendo la relación existente.
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
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– ¿Por qué estaba mamá caminando por la calle?

Erik dejó caer la mano.

– Es un asunto entre Eva Karin y yo.

– Creo que sé por qué.

– Mírame.

Lukas observó sus propias palmas. En la raíz de cada pulgar había una profunda rasgadura. La sangre seguía goteando hacia la alfombra.

– Mírame -repitió Erik.

Cuando Lukas todavía no lograba levantar el rostro, sintió la mano de su padre sobre su mejilla sin afeitar. Finalmente levantó la vista.

– Tú no sabes nada -dijo Erik.

«Sí -pensó Lukas-. Quizá siempre lo supe. Por lo menos durante mucho tiempo.»

– De veras que no sabes nada -repitió su padre.

Estaban tan cerca que el aliento de uno acariciaba la piel del rostro del otro con pequeños soplos. Y de la misma forma en que los malos pensamientos se convierten en secretos rígidos cuando no se comparten, ambos cargaban con la certeza de algo que estaban convencidos que el otro ignoraba. Se quedaron ahí quietos, avergonzados cada uno a su modo, sin que hubiera nada que decirse.

– Me avergüenza decirlo, Synnøve, pero éste es el tipo de casos en los que tratamos de mantenernos bastante a la expectativa.

En todo caso, Kjetil Berggren había logrado bajar la temperatura dentro de la pequeña sala de interrogatorios. Ahora estaba sentado con las mangas de la camisa arremangadas de manera antirreglamentaria y tamborileaba distraído con un lápiz sobre la pierna del pantalón.

Ella lo contó todo tal como era, sin esconder nada. El que cada palabra suya hiciese que la desaparición de Marianne resultase cada vez menos sospechosa era algo que todavía no entendía bien.

– Comprendo -dijo, dócil.

– Una cosa es que ni siquiera has hablado todavía con sus padres.

– ¡Marianne no tuvo contacto con ellos desde que nos mudamos a vivir juntas!

– Entiendo -dijo él, y se pasó la mano por el cabello bien corto-. En principio estoy de acuerdo contigo en que hay razón para preocuparse. Pero es que…

Estaba marcadamente menos entusiasta ahora que cuando la rescató de Ola Kvam hacía ya una hora y media. Se sentaba inquieto en la silla y no había tomado una sola nota en más de treinta minutos.

– Uno debe hablar con la familia cercana antes. Hasta donde entiendo, tú no contactaste con nadie todavía.

El enervante tamborileo contra la pierna se hizo más fuerte.

– Ni siquiera con sus padres -repitió él.

Como si los padres de una mujer de cuarenta y dos años tuviesen respuesta para todo.

– No vinieron cuando nos casamos -dijo Synnøve, agotada-. ¿Por qué se te ocurre que ahora podrían saber algo de Marianne?

– Al fin y al cabo iba a visitar a la tía de su madre, ¿verdad? Eso puede querer decir que su madre tiene…

– ¡Esa tía apareció de la nada! Escucha, Kjeticlass="underline" Marianne rompió con sus padres después de un terrible enfrentamiento hace ya más de trece años. Obviamente, tuvo que ver conmigo. Mantuvo una especie de contacto con su hermano, pero sólo eventualmente. No tiene abuelos y su padre es hijo único. La madre tiene a toda la parentela bajo su puño de hierro. En otras palabras, es como si Marianne no tuviese familia. Así las cosas, en otoño llegó una carta de la tía abuela, que emigró antes de que Marianne naciese y es… persona non grata para la familia. Una bohemia. Se casó con un afroamericano a comienzos de los sesenta, cuando hacer algo así no era precisamente popular en las familias finas de Sandefjord. Después se divorció y se fue a vivir a Australia. Ella… -Synnøve se interrumpió-. ¿Por qué estoy aquí sentada dándote un montón de información totalmente irrelevante sobre una mujer mayor extravagante y un tanto rara que de pronto descubrió que tenía una sobrina nieta a quien su familia apoyaba tan poco como a ella? ¡La cosa es que Marianne nunca llegó a casa de su tía!

