La guerra de la paz [The Peace War - es]
- Автор: Виндж Вернор (Вернон) Стефан
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-0022-1
- Переводчик: Jose Maria Garcia
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La guerra de la paz [The Peace War - es]». Краткое содержание книги:
“La guerra de la paz” es la primera obra de la serie de las “burbujas” en la que un brillante autor de sólida formación científica nos narra un futuro posible y la rebelión contra una autoridad despótica en medio de una intriga política de gran alcance. Una interesante y dinámica exploración de cómo un nuevo y maravilloso artilugio científico todavía incomprendido puede alterar el destino del mundo.
La discusión continuó durante unos treinta minutos y, poco a poco, los argumentos de Naismith fueron prevaleciendo. El verdadero problema para conseguir la ayuda de Kolya era convencerle de que Paul tenía la oportunidad de descubrir algo con la simple inspección de aquel último estallido de una burbuja. Al final, Naismith tuvo éxito, aunque tuvo que revelarle algunos secretos de su pasado, cosa que más tarde podría acarrearle muchas dificultades.
El camino que seguía Naismith se niveló un poco al discurrir por una cresta. Si no hubiera sido por el bosque, desde allí habría podido ver el cráter. Entonces abandonó sus meditaciones para decidir la mejor manera de acercarse. Todavía no se veían señales de la gente de la Paz, pero si le atrapaban tan cerca de aquel lugar el disfraz de anciana iba a servirle de muy poco.
Guió a su caballo fuera del camino y entró unos mil metros en el cráter. Cuando ya se encontró entre los arbustos, bajó del carro. En circunstancias ordinarias la maleza hubiera sido protección más que suficiente para ocultar el caballo y el carro. Pero entonces y allí, no podía ser tan confiado.
Era un riesgo que debía correr. Durante cincuenta años, las burbujas (y especialmente aquellas que tenía delante) le habían obsesionado. Durante cincuenta años había tratado de convencerse de que todo aquello no era culpa suya. Durante cincuenta años había tenido la esperanza de poder deshacer lo que sus antiguos jefes realizaron con su invento.
Sacó su mochila del carro y se la ajustó a la espalda. El resto del viaje tendría que hacerse a pie. Naismith ascendió penosamente por la ladera cubierta de árboles. Mientras avanzaba, se preguntaba cuánto tiempo faltaba para que el arnés de la mochila empezara a cortarle o si, antes de que ocurriera aquello, se iba a quedar sin aliento. Lo que hubiera sido un saludable paseo para un hombre de sesenta años, podía amenazar la vida de uno de su edad. Intentó olvidarse de la rodilla que le fallaba y de su entrecortado aliento.
¡Aviones! El sonido pasó por encima de él, pero no se apagó en la distancia. Luego se escuchó otro y otro. ¡Maldición!
Naismith sacó algunos aparatos y empezó a controlar los visores remotos que Jeremy había distribuido por allí la noche de la emboscada. Estaba todavía unos trescientos metros lejos del cráter, pero algunas de las pastillas podían recibir suficiente luz del Sol.
Buscó metódicamente por todo el espacio que podían cubrir los transmisores de sus microcámaras. Las más próximas al cráter se habían perdido o estaban tan metidas en el suelo del bosque que sólo se podía ver el cielo que tenían encima de ellas. Se había producido un fuego y quizás hasta una pequeña explosión cuando aquella burbuja se desvaneció. Pero ningún fuego normal podía haber ardido dentro de la burbuja durante cincuenta años. Si una explosión nuclear hubiera quedado atrapada dentro, al estallar la burbuja se hubiera producido algo mucho más espectacular. (Y Naismith sabía muy bien que allí no había existido ninguna carga nuclear.) Esto era lo especial de aquella burbuja, lo que podría explicar todo el misterio.
Percibía vistas fragmentarias de uniformes. Tropas de la Paz. Habían abandonado sus naves aéreas y se estaban desparramando por el cráter. Naismith conectó el audio a su aparato de sordera. Estaba demasiado cerca. Y sería una locura acercarse más todavía. Tal vez, si no quedaban allí muchas tropas, a la mañana siguiente podría llegar hasta el cráter sin ser visto. Había llegado demasiado tarde para ganarles la partida y demasiado pronto para eludirles. Mientras lanzaba juramentos en voz baja, Naismith desempaquetó el ligero saco de dormir que Kaladze le había dado. Miraba continuamente hacia la pantalla que permanecía apoyada en el tronco de un árbol próximo. El programa que la controlaba variaba la escena entre las cinco mejores vistas que había logrado en su inspección inicial. Además, le avisaría si alguien empezaba a dirigirse hacia él.
