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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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—¿Son de buena marca? —preguntó el visitante.

—Claro, no se deje engañar por las etiquetas. La botella negra contiene bourbon Jack Daniels. Las restantes también son buenas marcas. ¿Por qué pagar los precios de las marcas registradas cuando puedo conseguir la misma calidad en mi tierra, mucho más barata? ¿Qué quiere tomar?

—Un escocés.

—En seguida. A mí me gusta más el bourbon. —Jellison sirvió dos vasos—. Ahora, dígame que desea de mí.

—Se trata de la Asociación de Veteranos.

Saunder contó su historia. Aquella sería su cuarta pierna artificial. La primera que le dieron en la Asociación de Veteranos había encajado bien, pero se la habían robado, y las dos siguientes no encajaron, le hacían daño, y ahora la Asociación ya no quería saber nada más del asunto.

—Me parece que ese problema corresponde más bien a su diputado en el congreso —dijo amablemente Jellison.

—Traté de ver al honorable Jim Braden. —El tono del joven volvió a tener un dejo de amargura—. Ni siquiera pude lograr una cita.

—Ya veo. Perdone un segundo. —Jellison sacó un cuaderno de notas de un cajón de su mesa y escribió: «Que Al se encargue de poner en cintura a ese hijo de perra. El partido no necesita tipos así, y ésta no es la primera vez.» Luego cogió un bloc de papel—. Será mejor que me dé los nombres de los médicos que le han tratado.

—¿Quiere decir que realmente va a ayudarme?

—Haré que alguien se encargue del asunto. —Jellison empezó a escribir los detalles—. ¿Dónde le hirieron?

—En Khe Sanh.

—¿Medallas? Pueden ser de ayuda.

El visitante se encogió de hombros.

—La estrella de plata.

—Y el corazón de púrpura, naturalmente —dijo Jellison—. ¿Quiere otro trago?

El visitante sonrió y meneó la cabeza. Miró a su alrededor. Las paredes de la gran estancia estaban decoradas con fotografías en las que aparecía el senador Jellison en una reserva india, ante los mandos de un bombardero de la Fuerza Aérea, los hijos de Jellison, los miembros de su personal y sus amigos.

—No quiero robarle más tiempo. Debe estar ocupado.

El visitante se puso en pie trabajosamente, y Jellison le acompañó hasta la puerta.

—Ese ha sido el último —dijo Carde.

—Bien. Todavía me quedaré un rato. Haz que entre Alvin, y tú puedes irte a casa... Ah, una cosa. Primero mira si está el doctor Sharps en el JPL, ¿quieres? Y llama a Maureen para decirle que llegaré un poco tarde.

—De acuerdo.

Carne sonrió mientras el senador volvía a su despacho. Antes de que se fuera a casa, le encargaba una decena de cosas de última hora. Ya estaba acostumbrada. Inspeccionó las salas de trabajo. Todo el mundo se había ido excepto Alvin Hardy, el cual siempre esperaba, por si acaso.

—Quiere verte —le dijo Carrie.

—¿Qué querrá ahora?

Cuando Al entró en el gran despacho, Jellison estaba repantigado en su sillón. La chaqueta y la corbata yacían sobre la mesa, y la mitad de los botones de la camisa estaban desabrochados. Un largo vaso de bourbon descansaba junto a la botella.

—¿Qué desea, señor? —le preguntó Al.

—Un par de cosas. —Entregó a Al los apuntes que había tomado—. Verifica esto. Si es verdad, quiero que se dé un buen rapapolvo a esa gente. Que ahorren dinero de sus salarios, no escatimando una pierna artificial a un veterano de guerra con una estrella de plata.

—Sí, señor.

—Y luego puedes echar un vistazo al distrito de Braden. Me parece que el partido debería tener ahí a un muchacho brillante. Me refiero a un miembro del consejo municipal...

—Ben Tyson —dijo Al, acudiendo en su ayuda.

—Ese es su nombre. Tyson. ¿Crees que podría superar a Braden?

