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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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– ¡Es verdad! -añadió Zalumma con un siseo furioso-. Finalmente habéis acabado aquello que comenzasteis hace tanto tiempo. ¡Marchaos, idos ahora mismo y dejad que nosotros cuidemos de ella!

Mi padre se retiró y cerró la puerta sin decir palabra.

Zalumma continuó mirando la puerta, con el cuerpo tenso y tembloroso. Apoyé una mano en su hombro, pero me la apartó, y luego se volvió hacia mí. Los años de odio reprimido salieron como un torrente:

– ¡Él la golpeó! ¿Lo entiendes? ¡Él la golpeó, y yo tuve que prometer callar mientras ella viviese!

20

Me sentí como san Sebastián: atravesada por un centenar de flechas, herida de muerte. No pude responder.

Me moví lenta, silenciosamente, mientras Zalumma y yo acabábamos de limpiar el cuerpo. Después la vestimos con la camicia de lana y colocamos el velo de lino sobre los cabellos sin trenzar.

Salimos y, con palabras que no recuerdo, llamé a los sirvientes para que viniesen a buscarla.

Durante el entierro en el cementerio de la iglesia, mi padre proclamó sonoramente que Savonarola estaba en lo cierto. Adveniat regnum tuum, se acercaba el fin del mundo; una buena cosa, porque eso significaba que él y su amada esposa Lucrezia se reunirían muy pronto.

Más tarde, cuando ya había anochecido, mi padre vino a verme.

Yo estaba sola en la habitación de mi madre -dispuesta a dormir en su cama-, cuando llamaron a la puerta.

– Entra -dije. Pensé que Zalumma volvía para insistir en que comiese algo.

En cambio, apareció mi padre en el umbral, todavía vestido con la amplia túnica negra -el mantello- de duelo.

– Zalumma -dijo con un tono tímido e inseguro-. Estaba muy furiosa. ¿Te dijo algo más? ¿De mí y de tu madre?

Lo miré con desprecio.

– Dijo lo suficiente.

– ¿Lo suficiente? -La ansiedad que se reflejaba en sus ojos hizo que lo odiase todavía más.

– Lo suficiente -respondí-, como para hacerme desear no ser tu hija.

Levantó la barbilla y parpadeó rápidamente.

– Tú eres ahora todo lo que tengo -manifestó con voz ronca-. La única razón por la que respiro.

Mi cruel respuesta aparentemente confirmó lo que él pensaba, porque se volvió y se marchó rápidamente.

Aquella noche dormí mal, sobresaltada por los sueños acerca de mi madre: nos habíamos equivocado, ella no había muerto, fray Domenico no la había matado. Durante uno de los sueños me desperté no por la emoción, sino porque algo se movía en la habitación. Levanté la cabeza y distinguí la silueta de Zalumma en la oscuridad. Caminaba hacia el colchón que había en el suelo, donde siempre había dormido junto a mi madre. Se dio cuenta de que estaba despierta y la miraba.

– Ahora soy tu esclava -declaró, y con esto ocupó su lugar en el suelo a mi lado y se acomodó para dormir.

21

El nuestro era un hogar desgraciado. Zalumma y yo nos habíamos hecho inseparables, y ocupábamos nuestro tiempo en tareas domésticas carentes de significado. Yo continué con mi rutina: iba al mercado en los grises días de invierno como había hecho mi madre, compraba la carne al carnicero y me encargaba de las diversas tareas necesarias para el buen funcionamiento de la casa, acompañada siempre por Zalumma y el cochero. Pero esta vez, no tenía a nadie que me instruyese; las decisiones eran exclusivamente mías.

Evitaba a mi padre todo lo que podía. Ambos nos sentíamos incómodos cuando cenábamos juntos; muchas veces retrasaba su regreso de la ciudad con el pretexto del trabajo, y yo cenaba sola. A pesar de mi deseo de ser cariñosa y comprensiva como mi madre, no conseguía ocultar mi resentimiento; no podía ser bondadosa. Ni una sola vez se me ocurrió pedir perdón por mi cruel comentario, porque continuaba pensando igual.

