La guerra de la paz [The Peace War - es]
- Автор: Виндж Вернор (Вернон) Стефан
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-0022-1
- Переводчик: Jose Maria Garcia
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La guerra de la paz [The Peace War - es]». Краткое содержание книги:
“La guerra de la paz” es la primera obra de la serie de las “burbujas” en la que un brillante autor de sólida formación científica nos narra un futuro posible y la rebelión contra una autoridad despótica en medio de una intriga política de gran alcance. Una interesante y dinámica exploración de cómo un nuevo y maravilloso artilugio científico todavía incomprendido puede alterar el destino del mundo.
Wili creyó ver una luz delante de ellos. Dominando el ruido de las olas pudo oír un sonido de hélices que primero era fuerte y que luego se fue apagando. Un helicóptero.
Después de un recodo final, vieron el mundo exterior a través de una grieta vertical que constituía la entrada de la cueva. Había niebla, pero no era tan espesa como antes. Una raya horizontal de color gris pálido estaba suspendida a la altura de sus ojos. Después de unos momentos, Wili vio que aquello estaba a treinta o cuarenta metros y que era la línea de los rompientes. Cada pocos segundos algo brillante se reflejaba sobre el agua.
Rosas, que iba detrás de él, susurró:
—Son los haces de los reflectores que han puesto encima del acantilado. Quizá tengamos suerte.
Se adelantó a Jeremy y les condujo hasta la abertura. Se escondieron allí unos segundos y miraron arriba y abajo de la playa, tan lejos como pudieron. No se veía a nadie, pero había un cierto número de naves aéreas que sobrevolaban el lugar. Debajo de la entrada había un montón de cantos rodados, lo bastante alto para que pudiera ocultarles.
Sucedió en el preciso momento en que salían por la abertura. Un profundo sonido, como el tañido de una campana. Fue seguido por el de choques y roturas de rocas que se acababan de liberar de los estratos donde estaban. La avalancha continuó a su alrededor, miles de toneladas de rocas se añadieron a los escombros naturales de la línea costera. Se acurrucaron, esperando ser aplastados de un momento a otro.
Pero nada cayó cerca de ellos, y cuando al fin Wili se atrevió a mirar hacia arriba, vio el motivo. Frente a la niebla y las estrellas se veía la silueta de una esfera perfecta. La burbuja debía tener unos doscientos o trescientos metros de diámetro, y se extendía, desde la más inferior de las cuevas de la bodega, hasta mucho más allá de la parte más alta del acantilado, y desde las viñas de tierra adentro hasta el mismo borde de las rocas.
—Lo han hecho. Es verdad, lo han hecho —murmuró Rosas para sí mismo.
Wili estuvo a punto de soltar un suspiro de alivio. Unos pocos centímetros más atrás y habrían quedado sepultados.
¡Jeremy!
Wili corrió hasta el borde de la esfera. El otro muchacho iba un poco detrás de ellos dos, probablemente lo bastante cerca para haber quedado a salvo. Pero, ¿dónde estaba? Wili golpeó con el puño cerrado la superficie de la burbuja que estaba caliente como la sangre. Una mano de Rosas le tapó la boca y notó que le levantaba del suelo. Wili luchó durante un momento, en obligado silencio, y luego se quedó inerte. Rosas le dejó en el suelo.
—Ya lo sé —la voz de Mike era un susurro reprimido—. Debe haberse quedado al otro lado. Pero vamos a asegurarnos.
Encendió la luz, casi a la misma intensidad a que se había atrevido antes en la cueva, y anduvieron varios pasos arriba y abajo a lo largo de la línea que la burbuja marcaba entre las piedras. No encontraron a Jeremy, pero…
El haz de la lámpara de Mike se detuvo un momento sobre un pequeño trozo del suelo. Entonces se apagó, pero no sin que antes Wili pudiera ver dos pequeñas manchas rojas, Eran dos… puntas de dedo… sobre el polvo.
Sólo unos centímetros hacia dentro, Jeremy debía estar retorciéndose de dolor, mirando en la oscuridad, percibiendo la sangre en sus manos. La herida no podía ser fatal. Seguramente el muchacho tardaría horas en morir. Tal vez intentaría regresar al laboratorio y acompañar a los otros mientras esperaban a que se terminara el aire. La incomunicación final.
—¿Tienes la mochila? —la voz de Rosas temblaba.
