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La Cabaña Del Tío Tom

Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:

De la autora abolicionista estadounidense Harriet Beecher Stowe, La Cabaña del tío Tom es una novela cuyo tema central es la esclavitud. Fue publicada en 1852, y causó gran polémica por la división de posturas que existían en el país en vísperas de la Guerra Civil. Fue la novela más vendida en el siglo XIX.
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
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El fabricante, señor Wilson, miraba al forastero desde que entró con un aire de curiosidad inquieta. Tenía la impresión de que lo había visto antes en algún sitio, pero no alcanzaba a recordar dónde. Cada vez que el hombre hablaba, se movía o sonreía, le clavaba la mirada para apartarla enseguida cuando se fijaban en él los brillantes ojos oscuros con una expresión de frialdad displicente. Finalmente, pareció caer repentinamente en la cuenta de quién era, pues lo contempló con tal expresión de asombro e incomprensión que el hombre se le acercó.

– El señor Wilson, creo -dijo, extendiendo la mano con tono de haberlo reconocido-. Le ruego me disculpe, pero no le había reconocido. Ya veo que usted me ha reconocido a mí: el señor Butler, de Oaklands en el condado de Shelby.

– Sí… sí, señor -dijo el señor Wilson como alguien que habla en sueños.

En ese momento entró un muchacho negro y anunció que estaba preparada la habitación del señor.

– Ocúpate de los baúles, Jim -dijo el caballero con indiferencia; después, dirigiéndose al señor Wilson, añadió-: Me gustaría hablar unos minutos de negocios con usted, en mi cuarto, si no le importa.

El señor Wilson le siguió como un sonámbulo; se dirigieron a un aposento grande del piso superior, donde crepitaba un fuego recién encendido y correteaban varios sirvientes alrededor, dando los últimos toques a los preparativos.

Cuando todo estuvo listo y los sirvientes se hubieron marchado, el hombre joven giró la llave intencionadamente en la puerta y, guardándose la llave en el bolsillo, se dio la vuelta y, con los brazos cruzados, miró al señor Wilson directamente a la cara.

– ¡George! -dijo el señor Wilson.

– Sí, George -dijo el hombre joven.

– ¡Nunca lo hubiera creído!

– Voy bien disfrazado, me figuro -dijo el hombre joven con una sonrisa-. Un poco de corteza de nogal ha convertido mi piel amarillenta en morena y me he teñido el pelo de negro, por lo que no correspondo en absoluto a la descripción.

– ¡Ay, George, pero éste es un juego peligroso! Nunca te hubiera aconsejado que lo jugaras.

– Lo hago bajo mi propia responsabilidad -dijo George, con la misma sonrisa orgullosa.

Queremos comentar, de pasada, que George era blanco por parte de padre. Su madre fue una de las desgraciadas de su raza, destinada por su belleza personal a ser esclava de las pasiones de su dueño y madre de hijos que nunca tendrían padre. De una de las mejores familias de Kentucky había heredado unas bellas facciones europeas y un espíritu vivo e indomable. De su madre sólo heredó un ligero tinte mulato, compensado de sobra por los ojos oscuros que le hacían juego. Un pequeño cambio en el color de piel y del cabello lo habían metamorfoseado en el individuo de aspecto español que parecía; y como siempre había tenido elegancia de movimientos y unos modales caballerosos, no le costaba ningún trabajo representar el atrevido papel que había adoptado: el de un caballero que viaja con su criado.

El señor Wilson, un caballero de buen corazón pero extremadamente nervioso y precavido, paseaba arriba y abajo por la habitación con apariencia, en palabras de John Bunyan, «de tener la mente zarandeada» y dividido entre el deseo de ayudar a George y una idea algo confusa de mantener la ley y el orden. Así que, mientras paseaba, se expresó de la siguiente manera:

– Bien, George, supongo que te fugas… que dejas a tu legítimo dueño, George… (no me sorprende)… pero al mismo tiempo, lo siento, George… sí, desde luego… creo que he de decirlo, George… es mi deber decírtelo.

– ¿Qué es lo que siente usted, señor? -preguntó tranquilamente George.

– Pues verte, como si dijéramos, oponiéndote a las leyes de tu país.