—Desde luego, si usted colabora.

—Pues adelante. Ya estoy harto de que el señor Braden esté tan ocupado salvando al mundo que no tenga tiempo de preocuparse por sus votantes.

El senador Jellison no sonreía en absoluto. Al asintió, pensando que Braden estaba acabado. Cuando el jefe estaba de aquel humor...

Se oyó el zumbido del intercomunicador y Carrie anunció que el doctor Sharps estaba al aparato.

—Bien. No te vayas, Al. Quiero que oigas esto. ¿Charlie?

—Sí, senador. Dime.

—¿Cómo va el lanzamiento? —preguntó Jellison.

—Todo va bien. Iría mejor si todos los peces gordos de Washington no me llamaran para preguntármelo.

—Diablos, Charlie, he hecho mucho por ti. Si alguien tiene derecho a saber soy yo.

—Sí, perdona —dijo Sharps—. La verdad es que las cosas van mejor de lo que esperábamos. Los rusos están ayudando mucho. Tienen una gran sección propulsora y embarcarán muchos artículos de consumo que compartirán con nuestro equipo, así que podemos llevar más instrumentos científicos. Por una vez tenemos una juiciosa división del trabajo.

—Muy bien. Nunca sabrás cuántos favores he tenido que solicitar para conseguir ese lanzamiento. Ahora dime de nuevo cuál es el valor de todo esto.

—Esta misión será del máximo valor, senador. No servirá para curar el cáncer, pero con toda seguridad aprenderemos muchas cosas sobre planetas, asteroides y cometas. Otra cosa, ese individuo de la televisión, Randall, quiere que salgas en su próximo documental. Al parecer, considera que la emisora debe estarte agradecida por conseguir este lanzamiento.

Jellison miró a Al Hardy, el cual sonrió y asintió vigorosamente.

—Causaremos impacto en Los Angeles —dijo Al.

—Dile que me parece bien. Cuando quiera. Que se ponga en contacto con mi ayudante, Al Hardy. ¿Entendido?

—De acuerdo. ¿Eso es todo, Art? —preguntó Sharps.

—No, no. —Jellison apuró su vaso de whisky—. Charlie, por aquí no para de venir gente convencida de que el cometa va a chocar con nosotros. No son locos, sino buenas personas, algunas incluso con tantos grados universitarios como tú.

—Conozco a la mayoría de ellos —admitió Sharps.

—¿Y bien?

—¿Qué puedo decir, Art? —Sharps permaneció un instante en silencio—. La órbita mejor proyectada sitúa a ese cometa exactamente encima de nosotros...

—Dios mío —dijo el senador Jellison.

—Pero hay varios millares de kilómetros de error en esas proyecciones. Y varios miles de kilómetros es una gran diferencia. No puede alcanzarnos tan fácilmente...

—Pero podría chocar.

—Bueno... Esto no es para darlo a la luz pública, Art.

—No lo he pedido para eso.

—De acuerdo. Sí, podría chocar con la Tierra. Pero las probabilidades están en contra.

—¿Qué clase de probabilidades?

—Miles contra una.

—Recuerdo que hablaste de miles de millones contra una...

—Sí, pero las probabilidades se han reducido —dijo Sharps.

—¿Lo suficiente para que podamos hacer algo al respecto?

—¿Qué podríamos hacer? He hablado con el presidente.

—Yo también.

—No quiere que cunda el pánico, y estoy de acuerdo. Sigue habiendo millares de probabilidades de que no ocurra contra una, y la absoluta certeza de que mucha gente morirá si empezamos a hacer preparativos. Ya estamos dando lugar a locuras por parte de fanáticos y chalados, gente que ve el fin del mundo como una oportunidad...

—Háblame de ello —dijo Jellison secamente—. Ya te he dicho que también he visto al presidente y es de tu misma opinión, o tú eres de la suya. No hablo de advertir a la gente, Charlie, hablo de mí. ¿Dónde caerá esa cosa, si es que cae?

Hubo otro momento de silencio.

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