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La guerra de la paz [The Peace War - es]

Электронная книга - «La guerra de la paz [The Peace War - es]». Краткое содержание книги:

Paul Hoehler, un brillante científico, descubre el principio del funcionamiento de las “burbujas”, unos campos de fuerza esféricos completamente infranqueables. Gracias a ellos, sus usuarios se harán con el poder e impondrán una “paz” forzada y un estancamiento científico-tecnológico en un mundo diezmado por los conflictos y las plagas.
“La guerra de la paz” es la primera obra de la serie de las “burbujas” en la que un brillante autor de sólida formación científica nos narra un futuro posible y la rebelión contra una autoridad despótica en medio de una intriga política de gran alcance. Una interesante y dinámica exploración de cómo un nuevo y maravilloso artilugio científico todavía incomprendido puede alterar el destino del mundo.
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Y era posible que Paul fuese uno de ellos, o que ya hubiese muerto.

Estuvieron sentados durante mucho tiempo en los montones de piedras, de donde sólo se movían para que no les alcanzara la marea. Disminuyó el ruido de los soldados y de los vehículos. Uno tras otro se fueron apagando los reflectores. Uno tras otro se fueron marchando los autobuses, los mismos que pocos días antes les habían parecido maravillosas carrozas con velocidad y confort y que ahora ya no eran más que transporte de ganado.

Si eran tan idiotas como para no registrar la playa, él y Rosas tendrían que ir andando hacia el norte, después de todo.

Debían ser las tres de la madrugada. La marea ya había llegado a su máximo alcance y empezaba a retroceder. Todavía quedaban guardias en la colina próxima al hotel, pero no parecía que se dedicaran demasiado a vigilar. Rosas empezó a hablar de irse hacia el norte mientras todavía estaba oscuro.

Oyeron un ruido regular, de roce contra las rocas, a unos pocos metros de donde estaban ellos. Los dos fugitivos se asomaron ligeramente desde su escondite. Alguien estaba en el agua y empujaba una pequeña embarcación para intentar situarse detrás de las rompientes.

—Creo que a esta chica le vendría muy bien algo de ayuda —comentó Mike.

Wili se acercó más para asegurarse. Era una muchacha, mojada y con la ropa rota, que le resultaba familiar. Después de todo, no habían capturado a Della Lu.

17

Paul Naismith estaba agradecido por el hecho de que en aquellos tiempos, normalmente plácidos, todavía anduvieran sueltos algunos paranoicos, además de él, naturalmente. En algunos aspectos Kolya Kaladze era peor que él. El anciano ruso había dedicado una parte importante del presupuesto de su «granja» a construir un maravilloso sistema de pasadizos secretos, caminos disimulados, pequeños depósitos de armas y reductos fortificados. Naismith había podido viajar más de diez kilómetros por la finca, dando toda la vuelta a Salsipuedes, sin tener que estar expuesto a la vista desde el cielo, o a las miradas de los mal recibidos visitantes que estaban al acecho de todo cuanto sucedía en la granja.

Entonces estaba en las colinas y se sentía relativamente a salvo. No tenía la menor duda de que la Autoridad había observado el mismo suceso que él. Más pronto o más tarde desviarían algunos de sus recursos, de las diversas emergencias con que se enfrentaban, e investigarían aquel penacho de humo rojo tan especial. Paul esperaba poder estar muy lejos cuando aquello sucediera. Entretanto, iba a aprovecharse de su increíble buena suerte. La venganza había esperado durante cincuenta años, pero ya había llegado su hora.

Naismith arreó al caballo. El carro y el caballo no eran los mismos con los que habían llegado a la granja. Kolya se lo había suministrado todo, incluido un disfraz tonto, de anciana, que él sospechaba era más molesto que eficaz.

Nicolai no se había opuesto, pero tampoco había estado contento con su partida. Naismith se arrellanó en el asiento almohadillado y estuvo pensando tristemente en su última discusión. Estaban sentados en el porche de la casa principal. Las persianas estaban levantadas, y una ligera vibración en el aire permitió a Naismith saber que los cristales eran incapaces de oponerse a una sonda acústica transmitida por un láser. Los «bandidos» (¡qué nombre más apropiado!) de la Autoridad de la Paz, no habían hecho ninguna maniobra. A excepción de lo que se recibía por la radio, y de lo que Paul había visto, no aparecía el menor indicio de que el mundo estaba siendo puesto patas arriba.

