La guerra de la paz [The Peace War - es]
- Автор: Виндж Вернор (Вернон) Стефан
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-0022-1
- Переводчик: Jose Maria Garcia
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La guerra de la paz [The Peace War - es]». Краткое содержание книги:
“La guerra de la paz” es la primera obra de la serie de las “burbujas” en la que un brillante autor de sólida formación científica nos narra un futuro posible y la rebelión contra una autoridad despótica en medio de una intriga política de gran alcance. Una interesante y dinámica exploración de cómo un nuevo y maravilloso artilugio científico todavía incomprendido puede alterar el destino del mundo.
—¿Puedes enseñarme a usar estas cosas, Jeremy? ¿Y para otras cosas distintas del ajedrez?
—Desde luego que sí. Requerirá algún tiempo. Hay que hacer un programa a medida del usuario y, además, el aprendizaje para interpretar una conexión al cuero cabelludo es algo laborioso. Pero cuando se haga el próximo campeonato, vas a derrotar a cualquier cosa animal, vegetal o mineral —se rió.
—Muy bien —intervino Rosas, inesperadamente—. Ahora ya podemos hablar.
Wili miró a su alrededor. Ya habían rebasado la zona de los aparcamientos. Iban andando por un camino polvoriento que se dirigía hacia al norte, hacia los viñedos circunvalando la bahía. El hotel se había perdido de vista. Era como salir de un sueño, de golpe, para darse cuenta de que la partida y la discusión sólo habían sido una argucia.
—Lo has hecho muy bien, Wili, una actuación perfecta. Éste era el incidente que necesitábamos, y ocurrió en el momento adecuado.
Al Sol le quedaban todavía unos veinte minutos antes de hundirse en el horizonte, aunque su luz ya se iba velando. Se iniciaba el crepúsculo de color naranja. Una niebla espesa se concentraba sobre la playa, como un ejército silencioso que se preparaba para ir al asalto, tierra adentro.
Wili se secó la cara con su manga.
—No era ninguna actuación.
—Mejor. No podría haber salido mejor. No creo que nadie vaya a sorprenderse si no te ve hasta mañana.
—Magnífico.
El camino iba bajando. La única vegetación que había allí eran unos arbustos aromáticos, con unas pequeñas flores de color púrpura, que crecían escuálidos entre los cimientos y las paredes derruidas.
La niebla cubrió la costa, con sucios jirones de bruma, muy diferentes a una niebla de tierra adentro y que daban la sensación de verdaderas nubes que se hubieran acercado al suelo. El Sol brillaba a su través. Los acantilados eran aún visibles, y su color se iba volviendo más dorado: un color seco que contrastaba con la humedad del aire.
Cuando llegaron al nivel de la playa, el Sol se escondió detrás de una densa masa de nubes que estaba frente al horizonte y, en su lugar, apareció una franja de color naranja. Los colores se fueron apagando y la niebla empezó a tomar más cuerpo. Tan sólo una estrella, casi en la vertical, seguía siendo visible a través suyo.
El camino se estrechó. El borde del mar estaba delineado con eucaliptus, cuyas ramas se agitaban con la brisa. Llegaron hasta un gran letrero donde se anunciaba que la carretera estatal (aquel sucio camino) cruzaba por Viñas Scripps. Detrás de los árboles, Wili alcanzó a ver unas líneas regulares de estacas clavadas verticalmente. Las parras eran unas borrosas gárgolas apoyadas en las estacas. Ascendieron, andando sin parar, pero la niebla que iba invadiendo la zona corría más que ellos y se hacía más espesa. Se oía el romper de las olas incluso desde sesenta metros por encima de la playa.
—Creo que aquí estamos completamente solos —dijo Jeremy en voz baja.
—Desde luego que, si no hubiera esta niebla, desde el hotel nos podrían ver tan bien como a Vandenberg.
—Este es uno de los motivos por el cual lo hacemos esta noche.
De vez en cuando encontraban algún carro, usado, sin duda, para llevar las uvas al lagar. El camino se hizo más ancho hacia la izquierda y se bifurcó. Tomaron la desviación y vieron un resplandor de color naranja que flotaba en la oscuridad. Era un farol de aceite que estaba colgado en la entrada de un blanco edificio de adobe. Un letrero, que probablemente de día era grande y coloreado, anunciaba en español y en inglés que aquélla era la bodega central de Viñas Scripps y que las visitas de las señoras y los caballeros deberían efectuarse durante las horas diurnas. En el solar que estaba delante del edificio sólo había unos carros vacíos.