Gesticuló con el brazo y volcó una taza llena de café. Soltó una palabrota cuando el líquido caliente cayó sobre sus muslos y saltó de la silla. Antes de que pudiese darse cuenta, Kjetil Berggren estaba a su lado con una botella de agua mineral vacía.

– ¿Qué tal? ¿Quieres que eche más?

– No, gracias -murmuró ella-. Está bien, gracias.

Kjetil Berggren buscó toallas de papel en una alacena, al lado de la pequeña pileta que había en el rincón.

– Y además está eso de que ella ya se fugó antes -dijo él, todavía de espaldas.

Synnøve se sentó otra vez en la silla incómoda.

– No se fugó. Terminó la relación. Es distinto.

– Ten.

Él le alcanzó una gruesa pila de toallas.

– Dijiste que se fue para catorce días -dijo, sentándose de nuevo-. Sin dar noticias. Tampoco esa vez, quiero decir. Creo que comprendes que esto quiere decir algo, Synnøve. Que esta mujer…, que Marianne, hace tan sólo tres años, desapareció después de una tremenda pelea y viajó a Francia sin siquiera decirte que se había ido al extranjero. Éste es el tipo de cosas que los policías tenemos que tomar en consideración cuando decidimos si poner o no todo el peso en…

– Pero esta vez no nos peleamos. No nos peleamos en absoluto.

En lugar de regresar a su lugar al otro lado de la mesa, él se sentó sobre ésta y apoyó un pie en la silla al lado de Synnøve. Posiblemente era un gesto amistoso.

– Me encuentro horrible -murmuró ella poniendo distancia-. Y apesto como un caballo. Disculpa.

– Synnøve -dijo él con calma, sin darse cuenta de que ella tenía toda la razón.

Su mano estaba caliente cuando la apoyó en el hombro de ella.

– Desde luego que veré qué es lo que puedo hacer. Me hago cargo de tu denuncia de desaparición. Por lo menos es un comienzo. Pero desgraciadamente no puedo garantizarte que vayamos a hacer gran cosa. No por un tiempo, en todo caso. Sin embargo, hay mucho que puedes hacer sola mientras tanto.

Ella se puso de pie. Más para alejarse del contacto, que inesperadamente sintió como poco bienvenido. Cuando se estiró para coger el jersey, Kjetil Berggren bajó de la mesa al suelo.

– Haz unas llamadas -dijo él-. Tenéis muchos amigos. En caso de que haya algún asunto de… infidelidad en todo esto… -por suerte tenía la cabeza dentro del jersey. Se sonrojó enseguida. Luchó con torpeza dentro de la prenda hasta que retomó el control- suele haber uno o más en el grupo de amistades que lo saben.

– Entiendo -dijo ella.

– Y si tenéis una cuenta bancaria común, puedes verificar si ella retiró dinero. Y si ése fuera el caso, puedes averiguar dónde. Yo te llamaré dentro de un par de días a ver cómo va todo. O pasaré por tu casa. ¿Vives aún en la vieja casa de Hystadveien?

– Vivimos en Hystadveien. Marianne y yo.

En el momento en que lo dijo, supo que era mentira.

– Sin considerar que Marianne está muerta -dijo con dureza, tomó el anorak y caminó hacia la puerta-. Gracias, Kjetil. ¡Gracias por fucking nothing!

Cerró la puerta tras de sí con tanta fuerza que la hizo saltar de las bisagras.

Noche hasta la oscura mañana

Rolf no podía cerrar la puerta de un coche de manera civilizada.

La cerró con tanta fuerza que Marcus Koll lo oyó desde la sala, pese a que el coche estaba detrás del edificio del garaje. Rolf le echaba la culpa a que durante toda su vida había conducido ruinas con ruedas. Todavía no se acostumbraba a los coches alemanes que superaban el millón. Por no hablar de los italianos que costaban el doble.

Marcus daba manotazos irritados persiguiendo una mosca que invernaba. Era enorme y perezosa, pero todavía vivía cuando entró Rolf.

– ¿Qué diablos haces?

Marcus estaba de rodillas sobre la mesa del comedor y arrojaba golpes a su alrededor.

– Una mosca -murmuró-. ¿No puedes ser un poco más amable con nuestros automóviles?

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