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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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—Tú lo has estudiado, ¿no? —añadió Jellison—. O ese genio loco que está contigo, ese Forrester, lo ha hecho, ¿no es así?

—Sí. —En la voz de Sharps se notaba su renuencia a hablar—. El Martillo, como se conoce ya al cometa, se ha fragmentado. Si se precipita contra nosotros, probablemente lo hará en una serie de choques, a menos que el calor central se abata sobre nosotros. Si eso sucede, no te preocupes por hacer preparativos. No hay nada que hacer.

—Vaya.

—Pues sí. Así están las cosas.

—Pero si sólo choca una parte...

—Con toda seguridad sería en el océano Atlántico —dijo Sharps.

—Lo cual significa Washington... —dijo despaciosamente Jellison.

—Washington quedaría cubierta por las aguas, como toda la costa oriental hasta las montañas. Habría inmensas mareas. Pero las probabilidades son muy escasas, Art. Lo mejor que puedes suponer es que tendremos un bonito espectáculo luminoso y nada más.

—Claro, claro. De acuerdo, Charlie. Te dejo que vuelvas al trabajo. A propósito, ¿dónde estarás el día que suceda?

—En el JPL.

—¿A qué altura?

—A unos trescientos metros, senador, a unos trescientos metros. Adiós.

La conferencia finalizó abruptamente. Jellison y Hardy se quedaron mirando un momento el instrumento silencioso.

—Al, creo que nos daremos una vuelta por el rancho —dijo Jellison—. Es un buen sitio para observar cometas.

—Sí, señor.

—Pero hemos de tener cuidado, no dejarnos llevar por el pánico. Si esto se divulgara, todo el país podría arder. Confío en que la semana en que vaya a producirse el acontecimiento, el Congreso encontrará una buena razón para entrar en receso, así que no tendremos que preocuparnos en ese aspecto. Pero también quiero a mi familia en el rancho. Yo me encargaré de Maureen, y tú de que vayan Jack y Charlotte.

Al Hardy se sobresaltó. Al senador Jellison no le gustaba su yerno, ni a Al tampoco. Sería desagradable persuadir a Jack Turner para que llevara a su mujer e hijos al rancho de Jellison en California.

—Tú vienes con nosotros, naturalmente —dijo Jellison—. Necesitaremos equipo... todo lo necesario para el fin del mundo. Un par de vehículos con tracción en las cuatro ruedas...

—Land Rovers —ofreció Al.

—No, diablos, Land Rovers no. —Vertió otros dos dedos de whisky en su vaso—. Compremos artículos norteamericanos. El cometa probablemente no chocará, y no es nada conveniente que tengamos vehículos extranjeros una vez todo haya pasado. Jeeps, o algo de la General Motors.

—Lo miraré —dijo Al.

—Y todo lo demás. Tiendas de campaña, pilas, hojas de afeitar, calculadoras de bolsillo, sacos de dormir, toda la quincalla que puedas comprar...

—Va a salir caro, senador.

—¿Y qué? No estoy arruinado. Cómpralo al por mayor, pero con discreción. Si alguien te pregunta dile que... que te vas de safari a África. Debe haber algún proyecto de la Fundación Científica Nacional en África...

—Sí, señor.

—Muy bien. Ya tienes la respuesta si alguien te pregunta. Puedes hablar a Rasmussen de esto, pero a ningún otro miembro del personal. ¿Hay alguna chica a la que quieras llevar?

Estaba claro que no lo sabía, pensó Al. Ignoraba lo que sentía por Maureen.

—No, señor.

—De acuerdo. Lo dejo todo en tus manos. Supongo que te das cuenta de que todo esto es una locura y que vamos a sentirnos terriblemente estúpidos una vez haya pasado.

—Sí, señor.

Ojalá fuera así. ¡Sharps llamaba al cometa el Martillo!

—No hay ningún peligro en absoluto. El asteroide Apolo se aproximó hasta tres millones doscientos mil kilómetros, que es muy cerca en distancias cósmicas, en 1936. Y no pasó nada. ¿Recuerdan el pánico de 1968? La gente, sobre todo en California, se subió a las colinas. Todo el mundo se olvidó de ello al día siguiente, es decir, todos los que no se habían arruinado comprando equipo de supervivencia que no necesitaban.