Los tres llegaron casi tímidamente hasta la entrada. Rosas dio unos golpes en la puerta. La abrió una mujer Anglo, de unos treinta años. Iban a entrar, pero ella dijo inmediatamente:
—Las visitas han de ser durante las horas del día, caballeros.
La última palabra tenía un cierto deje cansino, dejaba muy claro que no eran ni siquiera aristócratas de menor grado. Wili se extrañó de que se hubiera molestado en abrir la puerta.
Mike le contestó que habían dejado el campeonato de La Jolla cuando todavía era de día y no sabían que la caminata era tan larga.
—Hemos venido desde Santa Inés, en parte para ver su famosa bodega y sus instalaciones…
—Desde Santa Inés —repitió la mujer y pareció apiadarse de ellos.
Vista a la luz, parecía más joven, pero no era tan hermosa como Della Lu. La atención de Wili se centró en los carteles que cubrían las paredes de la entrada. Ilustraban las diferentes fases del cultivo de las vides y de la elaboración del vino.
—Déjenme consultarlo con el supervisor. Tal vez esté todavía arriba, en cuyo caso tal vez… —y se encogió de hombros.
Les dejó solos. Rosas hizo un signo afirmativo con la cabeza destinado a Jeremy y a Wili. Entonces, aquél era el laboratorio secreto que Paul había descubierto. Wili lo sospechaba desde que los autobuses habían llegado a La Jolla. Aquella parte del condado estaba tan vacía que ofrecía las máximas posibilidades.
Por fin un hombre (¿el supervisor?) apareció por la puerta.
—¿Señor Rosas? —dijo en inglés—. Por favor, vengan por aquí.
Jeremy y Wili se miraron uno al otro. Al parecer habían pasado la inspección.
Detrás de la puerta había una amplia escalera. A la luz de la linterna eléctrica de su guía, Wili vio que las paredes eran de piedra natural. Éste era el sistema de bodegas de cava que se anunciaba en los letreros con orgullo. Llegaron al fondo y atravesaron una habitación llena de enormes barriles de madera. Un olor a levadura, no desagradable, impregnaba toda la caverna. Tres trabajadores jóvenes les saludaron con una inclinación de cabeza, pero no les hablaron. El supervisor se encaminó hacia la parte trasera de uno de los toneles. Este se abrió silenciosamente y apareció una escalera de caracol. Era tan estrecha que Jeremy pasaba de lado con cierta dificultad.
—Siento que el paso sea tan estrecho —dijo el supervisor—. Pero, así, en caso de necesidad, podemos tirar de la escalera desde debajo sacándola del tonel. De esta manera ni el registro más cuidadoso podría dar con la entrada.
Oprimió un botón de la pared, y un resplandor verde se extendió a lo largo de la escalera. Jeremy lo miraba con sorpresa.
—Bioluz hecha a la medida —explicó el hombre—. El dispositivo utiliza el dióxido de carbono que exhalamos. ¿Pueden imaginarse lo que representaría este sistema para la iluminación interior, si nos permitieran lanzarlo al mercado?
Siguió de esta guisa mientras iban descendiendo, hablándoles de las inocuas invenciones de la biociencia que podrían hacer un mundo tan diferente, si no estuvieran Prohibidas.
En el fondo, había otra caverna. El techo de ésta estaba recubierto de resplandor verde. Daba una luz lo suficientemente intensa hasta para poder leer, por lo menos allí donde se concentraba, o sea encima de las mesas y en los cuadros de instrumentos. Bajo aquella luz, todo el mundo tenía un color de cara como si llevaran cinco días muertos. Todo estaba silencioso; ni siquiera el ruido del oleaje podía atravesar la roca. No había nadie más en la habitación.
Les condujo hasta una mesa cubierta con sábanas muy usadas. Dio unos golpecitos en la mesa y miró a Wili.
—Nos han contratado para que curemos a un amigo. ¿Es usted?
—Es correcto —dijo Rosas porque Wili solamente se había encogido de hombros.
—Bien. Siéntese sobre la mesa y vamos a ver qué le pasa.
Wili obedeció, con precaución. No se olía a antiséptico, ni se veían agujas. Esperaba que el hombre le dijera que se desnudara, pero no sucedió nada de eso. El supervisor no tenía ni la arrogante indiferencia del veterinario de una cuadrilla de esclavos, ni las solícitas maneras del doctor que Paul había llamado durante el pasado invierno.