Naismith se instaló e intentó relajarse. Podía escuchar los sonidos de una gran actividad, pero debía ser precisamente dentro del cráter, ya que no podía ver nada.
El Sol derivó lentamente hacia el oeste. En otra ocasión distinta, Naismith habría admirado aquel día tan hermoso. La temperatura era superior a los veinte grados, muy cerca de los treinta, y los pájaros trinaban. Los extraños bosques que crecían cerca de Vandenberg debían ser únicos. Allí donde existía una vegetación de clima seco, se habían producido de repente las condiciones climatológicas propias de los lluviosos trópicos. Sólo Dios sabía la flora que podría llegar a desarrollarse allí.
En aquellos momentos, no podía pensar más que en la forma de llegar al cráter situado a unos trescientos metros al norte.
Con todo, estaba casi dormitando cuando un distante tiro de rifle le hizo volver a su plena conciencia. Echó una mirada a la pantalla un instante y tuvo suerte. Vio un hombre vestido de color gris y plata, que corría en dirección contraria a la cámara. Naismith se estiró para acercarse más a la pantalla, boquiabierto. Más tiros. Aplicó el zoom a la imagen. Gris y plata. No había visto esta combinación de colores desde antes de la Guerra. Durante unos momentos, su mente no le pudo dar ninguna explicación, no era más que un desconcertado observador. Tres soldados pasaron corriendo cerca de la cámara. Debían ser los que habían disparado por encima de la cabeza del primer individuo, que no se había parado. Entonces, el trío disparó de nuevo. El hombre vestido de gris dio una vuelta sobre sí mismo y cayó al suelo. Durante unos instantes, los perseguidos parecieron mantenerse tan inmóviles como su blanco. Luego echaron a correr hacia adelante, recriminándose unos a otros.
La pantalla estaba llena de uniformes. Se produjo un repentino silencio cuando llegó un personaje en traje de paisano. Era el responsable de la operación. Según Naismith pudo deducir de sus chillonas reconvenciones, no estaba muy contento con lo sucedido. Se acercaron con una camilla, cargaron en ella el cuerpo inmóvil y se lo llevaron. Naismith cambió la fase de su cámara y siguió visualmente a la víctima por el camino que, en dirección norte, llevaba hasta el cráter.
Los pájaros y los insectos permanecieron en un silencio total durante los siguientes minutos, casi tan callados y pasmados como la misma imaginación de Paul ¡Ahora lo sabía! Las burbujas no reventaban a causa de la degeneración cuántica. Las explosiones de las burbujas no eran el resultado de los esfuerzos de algún grupo clandestino enemigo de la Paz. Luchó por reprimir una risa histérica. El mismo había inventado aquellas cosas malditas y proporcionado a sus jefes cincuenta años de imperio, pero ni él, ni ellos, se habían dado cuenta de que, aunque el invento funcionaba magníficamente, su teoría no era más que un cúmulo de basura de pies a cabeza.
Ahora lo sabía. Los de la Paz lo sabrían al cabo de unas horas, si no lo habían supuesto ya. Llevarían allí una división entera, con sus equipos de científicos. Lo más probable era que él muriera con su secreto, a menos que se escapara de allí en seguida y se marchara hacia el este, hacia su casa de la montaña.
Sin embargo, cuando Naismith se puso en marcha, no fue para retroceder hasta donde estaba su caballo. Fue hacia el norte. Con mucho cuidado, en silencio, se dirigió hacia el cráter, porque su descubrimiento tenía un corolario, y éste era más importante que su propia vida, quizá más importante incluso que su odio hacia la Autoridad de la Paz.
18
Naismith se detenía con frecuencia, tanto para descansar como para consultar la pantalla que llevaba sujeta a su antebrazo. Las cámaras diseminadas le permitieron ver que los soldados no llegaban a treinta. Si hubiera podido saber con precisión sus localizaciones, habría podido arrastrarse hasta mucho más cerca.