«El cometa Hamner-Brown es una maravillosa oportunidad de estudiar una nueva clase de cuerpo extraterrestre a una distancia relativamente cerca, y recalco la palabra relativamente, y eso es todo.»

—Gracias, doctor Treece. Han escuchado una entrevista con el doctor Henry Treece del Centro de Investigación Geológica de Estados Unidos. Volvemos ahora a nuestro programa habitual.

La carretera se extendía hacia el norte, a través de plantaciones de naranjos y almendros que bordeaban el lado oriental del valle San Joaquín. A veces ascendía por colinas bajas o serpenteaba entre ellas, pero durante la mayor parte del camino el panorama a la izquierda era el de una vasta planicie en la que destacaban los edificios de granjas y los terrenos cultivados, cruzados por canales, y que se perdía en el horizonte. Los únicos edificios de gran tamaño eran los de la central nuclear San Joaquín, todavía en construcción.

Al llegar a Porterville, Harvey Randall giró a la derecha y enfiló hacia el este, en dirección a las estribaciones. Al salir de una curva cerrada pudo ver por un momento el paisaje de la magnífica Sierra Alta con las cumbres aún cubiertas de nieve. Finalmente encontró el desvío a la carretera secundaria y poco después estuvo ante una valla en cuya puerta de acceso no había señal alguna. Acababa de pasar una camioneta de correos, y el conductor regresaba para cerrar la puerta. Era un hombre de largos cabellos y poblada barba.

—¿Se ha perdido? —preguntó el cartero.

—Creo que no. ¿No es éste el rancho del senador Jellison?

El cartero se encogió de hombros.

—Eso dicen. Yo nunca le he visto. ¿Cerrará usted la puerta?

—Desde luego.

—Bueno, hasta la vista.

El cartero volvió a su camioneta. Harvey cruzó la entrada, se bajó del coche y cerró la valla, siguiendo el camión por el camino polvoriento hasta lo alto de la colina, donde se levantaba una casa de madera blanca. Allí el camino se dividía. La rama derecha conducía a un granero y una serie de pequeños estanques comunicados entre sí, sobre los que se alzaban altos riscos de granito. Había varios grupos de naranjos y mucho terreno de pastos. Algunas piedras enormes, más grandes que una casa suburbana de California, se habían desprendido de los riscos y yacían entre los pastos.

Una mujer robusta salió de la casa y saludó al cartero agitando el brazo.

—¡El café está caliente, Harry!

—Gracias. Feliz día de entrega de basura.

—Vaya, ¿otra vez? ¿Tan pronto? Bueno, ya sabes dónde ponerla. —La mujer avanzó hasta el furgón de Randall—. ¿En qué puedo servirle?

—Busco al senador Jellison. Soy Harvey Randall, de la NBS.

La señora Cox asintió.

—Le están esperando arriba, en la casa grande. —Señaló hacia la parte izquierda del camino—. Tenga cuidado al aparcar, y esté atento a los gatos.

—¿Qué es eso del día de entrega de basura? —preguntó Harvey.

El rostro de la señora Cox, suspicaz hasta entonces, se volvió impenetrable.

—Nada importante —dijo, regresando al porche. El cartero ya había desaparecido en el interior de la casa.

Harvey se encogió de hombros y puso en marcha el vehículo. El camino discurría entre vallas de alambre espinoso. A la izquierda había naranjos y a la derecha más pastos. Al doblar una curva apareció la casa. Era grande, con paredes de piedra y tejado de pizarra, un edificio sólido, de construcción irregular, que no parecía apropiado para aquella región remota. Estaba enmarcado por más riscos, y, a través de un cañón, podía verse la Sierra Alta, a lo lejos.

Estacionó el vehículo cerca de la puerta trasera. Cuando se disponía a dar la vuelta para entrar por el gran porche frontal, se abrió la puerta de la cocina.

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