Kaladze comprendió la situación (o pensó que la había comprendido), y no quiso saber nada del proyecto de Naismith.

—Te lo digo sinceramente, Paul. No te entiendo. Aquí estarnos, relativamente, a salvo. No me importa lo que digan los de la Paz. No pueden actuar contra todos a la vez. Por este motivo se apoderaron de nuestros amigos en el torneo. Para tenerlos como rehenes.

Hizo una pausa, muy probablemente se acordaba de tres rehenes en especial. Hasta entonces no habían podido saber si Jeremy, Wili y Mike estaban vivos o muertos, presos o libres. El haber tomado rehenes podía resultar una estrategia efectiva, desde luego.

—Si nos mantenemos con la cabeza gacha, no hay ninguna razón para creer que van a invadir la granja Flecha Roja. Podrás estar tan a salvo aquí, como en cualquier otra parte. Pero —Nicolai empezó a hablar más aprisa como para evitar que el otro le diera una respuesta inmediata—, si te vas ahora, estarás solo y a la vista. Quieres ir a uno de los sitios de Norteamérica donde, con toda seguridad, habrá muchos de los de la Paz, como un enjambre. Y, a cambio de este tremendo riesgo, no vas a conseguir nada.

—Te has equivocado en tres cosas, querido amigo —le contestó en voz baja Paul, que apenas si podía contener su impaciencia por marcharse. Y le fue señalando los puntos—. Primero, tu segundo alegato. Si me marcho ahora mismo puedo llegar allí muy probablemente antes que los de la Autoridad, porque tienen muchas otras cosas de que preocuparse, puesto que ya tenemos operando el invento de Wili. Yo y mis programas hemos estado recibiendo constantemente datos de los satélites de reconocimiento de la Paz, buscando evidencias de la degeneración de las burbujas. Estoy seguro que la misma Autoridad no tiene la capacidad de seguimiento que tengo yo. Es posible que no sepan todavía que una burbuja ha estallado esta mañana en estas colinas.

»En cuanto a tu tercer punto, el riesgo merece la pena. Voy a conseguir el mayor de todos los premios: el método para destruir a la Autoridad. Algo o alguien logra hacer que las burbujas estallen. Así pues, hay algún tipo de defensa contra las burbujas. Si puedo descubrir el secreto…

Kaladze se encogió de hombros.

—¿Y qué? Aunque sepas cómo hacerlo, siempre vas a necesitar un generador de energía nuclear para llevarlo a cabo.

—Tal vez. Finalmente, mi respuesta a tu primer punto. Yo, nosotros, no estamos seguros, en lo más mínimo, disimulados en la granja. Llevo años intentando convencerte de que la Autoridad es mortal de necesidad si te clasifica como un peligro. Van a utilizar los rehenes de La Jolla para identificarte y sacarte de aquí. Incluso suponiendo que no hayan cogido a Mike y a los muchachos, la granja Flecha Roja debe ocupar un lugar prominente en su lista. Y si llegan a sospechar que estoy aquí, van a venir por todos nosotros en cuanto dispongan de suficientes fuerzas en el área. Tienen razones para temerme.

—¿Quieren apoderarse de ti? —preguntó Kaladze—. Entonces, ¿por qué no nos han encerrado ya en una burbuja, sin más historias?

Paul sonrió.

—Lo más probable es que en el reconocimiento de los «bandidos» no me identificaran, o quizá quieran estar seguros de que cuando cierren la jaula yo esté dentro. Ya me escapé de Avery una vez. No puede permitirse quedar en la duda. Y ésta es la última línea de defensa, Kolya: la Autoridad de la Paz se ha puesto en marcha para cogernos. Debemos presentarles batalla lo mejor que podamos. Si descubrimos lo que hace explotar las burbujas, vamos a ganarles la partida.

No había necesidad de contarle a Kolya que igualmente lo hubiera hecho, aunque los de la Paz no hubieran intervenido en las detenciones de La Jolla. Al igual que muchos Quincalleros, Nicolai Kaladze nunca había estado en conflicto abierto con la Autoridad. Aunque era tan viejo como Naismith, no se había enterado de primera mano de la traición que había llevado a la Autoridad al poder. Incluso la denegación de bioproductos a chiquillos como Wili no era conceptuado, por la gente de entonces, como una verdadera tiranía. Pero, por fin, existía la oportunidad técnica y también política, si la Autoridad cometía la tontería de seguir presionando a los que eran como Kaladze, de destronar a los de la Paz.

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