– ¡Mi país! -dijo George, con fuerte énfasis amargo ¿qué país tengo yo, sino la tumba?, ¡y juro por Dios que quisiera estar en ella!

– Ay, George, eso no está bien; esa forma de hablar es malvada, va contra las Sagradas Escrituras. George, tienes un amo duro, de hecho se comporta de manera reprobable y no pretendo defenderlo. Pero sabes cómo el ángel ordenó a Agar que volviese con su ama y se humillara bajo su mano [15]; y el apóstol mandó a Onésimo que volviese con su amo [16].

– No me cite usted la Biblia de esta manera, señor W son -dijo George con los ojos llameantes-, ¡no lo haga!, pues mi esposa es cristiana y yo lo seré si salgo de ésta; pero citar la Biblia a alguien en mis circunstancias es bastante para hacer que deje la religión del todo. Apelo á Dios Todopoderoso; estoy dispuesto a llevar el caso ante El para preguntarle si hago mal en buscar la libertad.

– Estos sentimientos son muy naturales, George -dijo el bondadoso anciano, sonándose la nariz-. Son naturales, pero es mi obligación no alentarte a seguirlos. Sí, hijo, te compadezco; es un mal asunto, muy malo, pero dice el apóstoclass="underline" «Que cada uno asuma la condición que le ha correspondido.» Todos debemos sometemos a las indicaciones de la Providencia, George, ¿te das cuenta?

George se quedó con la cabeza echado hacia atrás, los brazos fuertemente cruzados contra su ancho pecho y una sonrisa amarga dibujada en los labios.

– Señor Wilson, si vinieran los indios y le hicieran prisionero, alejándole de su esposa e hijos y le quisieran tener toda la vida trabajando el maíz para ellos, me pregunto si usted creería que era su obligación asumir la condición que le había correspondido. Yo creo que usted consideraría una indicación de la Providencia el primer caballo sin jinete que pudiera encontrar, ¿no es verdad?

El anciano consideró seriamente esta ilustración del caso; pero, aunque no era muy buen razonador, tenía el buen sentido del que carecían muchos dialécticos del tema: el de no decir nada cuando no había nada que decir. De modo que, mientras se quedó acariciando suavemente el paraguas y quitándole todas las arrugas y pliegues, continuó con sus recomendaciones generales.

– Verás, George, tú sabes que siempre he sido tu amigo, y todo lo que he dicho, lo he dicho por tu bien. Ahora bien, en este caso me parece a mí que corres un gran riesgo. No puedes tener esperanzas de éxito. Si te cogen, las cosas te irán peor que nunca; te maltratarán y dejarán medio muerto y luego te venderán río abajo.

– Señor Wilson, sé todo esto -dijo George-. Sí que corro un riesgo, pero… -abrió de repente el abrigo para mostrar dos pistolas y un cuchillo de caza-. ¡Ahí está! -dijo-, estoy preparado para ellos. jamás me iré al sur. ¡No! Llegado el caso, me ganaré por lo menos seis pies de tierra gratis, ¡la primera y la última tierra que posea jamás en Kentucky!

– Ay, George, ése es un estado de ánimo muy malo; se aproxima a la desesperación, George. Me preocupas, quebrantando las leyes de tu país.

– ¡Mi país de nuevo! Señor Wilson, usted tiene país, pero ¿qué país tengo yo o los que, como yo, han nacido de madres esclavas? ¿Qué leyes hay para nosotros? Nosotros no las hacemos ni damos nuestro consentimiento; no tenemos nada que ver con ellas; todo lo que hacen por nosotros es aplastarnos y mantenemos aplastados. ¿No he oído sus discursos del 4 de julio? ¿No nos dicen a todos, una vez al año, que los gobiernos reciben su legítimo poder del consentimiento de los gobernados? Los que oyen estas cosas, ¿es que no saben pensar? ¿No saben atar cabos, para ver lo que significa?

La mente del señor Wilson era de aquellas que se podrían asemejar con bastante propiedad a una bala de algodón: aterciopelado, suave, benévolamente velloso y confuso. Realmente compadecía a George con todo su corazón y tenía una percepción borrosa y turbia del tipo de sentimientos que lo torturaban, pero creyó que era su deber seguir con tenacidad infinita hablándole del bien.

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[15] Génesis 16, 9.

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[16] Carta a Filemón.

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