En su aflicción, mi padre se aferró a las enseñanzas de Savonarola. A menudo repetía la advertencia del fraile referente al cercano fin del mundo, porque solo eso -o la muerte- lo llevarían cerca de su amada Lucrezia. Supongo que no tenía otra alternativa que creer que Dios se había llevado a su esposa para evitarle más sufrimientos; de lo contrario, hubiese tenido que reconocer que tenía gran parte de culpa en su muerte. De lo contrario, hubiese tenido que calificar a Savonarola y al estúpido Domenico de asesinos. Dos veces al día, asistía a misa en San Marcos, con Giovanni Pico siempre a su lado.

Pico se convirtió en un visitante asiduo. Mi padre y él comenzaron a vestir igual; con unas sencillas túnicas negras que hubiesen podido confundirse con los hábitos de un monje de no haber sido por la soberbia calidad de las telas y su corte perfecto. Si bien mi padre trataba al conde con la mayor hospitalidad -se aseguraba de que le sirviesen los mejores cortes de carne de nuestra cocina y el mejor de los vinos de nuestra bodega-, había cierta reticencia, una frialdad hacia Pico que no había existido antes de la muerte de mi madre.

A la hora de la cena, mi padre repetía las palabras de fray Girolamo. Se esforzaba para encontrar el matiz correcto, evocar la emoción precisa que le permitiese granjearse mi perdón y me animase a acompañarlo a San Marcos. Nunca respondía a sus aseveraciones, y le hablaba solo a la comida que tenía en mi plato.

En compañía de Zalumma, iba dos veces al día, con lluvia o con sol, a la cercana iglesia de Santo Spirito. No lo hacía por ningún sentido religioso -aún sentía un gran rencor hacia Dios-, sino porque quería estar cerca de mi madre. Santo Spirito había sido su refugio preferido. Me arrodillaba en la fría iglesia, y contemplaba la hermosa talla de Cristo, muerto en la cruz. En su rostro había una expresión que no era de sufrimiento, sino de un profundo reposo. Confiaba en que mi madre compartiese la misma paz.

Pasaron tres semanas de este modo. Entonces, una noche, cuando yo había cenado sola porque mi padre todavía no había llegado, llamaron a la puerta de mi habitación.

Había estado leyendo el precioso ejemplar de Dante que había pertenecido a mi madre. Intentaba adivinar en qué circulo del infierno fray Girolamo se colocaría a sí mismo; intentaba decidir en qué círculo del infierno lo colocaría yo.

Zalumma estaba conmigo. Quería disimular en todo lo posible su inmenso dolor, pero había tratado a mi madre durante muchos más años que yo. A veces, cuando me despertaba sobresaltada por una pesadilla, la veía sentada, inmóvil en la oscuridad. Durante el día, se dedicaba a mí en cuerpo y alma. Cuando aquella noche llamaron a mi puerta, ella estaba sentada junto a la lámpara de aceite que compartíamos, bordando un pañuelo para mi cassone, mi ajuar, con las más delicadas de las filigranas.

– Pasa -dije a mi pesar. Había reconocido la llamada y no tenía ganas de conversación.

Mi padre solo entreabrió la puerta. Aún vestía la pesada capa negra y el gorro. Se apoyó en el marco y dijo con voz cansada:

– Hay piezas de tela en la sala grande. He mandado a los sirvientes que las desplieguen para ti. Son demasiadas para subirlas.

Se apartó de la puerta como si lo dicho hubiese sido explicación suficiente.

– ¿Telas?

Mi pregunta hizo que se detuviese.

– Escoge la que más te guste, y mandaré a llamar a un sastre. Tendrás un vestido nuevo. No te preocupes por el coste. Tiene que ser lo más hermoso posible.

A mi lado, Zalumma -que desde la muerte de mi madre se había comportado, hasta donde le era posible, como si él no existiese- apartó la labor y lo miró fijamente.

– ¿Por qué? -No podía imaginar qué lo incitaba a aquello, más allá de un súbito deseo por recuperar mi afecto. Pero aquel comportamiento chocaba frontalmente con las enseñanzas de Savonarola. El fraile abominaba del lujo de las prendas.

Mi padre exhaló un suspiro. La pregunta le molestaba.

– Asistirás a una fiesta en la casa de Lorenzo de Médicis -respondió de mala gana.

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