La pregunta sorprendió a Wili cuando iba a recoger los restos de los dedos. Se detuvo, se enderezó.
—Sí.
—Bien. Entonces, vámonos —las palabras salían entrecortadas. El tono dejaba traslucir la histeria apenas controlada.
El ayudante del sheriff cogió por el hombro a Wili y le obligó a pasar por entre el laberinto de rocas que apenas podían ver. El aire estaba lleno de polvo y de la fría humedad de la niebla. Las superficies de las rocas que se acababan de romper ya estaban húmedas y resultaban resbaladizas. Andaban pegados a las rocas, temiendo tanto a los deslizamientos de tierras, como a ser vistos desde el aire. La burbuja y los montones de piedras creaban una zona de sombras en el resplandor de los haces de luz que barrían el terreno. Oían el ruido de los camiones y de los aviones.
Pero en la playa no había nadie. A medida que se arrastraban y trepaban por entre las rocas, Wili pensaba. ¿Podría ser que la Autoridad no conociera la existencia de las cuevas?
No hablaron durante mucho tiempo. Rosas iba delante, lentamente, intentando regresar al hotel. Podría salirles bien. Acabarían el campeonato, subirían a un autobús y regresarían a California Central como si nada hubiera sucedido. Como si Jeremy no hubiera existido jamás.
Les costó casi dos horas llegar a la playa del hotel. La niebla era ahora mucho más ligera. La marea había avanzado y las fosforescentes olas batían muy cerca de ellos, haciendo llegar casi hasta sus pies las guirnaldas de espuma.
El hotel estaba iluminado brillantemente, más de lo que había estado los días anteriores. Había también muchas luces en las zonas de aparcamiento. Se agazaparon entre dos grandes piedras e inspeccionaron la escena. Demasiadas luces. Las zonas de aparcamiento se habían convertido en una especie de hormigueros de vehículos y hombres que llevaban los uniformes verdes de Paz. En uno de los lados aparecía una formación de civiles andrajosos (¿Prisioneros?). Estaban de pie, bajo el resplandor de las luces de los camiones, con las manos enlazadas sobre sus cabezas. Un continuo desfile de soldados llevaban cajas y pantallas, las ayudas técnicas de los jugadores de ajedrez, que habían recogido del hotel. Estaban demasiado lejos para poder reconocer las caras, pero Wili creyó reconocer entre los prisioneros a Roberto Richardson por su forma y por su chaqueta deslumbrante. Le produjo un cierto estremecimiento ver así al Jonque, como si fuera un esclavo recapturado.
—Han detenido a todo el mundo. Tal como Paul dijo que harían. Al fin han decidido librarse de todos nosotros —había cólera en las palabras de Mike.
¿Dónde estaba la chica, Della Lu? Intentó localizarla entre los prisioneros. ¡Era tan menuda! O bien estaba de pie detrás de los demás o no estaba allí. Algunos de los autobuses ya se marchaban. Tal vez iba en uno de ellos.
Habían tenido una suerte excepcional al poder evitar la burbuja, al poder llegar hasta allí sin que les descubrieran y, ahora, al evitar también las detenciones del hotel. Pero la suerte se acababa allí. Habían perdido a Jeremy. Habían perdido su equipaje en el hotel. El territorio Aztlán se extendía más de trescientos kilómetros al norte. Tendrían que andar más de cien klicks por el desierto sólo para poder llegar a la Cuenca. Suponiendo que la Autoridad no los estuviera persiguiendo, no podrían evitar a los barones Jonque, que confundirían a Wili con un esclavo fugitivo y a Rosas con un labrador, hasta que le oyeran hablar, porque entonces creerían que era un espía.
Y si por algún milagro conseguían llegar a California Central, ¿entonces qué? Este pensamiento era el que más les deprimía. Paul Naismith había hablado con frecuencia de lo que pasaría cuando llegara un día en que, al fin, la Autoridad considerara a los Quincalleros como enemigos. Al parecer, ya había llegado este día. A lo largo y a lo ancho de todo el continente (¿o tal vez de todo el mundo? Wili recordó que algunos de los mejores grabadores de chips estaban en Francia y en China) la Autoridad había empezado a golpear. Tal vez la granja de los Kaladze era ya una humeante ruina, y sus habitantes habrían sido puestos en fila, con las manos sobre su cabeza aguardando para ser enviados al olvido.